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Miércoles , 16.01.2019 / 11:00 Hoy

Ruta norte

Don Roy

Jaime Muñoz Vargas

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Mi padre, Rogelio Muñoz Macías, nació en San Felipe, ejido de Gómez Palacio, Durango, el 5 de abril de 1937, así que tenía 80 años. Durante esas ocho décadas, poco más de seis las pasó en la orfandad, pues perdió a su padre cuando apenas salía de la adolescencia. No tuvo, por ello, y aunque era brillante, oportunidades de estudio formal, salvo la escuela primaria.

Desde muy joven, casi desde niño, salió a trabajar y fueron dos razones por las que logró abrirse puertas en modestos espacios laborales: su exquisita caligrafía palmer sumada a su habilidad para la aritmética, y su noción espartana de la responsabilidad. Jamás, ni sano ni enfermo, faltó a su trabajo, jamás inventó algo para no asistir a su espacio laboral. Como mis hermanos, cientos, miles de veces lo vi salir de casa rumbo a su chamba, y cientos, miles de veces, lo vi regresar con su familia. Nada había que pudiera desbaratar esa rutina, pues en materia de trabajo mi padre era un estoico. En este sentido, pudo afirmar que jamás consiguió un bien sin habérselo ganado honradamente.

Mi padre era un hombre sencillo, austero, cordial, educado en la urbanidad casi intuitiva de otras épocas. Al mismo tiempo era pícaro, ocurrente, lleno de chispa para las bromas repentinas y a veces hasta, como decimos, carrillento, de risa media, jamás de carcajada. Tenía sus maldiciones, sus groserías, pero eran light, bajas en calorías. Sus pasiones eran igual de sencillas: la comida, el beisbol y la cerveza, aunque no sé si en este orden.

Mi padre no tuvo lo que denominamos “vicios”. Quizá le hubiera gustado tenerlos, pero lo jalaba más la responsabilidad y ese sentido muy suyo de la (voy a inventar una palabra) “catrinidad”, es decir, el hecho de no perder figura. Todavía el jueves llegó mi hermano menor a casa, lo vio enfermo, tendido en la cama, pero vestido, fajado, peinadito y con zapatos.

Mi hermano lo regañó por no ponerse cómodo, por no embutirse una pantalonera y usar pantuflas. Pues no, mi padre jamás quiso dar una imagen de desarrapado, era muy celoso de su pinta de señor formal.

Mi padre se fue, pero nos queda en el recuerdo que no tuvo agonía, que el dolor no lo acechó durante mucho tiempo. Fue un hombre bueno, y no es necesario retacarlo de adjetivos hermosos para describirlo; cuando los hombre buenos se van luego de haber dado tanto a los demás, debemos despedirlos con orgullo y con alegría por habernos dado el privilegio de compartir con él una parte de nuestras vidas. Adiós, don Roy, y nuestra infinita gratitud por todo lo que nos regaló.


rutanortelaguna@yahoo.com.mx

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