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Martes , 21.08.2018 / 19:46 Hoy

Columna de Inés Sáenz

Las invasiones de Michael Moore

Inés Sáenz

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Emprendí el viaje más divertido e inesperado del verano al lado de Michael Moore en su documental ¿Qué invadimos ahora? Verlo el día de hoy, a la luz de lo expresado durante la celebración de la convención del Partido Republicano encabezada por Donald Trump, tiene una pertinencia absoluta.

Me gustan los documentales de Moore por la distancia crítica ante su propia cultura, por su ironía que no hace concesiones, y por su franqueza sin rodeos al denunciar los males que aquejan a su país. Por lo general, cuando veo sus películas, acabo deprimida. No así en esta ocasión. Vi a un artista optimista y propositivo frente a lo que él considera valores importantes que Estados Unidos debe recuperar. Moore pone en el centro del debate algunas estrategias económicas y sociales que han funcionado en otros países, creando un bienestar a la mayoría. Para explicar sus ideas, decide emprender un viaje que va de Italia a Túnez. El objetivo: ver, conocer, platicar con la gente, escucharla y tomar de la conversación algunas ideas para llevar a casa.

Moore tiene una idea genial en mente: invadir Europa y un país al Norte de África.

Invadir...

El cineasta elige una palabra bélica de todos conocida por su excesiva carga histórica si pensamos en las dolorosas intrusiones norteamericanas en América Latina, Vietnam, Irak, Afganistán, etc.

Una vez tomada, la palabra se transforma en sus manos, se resignifica, se vuelve otra cosa, pues su intención de invadir los países nada tiene que ver con una misión guerrera o mercantilista. Simplemente, quiere conocer, intercambiar ideas. La palabra invasión se convierte en aquello que todo viajero quiere alcanzar: la experiencia de un conocimiento cercano de las personas y lugares que visita.

El arranque de la película me sacó una sonrisa, que llegó a la carcajada en algunos momentos brillantes; por ejemplo, la invasión a Francia. Consiste en comer en la cafetería de una escuela pública de un distrito precario en Normandía. Es maravillosa la escena en donde Moore comparte con los niños la diminuta mesa. La sola diferencia de tamaños entre el cineasta inmenso y los pequeños resulta cómica. La conversación entre ellos es fascinante, pues Moore no da crédito a lo que sus interlocutores le cuentan: en principio, le parece insólito que dediquen una hora a degustar cuatro tiempos de comida sana y bien sazonada, que incluye una porción de queso francés. Lo más alucinante: los chiquitos beben agua. ¿Agua?, ¿cómo es eso? Se pregunta Moore al mismo tiempo que saca una lata de Coca Cola para compartirla con ellos, pero el líquido negro no parece interesar a sus nuevos amigos. Además del despliegue de platos bien cocinados, servidos en vajilla de cerámica, vasos de vidrio, tenedores y cuchillos de acero, Moore no da crédito al tiempo que se dedica a esta actividad: sesenta minutos en los que no sólo se abre la boca para recibir alimento, sino también para convivir. La hora dedicada a comer forma a los niños –además– en el civilizado arte de la conversación. Moore saca provecho de esta lección.

Es conmovedora la manera en que el artista transforma con un solo gesto el acto ritual de la conquista y lo convierte en una expresión de humildad. Para cada una de sus invasiones, Moore lleva a cuestas una bandera que ancla en el lugar invadido una vez aprendida la lección que llevará de regreso a su tierra. Tradicionalmente, anclar la bandera es un gesto triunfal que indica que el sitio ha sido conquistado. Recordemos por ejemplo cuando los astronautas anclan la bandera de EU en la luna. En este caso, Moore revierte el sentido y deja la bandera como un compromiso de memoria. La actitud alfa muy propia de nuestros vecinos, que es declarar ser los mejores y los más poderosos se derrite con la modestia de Moore, con su actitud cosmopolita y abierta a lo que se puede aprender de otros.

El documental es un recordatorio del bienestar que hemos ido perdiendo o podemos perder.

No deje de verlo.

inesaenz@gmail.com

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