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Ruta norte

Batalla de las artesanías

Jaime Muñoz Vargas

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La artesanía tiene del arte la condición manual, el trabajo de la individualidad sobre un objeto, y tiene del producto en serie la reproducción sistemática, el ejercicio repetitivo. 


El debate entre los que la aprecian y los que la minusvaloran es inagotable y en general no suele tomar en cuenta la opinión del actor más importante: el artesano. Son los artistas —muchas veces autoinvestidos de tal condición nomás porque sí—, los académicos y los comerciantes quienes discuten y no se ponen de acuerdo sobre lo que es. 


En el medio quedan, insisto, quienes producen las artesanías.


En la sociedad de mercado que en teoría disfrutamos a morir, casi todo producto tiende a su multiplicación en serie. En la esencia del sistema está el deseo de que la mayor cantidad posible de personas acceda a un objeto, es decir, que nada o casi nada se produzca para que sólo lo use alguien, una o dos personas. Aún la ropa “de marca”, los coches de alta gama o los relojes más lujosos deben ser multiplicados, pues no de otra forma se alcanza la ganancia.


De este sistema reiterativo, permanentemente cíclico, escapan, es verdad, muy pocos objetos. Por ejemplo, los cuadros y las esculturas, cierto arte. Sin embargo, allí donde queda impresa la originalidad, la individualidad, la unicidad (“cualidad de ser único, irrepetible, solo, singular”, dice el diccionario) y por ello no lo puede tener sino una sola persona o institución (un museo, por caso), se buscan formas vicarias de multiplicación: cromos, réplicas u obras que si bien no son la obra en cuestión, sí participan de su estilo y su autoría (un cuadro de Picasso es y se parece a otro cuadro de Picasso), lo que abre las posibilidades de posesión de más usuarios.


El producto artesanal, creo, está a medio camino entre el objeto en serie y el arte. Tiene del primero su intención reiterativa, y, del segundo, la inversión de trabajo manual estrictamente individualizado, tanto que, así haya una intención reiterada, ni una artesanía es idéntica a otra de su misma serie. Debatimos, como dije al principio, sin considerar al actor principal: el artesano, trabajador cada vez más vapuleado por las leyes actuales de la economía. Como sabemos, muchos hermosos productos otrora artesanales (el papel picado, por ejemplo) hoy salen de fábricas, y, cuando las fábricas no son su flagelo, son los comerciantes quienes abusivamente hacen de intermediarios, pagan una miseria al artesano y terminan vendiendo a precios de escándalo (los aeropuertos son especialistas en esto). De aquí que yo maneje una política: si voy a regalar alguna artesanía, procuro comprobar que la elabore el mismo artesano que la vende, y, si se puede, verlo en acción in situ. Sólo así me garantizo, aunque sea un poco, la supervivencia del objeto genuino y su reproducción futura. 



rutanortelaguna@yahoo.com.mx

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