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Domingo , 22.07.2018 / 09:53 Hoy

Política cero

El corazón Noa-Noa de todos los mexicanos

Jairo Calixto Albarrán

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A diferencia de los millones de mexicanos que hoy lo lloran, yo odiaba a Juan Gabriel casi en el mismo nivel en el que el licenciado Peña odia las comillas (lo bueno es que el equipo de investigación de la Universidad Panamericana, al parecer encabezado por Virgilio Andrade y Murillo Karam, ya dijo que si bien se notan algunas inconsistencias académicas e intelectuales, ya no se puede hacer nada porque ya lo pasado, pasado, que esa inocente y pobre tesis no sabía que iba a sufrir). No sé si lo odiaba tanto como a José José, a quien alguna vez tuve la oportunidad de decírselo personalmente y con toda su sabiduría de músico-profeta, me entendió perfectamente. Y es que en mi niñez vivía junto a la tienda de don Aníbal que por las noches, antes del oscurantismo de los Oxxos, le vendía pomos a los borrachotes de la colonia que, para mi desgracia, llegaban en la madrugada a tocar a la ventanita que nunca cerraba para abastecerse, escuchando a todo volumen el repertorio del Divo de Juárez y del Príncipe de la canción para documentar sus pesadumbres amorosas y derrotas de románticos suicidas al ritmo de amor eterno e inolvidable.

Claro que si hablamos de amor eterno e inolvidable, el más sincero y solidario que he visto es el que se profesan el Señor de Los Pinos y Alfredo Castillo, quien a pesar de que no nació para amar fue ratificado en la Conade, mientras el señor Galindo, de la Policía Federal, fue echado a patadas porque no valió la pena lo que había dado al frente de la institución. Aunque se tardaron porque el hombre había dado peores resultados que el nada grato de Graco en Morelos, sí se vio un poquito mal que lo corrieran antes que a Castillo, al que se le acusa de darle solo becas a esos cuates que trae siempre en su mente.

Pobre Galindo, no le tocaron ni la de “Ya lo sé que tú te vas”, ni siquiera después de que la CNDH señalara a los policías federales cual si fueran hijos putativos de la guerra sucia. ¡Ellos tan buenos, santos y puros!

A Juanga lo dejé de odiar cuando ante un México lleno de machos, homofóbicos, misóginos, expedía permisos y excusas para jotear durísimo. Y también cuando al cantar aquello de “Ni Temo, ni Chente, Pancho (lavestida) para presidente”, contribuyó a la derrota del PRIcámbrico temprano.

Juanga afinó lo que José Alfredo había comenzado en el mismo lugar y con la misma gente: la educación sentimental para los mexicanos, que sabían que lo que el gobierno les daba no valía la pena, porque es muy poquito. Tanto así que “No tengo dinero, ni nada que dar” dicen que será la música de fondo del IV Informe presidencial, luego de que sea homenajeado en Bellas Artes, que es un lugar de ambiente donde todo es diferente.

Juanga no ha muerto, vive en el corazón Noa-Noa de todos los mexicanos.

jairo.calixto@milenio.com

www.twitter.com/jairocalixto

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