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Martes , 14.08.2018 / 13:39 Hoy

Política cero

Sin "Juanga" no hay paraíso

Jairo Calixto Albarrán

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Gracias al milagro de la reproducción al infinito de “El Noa Noa”, la barbarie del reguetón ha caído bajo el imperio de Juanga. Sea en el Metro, entre el pirataje o el infame bocinerío que se agolpa en calles y avenidas, no se escucha otra cosa que cualquiera de las mil 800 canciones del Divo de Juárez, aplastando a los hijos de Pitbull, Daddy Yanquee y hasta a Julión Alvarez. Prefiero escuchar aquello de “en el mismo lugar y con la misma gente”, que es como un himno a Los Chuchos y todas las tribus en el PRD, a martirizarme con los ruidajos inmundos de quienes han hecho del perreo una invitación a la neurosis.

El melodrama ranchero alrededor de Juan Gabriel está tremendo (incluso peor que en el caso del Padrote Padrés, cuyo ex secretario de Agricultura ya fue detenido como si fuera el del abuso del ejercicio abusivo de funciones). Al momento de redactar esta humilde atalaya, no se sabía si iban a llevar sus cenizas al Palacio de Bellas Artes, que es un lugar de ambiente donde todo es diferente, a Parácuaro, Ciudad Juárez o a la sede del PRI, donde tuvo uno de sus más grandes éxitos.

No se vale jugar con los sentimientos de la fanaticada a la que ya le han fallado varias veces: primero ratifican a Alfredo Castillo para que Moody´s acabe de descalificar a la Conade, como ya hizo con el manejo de la deuda (lo que no pudieron hacer los diputados), y después corren a Enrique Galindo, que en Nochixtlán y Tanhuato demostró que vio muchas películas de los hermanos Almada y quiso ser como el inolvidable Wildfrido Robledo, aquel que encabezara la toma de San Salvador Atenco con gran lujo de humanismo.

Los mexicanos merecen no solo serenidad y paciencia, como exigía Kalimán, sino también apoyo moral en estos momento de dolor que se enciende todavía más con el gasolinazo y demás aumento de tarifas.

A la gente hay que demostrarle que sin Juanga sí hay paraíso; que las penas emocionales se pueden combatir con “el más triste recuerdo de Kafkapulco”, pero también con ciertas medidas tan claras y transparentes como las herencias que sus funcionarios le dejan a Javidú Duarte. Nada le costaba al licenciado Peña ponerle acentos y comillas a la orden terminante de que los restos mortales del autor del himno del Informe Presidencial (“sin sin dinero, caray, sin mí, sin nada”) estén a disposición de los millones de dolientes que documentaron sus pesares y querencias al amparo de la intención poética juangabrielesca y que en las próximas elecciones le podrían espetar al gobierno: “Se me olvidó otra vez que ya habíamos terminado”.

jairo.calixto@milenio.com

www.twitter.com/jairocalixto

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