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La incipiente revolución de Gianni Infantino

Jaime Rascón

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Empieza la nostalgia mundialista y con ello no señalo la resaca de volver a lo cotidiano que está afectando a millones de personas a nivel global a partir de esta semana. A lo que me refiero es que desde su próxima edición invernal en Qatar 2022, la Copa del Mundo será un nuevo torneo, un evento maleable que responda a las distintas variables climáticas, sociales, legales, económicas y políticas de su organizador, sus sedes, los participantes y los patrocinadores.

La semana pasada, Gianni Infantino reconfirmó a Qatar como sede e hizo el primer cambio: ajustar las fechas de la justa del verano al invierno. Concretamente del 21 de noviembre al 18 de diciembre de 2022 y con ello convertir al Mundial en la antesala de la Navidad.

El presidente de la FIFA no quiso confirmar si la expansión a 48 equipos pudiera empezar desde el torneo de 2022; sin embargo, esa es su segunda gran modificación para 2026.

Esa edición de la Copa del Mundo también cambia, al disputarse en tres sedes por primera vez en la historia; además, de invitar a casi medio centenar de selecciones.

Las candidaturas conjuntas parecen convertirse en tendencia y algunas naciones de Asia ya están haciendo equipo de cara al 2034, cuando el sistema de rotación informal de la FIFA pase por ese continente. Más equipos y más sedes significan mayor impacto económico y a todo el entorno del futbol le seduce esa ecuación.

Infantino empezó con el VAR, luego tuvo el coraje de anunciar el tan anticipado cambio de temporalidad en 2022 y para 2026 una expansión del 50 por ciento. Estos son cambios significativos para un deporte y un certamen que permanecieron estáticos e intactos por varias décadas.

A esto hay que sumar los cambios que ya propuso Gianni Infantino al formato del Mundial de Clubes y a la Copa Confederaciones, en la cual competirían más de 200 representativos nacionales en ciclos de dos años en una rebautizada Liga de Naciones.

En mi columna sobre los mundialitos FIFA de mayo ya había escrito que esta constante innovación contrasta con el desinterés de sus predecesores. Dinosaurios más preocupados por llenar sus arcas que por el bien del juego; como el eslogan de la FIFA leía hasta hace unos años.

La estrategia Blatter iba siempre a la segura y estaba enfocada en adquirir y ‘oficializar’ competiciones exitosas de terceros. Algunos ejemplos de cómo el suizo solía extender los tentáculos de la FIFA incluyen: transformar la Copa Intercontinental en el Mundial de Clubes, la Copa Rey Fahd en la Confederaciones e incluso convertir la Copa de las Naciones Danone en el Mundial Infantil.

El nuevo mandamás ha preferido romper paradigmas y protocolos. Mientras que Blatter y sus secuaces tenían pánico de cambios mínimos a la gallina de los huevos de oro, a Infantino no le tiembla la mano para modernizar el balompié.

Los cambios que Infantino analiza, junto a Marco van Basten, pasan desde quitar el fuera de juego, implementar shoot outs como aquellos en los inicios de la MLS, hacer valer el tiempo neto en los últimos diez minutos como sucede en la NFL, permitir protestas solo por conducto del capitán (tal como sucede en el rugby), establecer un número máximo de faltas, hasta permitir más cambios y que estos se realicen sin interrumpir el juego.

Ya escribí en junio que el regreso del Mundial a occidente en el 2026 era vital para recuperar a los patrocinadores que la FIFA perdió para las ediciones de Rusia y Qatar por los escándalos de corrupción. Auspicios que tuvo que sustituir con marcas provenientes de Asia, las cuales vieron en la Copa del Mundo la vitrina perfecta para asociarse a un evento de calidad global; con la correspondiente transferencia de valores y de conocimiento para sus productos.

En 2026 la economía digital será la norma y resultará fascinante observar la unión entre la mente progresista de Infantino y la innovación procedente del Silicon Valley.

En la cancha también hay indicios de cambio, esperen ver un futbol cada vez más físico, técnico y táctico. Un tablero de ajedrez humano en el que el vigor híbrido (tema sobre el cual he escrito en columnas anteriores y ejemplificado por el campeón galo) prevalecerá sobre las naciones y futbolistas que no tengan la combinación necesaria de talla, potencia, técnica y disciplina táctica.

En Rusia se acabó el futbol como lo conocíamos y hay que estar atentos, ya que la revolución de Gianni Infantino apenas comienza.



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