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Miércoles , 17.10.2018 / 09:55 Hoy

Columna de Inés Sáenz

El amor a las palabras: Julio Cortázar

Inés Sáenz

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Uno se reconcilia con el mundo cuando lee a Julio Cortázar. Sus relatos nos ayudan a encontrar un ángulo desde el cual podemos enfrentar con otro ánimo las noticias tristes, los últimos escándalos de la farándula o el lenguaje chato que nos encuentra a cada paso. Cortázar habría cumplido cien años este 26 de agosto, pero la leucemia se lo llevó un poco antes de cumplir setenta. He leído notas periodísticas que cuentan el homenaje póstumo de sus aficionados lectores al peregrinar por los puentes que recorrió su personaje la Maga en París, al visitar su tumba en el cementerio de Montparnasse, o al detenerse en la placa conmemorativa de su último departamento en la calle Martel.

Decepciona constatar de qué manera abunda la agilidad de movimiento para transitar de un sitio a otro, y escasea la inconformidad con el ritual prefabricado. Quienes todavía disfrutamos de las delicias del reposo y el silencio que acompaña la lectura, sabemos que la huella de Cortázar no se encuentra en ese trajinar, en ese ir y venir por los santuarios turísticos, sino en algo completamente impalpable e inmenso que es su obra. Recuerdo varios momentos sumamente placenteros en que fui tocada por su imaginación y deslumbrada por la absoluta libertad con que moldeaba las palabras, y con ellas era capaz de crear un lenguaje nuevo, distinto y a la vez comprensible. Pienso por ejemplo en el capítulo 68 de su novela Rayuela. Ante la imposibilidad de reproducirlo todo en este espacio, le ofrezco una muestra:

“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. [...]Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía. [...]. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias”.

Aquí sale a nuestro encuentro el genio del escritor, su lenguaje personal y único. Si la primera ojeada le resulta extraña y sin sentido, lo invito a que desacelere el ritmo y lea con calma por segunda vez. Empezará a reconocer algunos elementos de nuestro idioma, pero trastocados. Lentamente, su intuición lectora le dará la mano y empezará a descubrir que tiene frente a usted un encuentro erótico que sucede al mismo tiempo que sus ojos recorren la página. Leer el capítulo 68 es reactualizar la experiencia mágica y sagrada del encuentro amoroso. Experiencia lejana de aquello que nos brinda el amor-prisión y el lenguaje trillado de Cincuenta sombras de Grey.

Cuando se capta el sentido y se descubren los matices escondidos en las palabras, los lectores empezamos a disfrutar de un placer complejo, difícil de describir; un goce lingüístico. Repetir experiencias de lectura similares nos vuelve exigentes con todo lo que cae a nuestras manos; por eso nos aburrimos de las fórmulas fáciles que abundan en las listas de los más vendidos.

Creo que esa es la razón por la que me gusta compartir el asombro que es leer a Cortázar con mis estudiantes. Pienso por ejemplo en El perseguidor, mi cuento favorito, donde reflexiona sobre el sentido de la existencia. O en Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj, uno de sus famosos cronopios, donde el escritor nos descubre la manera en que los seres humanos somos víctimas del proceso de cosificación:

“Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. (...) Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras. (...) No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj”.

Julio Cortázar: que tus palabras nunca descansen en paz entre nosotros.

inessaenz@hotmail.com

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