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El elefante en el cuarto

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Corresponde a esta época del año hacer recuentos y proyecciones. Pensar en lo más sobresaliente, en lo que ha afectado nuestro diario vivir y en lo que deseamos que suceda. Si repasamos aquello que tuvo más ecos, los vientos de octubre trajeron –con el hashtag #metoo– la palabra feminismo a la mente de todos. El diccionario Webster la puso como la palabra del año. Pero, ¿qué resuena en la mente de mis próximos cuando oyen esa palabra?

En los varones, escepticismo, desconcierto y temor. En las féminas, esperanza, energía de cambio. ¿Cómo conciliar las dos emociones cuando tratamos de hacer la lista de los buenos deseos para este 2018 que apenas empieza a volar? Pienso en dos palabras. En ellas se condensa el deseo profundamente humano de vivir una buena vida, y una vida buena.

Seguridad. Para todas y todos, la seguridad es la condición indispensable para la vida: salir a la calle y llegar a nuestro destino sin amenazas. Confiar en que cada uno de los nuestros podrá llegar a su destino sin contratiempos; estar en casa sin temer la irrupción de algún criminal; manejar sin orar por la integridad de nuestros cuerpos; suponer que todos aquellos que viven en nuestras ciudades están al resguardo de la violencia. Espejismo inútil.

Empezamos mal. Este inicio de año ha sido cruel y doloroso. El cambio de ciclo ha supuesto una ilusa transacción simbólica, porque nada ha cambiado: las cifras de crímenes en estos primeros días son pavorosas. Me asustan, y sin embargo pareciera que las autoridades no las perciben. No se habla de ellas. Pasan cosas graves, pasan cosas raras y nada se consigna. ¿Qué autoridad municipal, estatal o federal las asume, las vocifera, las denuncia? ¿Quién se hace cargo? Empieza el aturdimiento de las campañas electorales sin que ningún protocandidato o candidato rompa este silencio y hable del elefante en el cuarto. Los números que resumen lo que sucede en este país quitan el sueño: las víctimas por feminicidios o por asesinatos violentos del crimen organizado superan a los del terrorismo de la ETA, o a los de la guerra sucia en Chile y en Argentina; son mayores a los que hemos estudiado en los libros de historia con suspiros de tristeza y condescendencia. Tenemos que aceptar y hablar de esta violencia letal, aunque no nos guste. No hay manera de cambiar el rumbo si no empezamos por aceptarla. ¿Qué significa tener seguridad? Los guardaespaldas son privilegios de unos cuantos; las urbanizaciones bardeadas, los fraccionamientos cerrados cuidan a quienes pueden pagarlas. ¿Y la calle? ¿Y el espacio público? ¿Y el camino de la casa a la escuela o al trabajo? ¿Y el miedo que no solo llega de noche sino a plena luz? Este es un tema gordo cuya resolución parece cada vez más inalcanzable.

Se nos habla de resiliencia. Esa es una palabra tramposa, pues… ¿qué significa ser resilientes? ¿dóciles? ¿doblegados? ¿insensibles? ¿sordos y mudos ante lo que sucede? Tengo una sola certeza: no creo poder soportar la demagogia en turno, las esperanzas vacías de los candidatos que poco tienen que ofrecer a la ciudadanía.

Fraternidad/Sororidad. Ninguno, nadie habla de los desaparecidos, de los mutilados, de los baleados. Ni nuestro Presidente, ni nuestros gobernadores, ni nuestros alcaldes, ni nuestros senadores, ni nuestros diputados alzan la voz y piden luto por estas víctimas de la violencia. Ni por los 43, ni por nadie.

Ninguno, nadie habla de las siete mujeres que cada día siguen siendo asesinadas por el hecho de ser mujeres. Ni nuestro Presidente, ni nuestros gobernadores, ni nuestros alcaldes, ni nuestros senadores, ni nuestros diputados alzan la voz y piden luto por estas víctimas de la violencia de género. Son muertas sin sepultura. Son muertas sin duelo.

¿En qué momento hemos dejado de ser un país fraterno? ¿Por qué no nos gusta pensarnos como un país sororario? En 2017 resurgió con fuerza la palabra sororidad para referirse a la solidaridad entre mujeres. Si nuestros políticos han ignorado la palabra, ¿cómo apaciguar esta crueldad que nos destroza?

No son buenos augurios. ¿Podremos admitir lo que somos, reconocer en el espacio de lo público a este monstruo de crueldad en que nos hemos convertido?

No pretendo ser fatalista, pero estoy segura que nada bueno trae el ignorar esta realidad dolorosa.

Aquí pasan cosas raras.

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