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Lunes , 22.10.2018 / 02:03 Hoy

Política cero

Obama en La Habana, ¡válgame Dios!

Jairo Calixto Albarrán

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En la película Habana del maestro Sydney Pollack, protagonizada por Robert Redford y Lina Olin, se cuenta toda la intervención yanqui en los días previos a la caída del régimen de Batista, con todos los intríngulis de la multitud de espías que se sentían personajes Graham Greene y que se la pasaban tomando daiquirís en El Tropicana, mientras buscaban desesperadamente impedir que los barbones revolucionarios les arrebatara su congal.

En el remate de esta obra cachonda-política-musical, ya a punto de salir de La Habana, válgame Dios, con la llegada de uno de los más conspicuos agentes del compló del capitalismo salvaje, le dice a Redford, que encarnaba a un romántico de la aventura y la experimentación, que esta vez habían perdido pero que tenían mucha paciencia, que tarde o temprano regresarían a tomar aquella isla del rubí, cinco franjas y una estrella.

Parecía lógico, los gringos no suelen tomarse a la ligera las revanchas, pero lo que no se podía prever es que todo esto ocurriera así, esa manera, con los Obama aterrizando en el Air Force One, en un ambiente de distención y de cierta buena voluntad que no se ha podido ver en Guerrero, Tamaulipas o Veracruz.

Lo más divertido de todo han sido las crónicas mediáticas donde nuestros inspectores descubren con suma perspicacia que Cuba vive en la pobreza, que hay gran deterioro y que hasta hay presos políticos, libertad. O sea. En vez de mirar al futuro (qué pasará, qué misterio habrá, será el nuevo saqueo o de qué cueros saldrán más correas) miran a lo obvio, a lo que aparece en toda la extensa bibliografía anticastrista, las canciones de los Stefan y en el resentimiento de la Pequeña Habana, que hasta para ellos es más aburrido que demodé.

Recuentos periodísticos que ni a Peter Pérez, el detective de Peralvillo, se le hubieran ocurrido, como especie de homenaje al sospechosismo de Estado de los setenta, donde se recapitula viejos cuentos de la guerra fría para exacerbar el olvidado anticomunismo de manual de Edward G. Hoover. O sea.

Por eso, cuando Raúl Castro, al que no podemos acusar de ser un humanista, se enfrentó a los reporteros que lo cuestionaban ingenuamente sobre los presos políticos en Cuba, les reviró que si conocían los nombres se los dijeran, para liberarlos inmediatamente.

Bueno, a lo mejor se referían a los que están en Guantánamo, que no es poca cosa. Y es que ahora lo que parecen sobrar son los puros nostálgicos de las memorias del subdesarrollo.

Así, con espíritu del Miami Sound Machine, nomás no se puede.

Ahora también muchos se preguntan, menos los disidentes, qué trae a Obama por La Habana, o como se dice en El Vedado: ¡Qué pinga es la que te singa, mandinga!

(Tomaré unos pocos días de vacaciones, mojito en mano. Nos leemos pronto.)

jairo.calixto@milenio.com

www.twitter.com/jairocalixto

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