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Sábado , 26.05.2018 / 13:21 Hoy

Política cero

Todos tenemos un Ferrari, aunque sea en la cabeza

Jairo Calixto Albarrán

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No sé qué requisitos haya para comprar un Ferrari, además de un montón de lana para poder tener una nave con la que se puede presumir un dudoso estilo de vida, pero me alegra que, a juzgar por los hechos recientes, al parecer lo que se requiere es llevar una vida de crápula, tener negocios francamente tenebrosos, acumular averiguaciones previas por fraude (claro, para fraude el arbitraje del América-Chivas, donde lo único que faltó fue que el nazareno dijera: “¡Arriba las manos, esto es fuera de lugar!”) y contratar para que te protejan guarros malencaradotes, manchados, bestiales y ojetes, como dictan los cánones del Manual del perfecto mirrey idiota latinoamericano.

Quién sabe dónde se recluten estos seres extrasensibles de una estirpe que debería estar condenada a más de cien años de soledad, que hasta clases de macramé han de tomar para estar en contacto con las necesidades de los pobres diablos a los que tienen que golpear por órdenes de su lord domador.

Digo, la nación vive momentos complicados como para que los niños bien no estén bien protegidos. Ya ven lo que pasa en Kafkapulco, que hasta el arzobispo le pidió de la manera más atenta al crimen organizado una tregua en Semana Santa, que son días de guardar, que no hay que ser. Además, cómo se les va a pagar el derecho de piso si no dejan trabajar a la industria turística para que haya algo de acumulación ordinaria de capital. O sea, sean lógicos amigos sicarios.

Quién sabe por qué, pero hay gente muy miserable que exige que a los escoltas por lo menos les den cursos de manejo de estrés, control de la violencia y de superación de la etapa oral, antes de darles un arma y dejarlos sueltos por la ciudades. Claro que no; ellos lo que necesitan es cariño y comprensión, pero sobre todo que la gente no se resista cuando por contrato laboral tienen que agarrarlos a madrazos.

Lo bueno es que vivimos en una ciudad, en un país, donde los derechos humanos no son de los humanos sino de los guaruras. Por eso las niñeras del #LordMeLaPelas, el culto siñor Raúl Libién , han permanecido intocables después de madrear al city manager. ¡De pelos!

Qué bueno que el monje que vendió su Ferrari no se fijó en manos de quién quedaba su poderoso bólido italiano, al igual que las agencias que no se reservan el derecho de admisión para personajes como Alberto Senties Palacio, que ya en otra ocasión fue señalado por estacionar su nave en Médica Sur en un espacio reservado para discapacitados.

Y es que todos tenemos un Ferrari con guaruras, aunque sea en la cabeza.

jairo.calixto@milenio.com

www.twitter.com/jairocalixto

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