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Domingo , 21.10.2018 / 21:24 Hoy

Ruta norte

Robo

Jaime Muñoz Vargas

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La idea del robo se le ocurrió a Prudencio. Éramos cuatro: él —o sea Prudencio—, Archivaldo, Sidartha y yo, José, el único con nombre normal y quizá por eso el único que corrió con otra suerte, aunque sólo momentáneamente. Aquel día estábamos en la esquina sin un peso en la bolsa, y comenzamos a platicar de música.

Sidartha fue quien nos alborotó la tentación: “Dentro de dos semanas vienen Los Huracanes del Montemorelos y nosotros sin dinero para ir a verlos”. No teníamos ni para cerveza, y a Sidartha se le ocurría sacar el tema de Los Huracanes.

Nos quedamos callados un minuto y de golpe fue Prudencio quien cortó el silencio: “Tengo una idea para conseguir lana. Está peladito”. Comentó que don Gus dejaba mucho dinero en la caja registradora de su tienda de abarrotes, y que en la noche se quedaba sola.

Lo difícil era brincar el muro de atrás, como de cinco metros, desde el terreno baldío, pero ya en el patio era más o menos sencillo entrar a la tienda pues don Gus le había hecho una puertita a su gato. “Si llevamos un serrucho, hacemos un poco más grande la puertita y listo, pasamos arrastrándonos”, dijo Prudencio.

Les comenté que yo era un poco más rellenito y que me daba miedo, pero Sidartha dijo que no me preocupara, que yo podía quedarme en el patio para echar aguas. A la noche siguiente, Prudencio llevó una soga gorda y unos guantes de carnaza.

Le hicimos varios nudos separados como medio metro uno del otro, para tener mejor agarre, además del gancho de varilla metálica para pescar la soga en la cresta del muro. Esperamos a que se dieran las once y allá fuimos.

Todos brincamos limpiecito y sin ruido, aunque yo batallé para subir. Prudencio le dio duro al serrucho y logró ampliar la puertita del gato. Entraron los tres, y yo, como habíamos acordado, me quedé en el patio. Me asomé por la puertita y vi que con la lámpara encendida esculcaban la caja registradora.

Entonces se me antojó entrar, pues sentí que si no lo hacía me iban a dar una parte insignificante del botín. Por mala suerte me atoré en la puertita del gato.

Cuando estaba luchando por zafarme comenzó a sonar la alarma, y era como una maldita patrulla. Entonces mis amigos, ya con el dinero en una bolsa, me jalaron hacia adentro de la tienda.

Luego salieron a rastras, fácil. Yo intenté salir, pero de nuevo me quedé atorado y sólo pude ver a mis amigos como sombras, uno por uno superando el muro. Vi al final que recogían la cuerda, que me abandonaban mientras la sirena de la alarma no paraba de hacer ruido.

Esperé entonces la llegada de la policía, de don Gus, y preparé la confesión que de todos modos me iban a sacar por las buenas o por las otras: “Lo planeamos entre cuatro: Prudencio, Archivaldo, Sidartha y yo”.


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