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Martes , 23.10.2018 / 09:19 Hoy

Columna de Inés Sáenz

Conjuros

Inés Sáenz

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ORACIÓN
Para mis días pido,

Señor de los naufragios,

no agua para la sed, sino la sed,

no sueños

sino ganas de soñar.

Para las noches,

toda la oscuridad que sea necesaria

para ahogar mi propia oscuridad.


Piedad Bonnett



El cuarto en el que escribo me regala la vista de unas montañas de un verde intenso. Es una habitación minúscula, propia de una residencia universitaria, que contiene todo lo que necesito para poner palabras a esta página: una mesa estratégicamente colocada frente a la vista imponente del cerro de Monserrate, y mis libros recién comprados bajo la guía de un joven escritor que me ayudó a navegar por la librería para encontrar tesoros literarios que, por las extrañas políticas del mundo editorial global, no llegan a México. Los latinoamericanos compartimos una lengua prodigiosa. Desafortunadamente y por razones que desconozco, lo que se publica en Colombia se queda resguardado allí, y así sucesivamente con cada uno de nuestros países. Salvo algunos escritores que logran saltar la valla nacional, los demás son ojeados por lectores del mismo pasaporte. La gran aventura de mi viaje fue caminar por esos estantes llenos de sorpresas. No tuve tiempo de hacer turismo, y bueno, tampoco lo busqué. Sin embargo, me llevo la impresión de haber visto una ciudad verde, fresca, de cielos y nubes memorables. Una ciudad habitable excepto por el tráfico, la peste que invade nuestras ciudades. La calidez de la gente me recordó la hospitalidad mexicana. Patricia –mi colega bogotana– y yo coincidimos en la experiencia de vivir en países con muchas realidades. En el ambiente privilegiado y seguro que nos toca vivir, la vida parece apacible, aunque sabemos que las oscuridades ocurren a la vuelta de la esquina.

Vine a Bogotá a un congreso para debatir –junto con colegas de Colombia, Ecuador y Chile– sobre el lugar que deben tener las artes liberales en nuestras universidades. Un tema al que imprimimos mucha pasión, pues estamos convencidos de la fuerza emancipadora de la literatura, la filosofía, las artes y –por supuesto– las ciencias. Fue un encuentro especial, que ya augura complicidades futuras. ¿Por qué la insistencia y la fuerza de esta convicción sobre su poder transformador?

Alcibíades nos dice en El banquete, de Platón, que las palabras de su maestro Sócrates produjeron en él un efecto demoledor. A partir de sus conversaciones con el filósofo, empezó a ser consciente de algo que le había pasado inadvertido: había vivido una vida de esclavitud, que empezó a cambiar en algo que no atinaba a nombrar, pero que se parecía a la libertad. Su maestro no le había dicho cómo vivir, no le había dado recetas, pero tras sus encuentros con él, tenía la certeza de que su vida no volvería a ser la misma.

Quienes creemos en el poder alquímico de la educación humanista, sabemos que una cosa es llenar la mente de nuestros alumnos, y otra muy diferente es lograr encenderla. Plutarco, historiador de la antigua Grecia, usaba esta metáfora cuando hablaba de la educación. Él dirigió algunos de sus más importantes discursos a los jóvenes, entre ellos uno que tengo grabado en la memoria. Se trata de su conferencia titulada “Cómo se debe escuchar”, en donde imagina lo siguiente: “¿Qué diría usted de un hombre que va por fuego a casa del vecino, y encuentra allí una llama tan límpida que decide quedarse y no soñará nunca más con regresar a su casa?”.

Cuando uno escucha verdaderamente, no puede ser la misma persona.

Las palabras de estos sabios me tocan, me conmueven, porque leer es a fin de cuentas ejercitar la escucha. Muchas de las conversaciones que me han transformado la vida se han dado con personas que, o están lejos de mí, o ya no están en este mundo; a pesar de ello, sus voces son nítidas, me hablan con una claridad que a veces aturde. Sus voces me susurran o me gritan, dependiendo del humor o la intensidad de mi atención.

Hoy, descubro a la poeta colombiana Piedad Bonnett. Deletreo sus versos, me detengo en las comas, termino en el silencio de su último punto. Al igual que en su poema que empieza esta columna, deseo que la sed y las ganas de soñar me acompañen hasta el final.

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