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Viernes , 22.06.2018 / 20:24 Hoy

Columna de Inés Sáenz

Savater

Inés Sáenz

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Me gusta leer a Fernando Savater porque es un filósofo que pone a nuestra vista su particular ejercicio de pensar, de encontrar un camino propio para entender el mundo sin necesidad de reciclar pensamientos ajenos. Un filósofo rebelde, de ideas claras que recuperan algo que encuentro cada vez más escondido: la sensatez.

La semana pasada, varios profesores del Tecnológico de Monterrey tuvimos la suerte de conversar con él. Confieso que percibí a un Savater cansado, de respuesta rápida, que al mismo tiempo hablaba de manera abierta y cordial; a un Savater que sufre a todas luces los estragos de la pérdida de un ser querido, pero que a pesar de ello mantuvo a flote su disposición para conversar. Todos los que allí estuvimos salimos de la reunión llenos de energía y también de dudas, las mismas que el propio filósofo tiene con respecto a la desfachatez de las ideologías sin ideas, y el sinsentido de algunas palabras que se han vuelto presencias habituales en foros educativos. Me refiero, por ejemplo, al pensamiento crítico.

En la actualidad es indispensable desarrollar en nuestros alumnos la capacidad de pensar y poner en tela de juicio la información que recibimos. Ojo, pensar críticamente no es dar la lata y estar rebatiendo hasta el infinito. No se trata de contradecir a diestra y siniestra, sino detectar falacias, errores, imprecisiones. ¿Cómo desarrollamos esta capacidad? Savater es impecable en su razonamiento: el pensamiento crítico se adquiere únicamente a partir de los conocimientos sólidos. Cuando uno conoce bien de un tema, es difícil que lo engañen. Por ello, los profesores debemos empeñarnos en amueblar la mente de los estudiantes, dotarlos de conocimientos que les permitan discernir, cuestionar, y no caer como borregos ante los discursos engañosos. Es necesaria entonces la apuesta por una educación que recupere el rigor del conocimiento, la apertura al diálogo y no sólo el despliegue de habilidades. Las capacidades son importantes, sin duda, pero sólo se potencian con el conocimiento.

Fernando Savater habló de lo que implica una educación humanista. Básicamente, es aquella en la cual se forma a personas conscientes de su entorno, autónomas, solidarias, respetuosas de la diferencia, creativas y apasionadas por su mundo. La educación humanista, nos dice el filósofo, nos prepara para la vida, nos aleja de las ideas prefabricadas y nos ayuda a formularnos preguntas que exigen múltiples respuestas. ¿Y cómo se consigue esto? Con profesores entrenados y entregados que desplieguen a su vez una capacidad de escucha. Los allí presentes —evocando nuestra realidad— nos preguntamos cuántos profesores de nuestro país alcanzamos a definirnos bajo esos términos.

En lo personal, me emocionó reencontrarme con mis colegas y sentirme afín a sus preocupaciones y a su pasión por enseñar y recuperar el sentido de su trabajo en el aula. Y ese coincidir se dio gracias a un par de horas dedicadas a la conversación, al diálogo, al ejercicio de poner en la mesa las preguntas que nos inquietan.

Me doy cuenta de lo vital que es para todos nosotros este tipo de encuentros cara a cara, sin metas y sin prisa, animados por una taza de café. ¿En qué nos convertiríamos si pusiéramos este intercambio de vez en cuando? En mejores personas, en mejores profesores. No hay duda.

inesaenz@gmail.com

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