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Domingo , 21.10.2018 / 08:38 Hoy

De medios y otros demonios

El colapso del modelo electoral

Israel Martínez

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Terminaron las campañas (para los que no se dieron cuenta: sí, ya habían empezado) y hay mucho para el análisis. Desde las pifias y desaciertos de un INE que no pudo organizar elecciones confiables hasta candidatos que apostaron por las estrategias de siempre obteniendo pobres resultados.

El proceso electoral de 2015 quedó marcado por las filtraciones de los lamentables comentarios del presidente del INE, Lorenzo Córdova, que luego de recibir el respaldo en su desatino por parte de los partidos, ocasionó que buena parte de la población se desencantara de quien fungiría como árbitro de la elección.

A ello se sumaron las disparidades en las decisiones sobre las sanciones a los partidos, el INE nunca pudo dar garantía respecto a los criterios para decidir si las campañas iban por buen rumbo o no, ello le mereció el apodo de "Instituto Chimoltrufia" porque "como decía una cosa, decía otra".

Ante la incertidumbre, los candidatos y sus equipos apostaron al mínimo riesgo, nadie quería ser sancionado por alguna interpretación surrealista de las que el instituto electoral estuvo manifestando y se limitaron a diseñar estrategias de campaña dignas de la mejor contienda para jefe de grupo de cualquier secundaria rural.

Los anuncios publicitarios en radio y televisión fueron totalmente carentes de imaginación, entre denotaciones e intentos de "caer bien" a los ciudadanos, los partidos no realizaron una sola oferta de gobierno real que pudiera enganchar a los ciudadanos y lanzarlos a las urnas en la búsqueda de apoyarlos.

Como en otras elecciones, los partidos y sus candidatos apostaron por el "voto de venganza" el "voto de castigo", el "voto de la continuidad", el "voto utilitario" y hasta el "voto por conveniencia" como una forma de atraer electores sin siquiera comprometerse con ellos.

Los partidos y sus estrategas se quedaron atrapados en una forma de llevar procesos que ya no interesa a la gente, un modelo que se basa en la imagen y no en la trayectoria, que privilegia la demagogia a la diplomacia, que antepone los intereses de grupos a los de la sociedad en general.

Aún sin los resultados totales de la elección, habrá que ver el nivel de participación real del proceso, cuántos ciudadanos votaron por alguna opción de las que se les presentaron y cuántos anularon o (de plano) no se presentaron a participar.

Si la suma de votos nulos y abstenciones supera en dos terceras partes de la votación real, estaremos en un escenario de descontento y desencanto que debería encender las alertas en todos los partidos y actores interesados. Ya no es posible sostener por más tiempo este modelo electoral, se requieren cambios sustanciales urgentes antes de que el problema sea tal que no tenga solución.

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