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Columna de Jaime Marín

Los dos México

Jaime Marín

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El 13 de agosto de 1521, Hernán Cortés acabó con el imperio Azteca en la última cruenta batalla de Tenochtitlan. Los conquistadores sometieron a los nativos y se adueñaron de sus tierras, su integridad y su orgullo de casta. Más adelante, en el nombre de Dios, decidieron acabar con todo vestigio de sus creencias religiosas y culturales; casi lo logran.

En 1525 se estableció el virreinato de Nueva España. Nos convirtieron en colonia del imperio español. Ya en posesión del inmenso territorio, los conquistadores lo explotaron hasta más no poder y convirtieron a los nativos en cuasi esclavos. Así, trascurrieron tres siglos de dominación ibérica.

Consumada nuestra “independencia”, los dueños de vidas y haciendas de México seguían siendo los españoles y su descendencia. Los nativos sobrevivían en calidad de indios patas rajadas, trabajando de sol a sol en sus inmensas haciendas y latifundios.

A 500 años de distancia de la caída de Tenochtitlan, las condiciones de vida de los herederos de los pueblos originarios continúan estancadas a pesar del “desarrollo” de México. En los estados del sureste los nativos permanecen en el abandono. En las urbes de los demás estados, la población autóctona y la población urbana marginada sobreviven en ghettos de miseria. En cambio, los políticos y millonarios disfrutan de múltiples privilegios en zonas residenciales exclusivas.

Doscientos años después de la consumación de nuestra “independencia”, México no es uno, son dos: el de los ricos y poderosos, incluidos los políticos, y el de los jodidos. Las paipérrimas condiciones de los jodidos prevalecen. Primero los subyugaron los conquistadores, luego su descendencia. Después de la revolución los han explotado los priistas en contubernio con los dueños del dinero. Para los jodidos sus condiciones no han cambiado en cinco siglos.

Hoy día, las esperanzas de que 60 millones de mexicanos salgan de jodidos (la mitad de la población nacional) están latentes. 30 millones de ellos votaron por el cambio, pero debido a las ocurrencias del presidente electo, se están esfumando. Basta de ocurrencias. Párale. Todavía puedes rectificar. No estamos para tirar a la basura miles de miles de millones de pesos por la cancelación del NAIM. Ni que decir de los 45 mil empleados y trabajadores que se quedarán sin chamba. Se esfumaron sus esperanzas de progreso. Al cabo que después de 500 años de estar jodidos ya se acostumbraron. Y si no, como dijo el presidente electo, “váyanse acostumbrando”.

COLOFÓN

La cancelación del NAIM ha generado pérdida de confianza de los inversionistas nacionales y extranjeros. Cayó la bolsa de valores, se devaluó el peso, las calificadoras de riesgo nos bajaron la calificación, los mexicanos están desilusionados con La Cuarta Transformación. No tengo más que agregar, mis colegas periodistas ya lo han hecho exhastivamente.

jaimemarinsr@jmarin.com





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