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Domingo , 19.08.2018 / 01:52 Hoy

Sherlock como símbolo

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Una inquietud me rondó durante mucho tiempo: ¿por qué fue Sherlock Holmes quien se impuso como suma y espejo entre todos los detectives que en la literatura han sido? ¿Por qué son su gorra de doble visera, su abriguito de solapa amplia y su lupa los elementos que sintetizan todo lo detectivesco? Recuerdo, para ayudarme a responder, una afirmación de Borges sobre Quevedo.

Decía el autor de Ficciones que todo gran escritor necesitaba, para perdurar, de la creación de un símbolo. Daba el ejemplo, si la memoria no me defrauda, de Cervantes, quien desde el punto de vista técnico no es mejor escritor que Quevedo, pero que dio con un símbolo que luego le sirvió para encumbrarlo: el del caballero andante, epítome de idealismo. Igual, o parecidamente, obraron Dante con su infierno, Shakespeare con el amor imposible de RyJ, o más cerca en el tiempo Kafka con el repentino escarabajo y Rulfo con el cacique enamorado de Susana San Juan.

Conan Doyle dio con Sherlock Holmes, lo convirtió en un personaje-tipo bien definido en la totalidad de sus rasgos. Después, claro, la iconografía colaboró con su parte hasta cuajar al detective de detectives que ya es, desde hace mucho y para siempre, mascarón de proa en la historia del género policial.

Ahora bien, no es suficiente con amonedar —este verbo le gustaba a Borges— el susodicho símbolo. Conan Doyle supo que necesitaba historias que mezclaran la sencillez y la complejidad en dosis delicadamente parejas, exactas. En el engranaje de los cuentos más que en los textos de mayor envergadura, sospecho, es más visible el procedimiento, un procedimiento algo mecánico, es cierto, pero siempre eficaz al menos para un lector, el de finales del siglo XIX, no habituado aún a las estratagemas del relato policial: alguien llega a la guarida de Holmes y desde allí comienza la investigación. El detective no pierde tiempo, y esto fascina a los lectores. Desde que el cliente en apuros cruza la puerta, Sherlock comienza el peritaje: la ropa y los gestos del visitante emiten los primeros mensajes, y el investigador los anota en su mente mientras deja que el cliente hable. Viene entonces la exposición del problema, el izamiento de la incógnita. Holmes hace preguntas ad hoc, inmediatamente ceñidas al asunto atañedero al cliente…

La repetición de este asombroso método fue lo que me subyugó cuando fui joven y leí por primera vez las aventuras de Sherlock Holmes. Hoy lo sigue haciendo.


rutanortelaguna@yahoo.com.mx

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