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Viernes , 21.09.2018 / 05:37 Hoy

Política cero

Luis González de Alba

Jairo Calixto Albarrán

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Me pregunto qué habría escrito Luis González de Alba sobre el inesperado “no” que la sociedad colombiana (o bueno, el puñado que acudió a las urnas) le aplicó a las negociaciones de paz con las FARC. Supongo que después de echarle la culpa a AMLO y a los 43 de Ayotzinapa, se habría reído con su perturbador estilo de la increíble y triste historia de un país que por 50 años estuvo en guerra y que en el momento que pudo acariciar la paz decidió dejarla para otra ocasión.

Y es que contradiciendo al pensamiento común, la costumbre es más fuerte que el amor. Es como en México; todos acusan a la corrupción —¡hasta el PRI!, aunque se haya hecho buey con la 3de3, y mantenga a Moreira cual héroe máximo— como el peor de los males sobre los que nadie puede aventar la primera piedra, pero de hacerse un plebiscito sobre un “sí” o “no” a la corrupción, estoy seguro que la mayoría de los mexicanos votaría por el sí.

El sistema está tan diseñado para que la corrupción lubrique sus oxidadas, tuercas, que sería no solo extraño sino hasta impertinente quedarnos sin ella.

Con Luis González de Alba no tuve más que diferencias, pero cuando llegamos a estar juntos, por una u otra razón, nos llegamos a reír hasta de nuestras coincidencias. Era un cabrón de rancio abolengo que tenía el superpoder de generar agrias polémicas a su alrededor debido a la naturaleza propiamente iconoclasta. Hombre recio y bravo de la homosexualidad más ruda y militante, Luis tenía el don de ser implacable y al mismo tiempo estaba provisto de una noble capacidad para el sentido del humor. Lo entrevisté en la conmemoración del 2 de octubre cuando todavía tenía algo de fe en aquella gesta. No pudo haber elegido otra fecha que no se olvida para arrancarse la vida con el mismo entusiasmo con el que se fue quitando tantas máscaras mientras se ganó el derecho a decir No.

Me costaba mucho leerlo sin que me doliera el hígado o sin sentir que me estaba regañando, pero reconocí siempre en él una propiedad muy extraña entre los mortales, y sobre todo en los intelectuales que suelen muy comodinos: la congruencia.

Elegía sus batallas y cejaba en su empeño hasta no dejar piedra sobre piedra.

Muy pocos lo van a reconocer, sobre todo entre quienes no se les da la tolerancia, pero vamos a extrañar sus textos provistos de cáusticas reflexiones, ácidos apuntes y provocadores puntos de vista.

Luis era en efecto una rara avis, no como muchos que así se autodenominan sin ser más que tristes pajarracos en espera de un lindo gatito, que cruzaba el pantano, lo diseccionaba y lo dejaba para el arrastre.

Un escritor con actitud. Me quedo con Los días y los años, sus polémicas y bravatas, y su encabronado sentido de la vida.

jairo.calixto@milenio.com

www.twitter.com/jairocalixto

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