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Viernes , 22.06.2018 / 16:02 Hoy

Daños colaterales

"Historia de la oposición judía al sionismo"

Irene Selser

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El libro de la semana

Creo que las personas no deberían confundir las cosas o sacar conclusiones apresuradas, porque estar contra Israel, como estamos hoy, no significa que seamos antisemitas”. Así lo afirmó en París el 11 de julio, a la agencia AFP, la ciudadana francesa, que se dijo judía, Stephane Frappeau, durante una protesta para “defender a la humanidad y parar la masacre” del ejército israelí en Gaza. “Creo que la gente tiende a olvidar que los palestinos son personas que sufren; niños y mujeres que mueren todos los días”, añadió Frappreau, cuando los muertos palestinos apenas superaban el centenar desde el inicio de la ofensiva israelí Marco protector, el 8 de julio. Catorce días después, los muertos ascienden a 823, en su mayoría civiles según la ONU y de ellos, 181 niños (Unicef). El ejército israelí confirmó indirectamente este balance al afirmar ayer que en 18 días dio muerte “a 240 combatientes”.

El planteamiento de la ciudadana francesa, que distingue la política militarista del establishment israelí de la identidad y derechos del pueblo judío, está en el meollo del debate entre judaísmo y sionismo que cruzó el siglo XX. Un debate ligado a su vez, de manera indisoluble, a la cuestión palestina y el derecho del pueblo palestino a un Estado, soberano e independiente, junto al Estado de Israel, como prometió la ONU cuando partió Palestina en dos partes desiguales. Palestina fue parte del Imperio otomano hasta el fin de la I Guerra Mundial (1914-17), cuando Gran Bretaña derrotó a Turquía, por lo que los palestinos pasaron a ser parte del nuevo Mandato Británico de 1922 a 1948. La zona incluía los actuales Israel, Cisjordania y Franja de Gaza. En 1947, la ONU propuso el así llamado “Plan de Partición de Palestina”, con 54% de tierras a Israel y 46% a los palestinos. El Mandato expiraba el 15 de mayo de 1948, pero un día antes Israel proclamó su Estado en ese 54%, siendo atacado por los países árabes vecinos en apoyo a los palestinos. Israel los venció y para 1949 la relación de tierras era 70% para Israel y 30% al futuro Estado palestino.

Hoy, el espacio de Israel supera el 85% al construir cada vez más asentamientos (colonias) en tierras de Cisjordania y Jerusalén Este, que junto con Gaza integran el Estado palestino ocupado que la Asamblea General de la ONU reconoció como “Estado observador no miembro” a fines de 2012.

Parte de este drama, que involucra hoy a 8 millones de israelíes y casi 4 millones de palestinos (sin sumar a los refugiados desde 1948) está explicado en el libro En el nombre de la Torah. Una historia de la oposición judía al sionismo, del académico canadiense Yakov Rabkin, profesor de Historia en la Universidad de Montreal.

La obra, en francés Au nom de la Torah. Une historie de l’opposition juive au sionisme (Les presses de L’Université Laval, 2005), de eruditas 300 páginas aunque accesibles al lector no especializado, Rabkin, él mismo judío religioso —no ultraortodoxo extremista— explica cómo el sionismo, es decir, el proyecto nacionalisa de muchos judíos europeos del siglo XIX, encabezados por Theodor Hertz, que querían regresar “al monte bíblico de Sión, junto a Jerusalén” y reconstruir ahí la Tierra de Israel, de donde fueron expulsados pen el año 123, no es sinónimo del pueblo judío. Al contrario, dice, hay un “antagonismo irreductible entre judaísmo y sionismo”.

A pedido del autor, tradujimos su obra en 2006. La editorial Hiru de Barcelona lo publicó en 2007 con el mismo título tomado del francé, pero Planeta-Buenos Aires lo editó anteponiendo un Contra el Estado de Israel. Al hacerlo en el segundo país después de Estados Unidos con la mayor comunidad judía fuera de Israel, suponemos que en lugar de abrir el debate, el volumen la cerró desde los primeros días.

Rabkin aborda también cómo la Shoá (u Holocasuto, en alusión al exterminio de seis millones de judíos bajo la Europa de Adolf Hitler) ha servido desde hace décadas “como un instrumento persuasivo de la política exterior de Israel”. Y cita al escritor israelí Amos Oz cuando afirma: “Nuestros sufrimientos nos han provisto de indulgencias. (…) Una vez víctimas, siempre víctimas, y esta condición de víctimas le otorga al portador una indulgencia moral”. O al menos eso es lo que pretende la clase político-militar israelí, muy alejada de los sueños y la praxis de paz del asesinado Isaac Rabin.

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