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Martes , 25.09.2018 / 07:12 Hoy

Ruta norte

Osito

Jaime Muñoz Vargas

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Un osito de peluche bailaba afuera de la tienda de regalos La Sonrisa. El osito en realidad era Fabricio, quien supuestamente andaba de viaje. Su plan fue ese: mentir a Yolanda, usar como pretexto uno de sus viajes de trabajo para simular la chamba de botarga con la cual espiaría las andanzas de su esposa en aquel departamento.

Fabricio sospechó que algo andaba mal, que su mujer no se quejaba pese a las ausencias. Pensó en sorprenderla, en agarrarla con las manos en la masa del amante. Cierto que Fabricio usaba los viajes para pasear con Vero, su novia, y que esa relación ya iba para varios meses de pasión.

Pero mientras viajaba con su amante no dejaba de acosarlo la casi absoluta certeza de que su mujer ya se metía con otro. Fue en Querétaro donde se le ocurrió la idea. Fabricio caminaba con Vero y afuera de una tienda de mascotas vio bailar una botarga de conejito.

Al lado de la botarga una joven fotógrafa pedía al público que se dejara retratar con la botarga. Por jugar, como amantes aniñados y sin saber por qué, Fabricio aceptó la oferta.

Tras despedirse del sujeto con peluche y la fotógrafa le llegó la iluminación. Poco después, de regreso en La Laguna, puso en marcha el plan. Investigó: el posible amante de Yolanda vivía en un departamento. Fue a recorrer el sitio y vio la tienda de regalos. Luego consiguió una botarga, un equipo de sonido y contrató un fotógrafo.

Lo que siguió fue simple: ofreció una semana gratis, sin compromiso, a la tienda. Prometió embusteramente que el baile del osito incrementaría las ventas. En la tienda mordieron el anzuelo.

Mintió a Yolanda sobre un viaje urgente, hizo una maleta falsa y fingió correr a la central de autobuses. Al día siguiente comenzó a bailar. Fabricio estaba seguro de que Yolanda aparecería inmediatamente con su amante, y no se equivocó: esa misma tarde llegaron en un Mustang negro.

El tipo era atlético, con traza de que hacía mucho gimnasio, una especie de galán corriente. Bajaron del coche y el osito les hizo señas. Por suerte, mordieron el anzuelo y se dejaron tomar una foto.

Luego se perdieron en el edificio de departamentos. Fabricio, claro, estaba molesto, celoso, herido en su amor propio de macho, pero algo le decía que el asunto no estaba tan mal: ya tenía la prueba para terminar con Yolanda.

Como el gato que juega con el ratón antes de devorarlo, decidió proceder lentamente, sin alterarse, incluso enigmáticamente, para desconcertar a su mujer, para ponerla nerviosa antes de propinarle el mazazo último. Por mail le envió la foto del osito con la pareja bien tomada de la mano, y añadió estas malévolas palabras: “Yolandita: mira lo que tiene el osito”.

Dos horas después, también por mail, Yolanda le envió una foto tomada hace pocas semanas frente a una tienda de mascotas, y esta pregunta: “¿Adivina quién vivía dentro del conejito, querido?”.


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