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Viernes , 25.05.2018 / 23:47 Hoy

Crónicas urbanas

Un laboratorio por la salud cultural

Humberto Ríos Navarrete

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El ginecólogo Jesús María Cantú Lozano, quien muy joven llegó a la capital del país, procedente de Nuevo León, fue el propietario de Clínica Regina, inaugurada en los años 20, sobre la calle que tiene ese nombre; sería cerrada medio siglo después con la muerte de su creador. Terminaba un ciclo y empezaba otro en una ciudad que se expandía.

El edificio, de estilo art decó, sobrevive en el Centro Histórico de la Ciudad de México, donde está la huella de aquel médico, egresado de la Escuela Nacional de Medicina y amigo de otros que participaron en la modernización del sector salud.

Tiempo después, Andrés Mendoza Cantú, uno de los nietos de Cantú Lozano, comenzó a preocuparse por convertir el inmueble donde estuvo Clínica Regina “en un laboratorio creativo, por una mejor atención a la salud cultural”.

Y la conversión empezó.

El homenaje al abuelo fue pensado en la naciente década de los 90, mucho antes de que iniciara la remodelación de esa parte de la ciudad, por lo que el plan, bautizado como “Clínica Regina”, se puso a la vanguardia, ya que, dice Mendoza Cantú, “ha sido un detonador de experiencias estéticas”.

Durante todo ese lapso, añade, el proyecto ha sido un laboratorio “donde artistas, curadores, teóricos, investigadores, poetas, escritores, grupos musicales, performers, arquitectos, diseñadores, fotógrafos, promotores culturales y artesanos han tomado el espacio como un foro cultural de expresión...”

Es el mismo espacio, pero muy diferente ahora, donde María Antonieta Cantú, hija del fundador de Clínica Regina, pasó su niñez y su juventud. “Había consultorios de todas las especialidades”, recuerda esta mujer, nacida el 31 de mayo de 1936, que estudiaría decoración de interiores y museografía.

Junto a la clínica su padre construyó una casa en la que vivía la familia. “En ese entonces era una calle tranquilísima, pero había muchas pulquerías”, recuerda María Antonieta. “Mi padre, que había nacido en San Nicolás de los Garza, Nuevo León, se vino a estudiar a México cuando tenía 18 años y se quedó para siempre; después se trajo a su familia y algunos atendieron la farmacia”.

Jesús María Cantú Lozano fue “un médico visionario”, compañero de otros destacados, como Ignacio Chávez y Gustavo Baz, “una generación emprendedora en un momento en que el país construía sus instituciones”, contextualiza Andrés Mendoza Cantú.

***

Andrés Mendoza Cantú, coordinador del Proyecto Cultural Clínica Regina —ubicada en el número 24 de esa calle— es antropólogo. Dice que una de sus aportaciones del abuelo fue crear la clínica “bajo un esquema de seguridad social”.

—¿En qué consistía?

—Hizo un convenio con las fábricas que había alrededor. En los años 30 aquí era el perímetro suburbano de la Ciudad de México. Este convenio consistía en que el trabajador pagaba una cuota, apoyada por la empresa para la que trabajaba, y toda su familia tenía derecho a ser atendida en las distintas especialidades de la clínica. Muchos de los médicos también trabajaban en otros hospitales de la zona. Hay que pensar que la ciudad, prácticamente, acababa en Salto del Agua.

—Y desaparece la clínica.

—La ciudad entera sufre una transformación. Le sucede a este edificio, como a muchos del Centro Histórico: empiezan a perder su objetivo y a volverse de usos múltiples. La clínica empieza a ser rentada para habitación, los médicos se van yendo poco a poco, a la muerte del doctor Cantú, y sufre un deterioro muy grande, en cuestión de infraestructura y de mantenimiento.

—Y sales al paso con un proyecto...

—Este edificio ha sido parte de mi historia personal; entonces yo, que me dedico a la cultura, que no solamente es un asunto de entretenimiento, sino también un factor de salud, hago un recorrido por otras ciudades del mundo, de espacios culturales alternativos, y se me ocurre plantearlo aquí: el objetivo es justamente el rescate del edificio y convertirlo en un espacio con una oferta cultural, quizá en una plaza de comercio de arte y cultura.

—Y la subdividen.

—Jugamos con la metáfora médica: nuestro proyecto tiene el lema de “Clínica Regina, por una mejor atención a la salud cultural”. Y jugamos con toda esta parte de la metáfora médica-poética; por ejemplo, nuestra galería se llama La sala de urgencias; tenemos una pequeña tienda de diseño, El Botiquín; y nuestro equipo curatorial, con gente que ha estudiado en distintas universidades las carreras relacionadas al arte y a la cultura, se llama El equipo de consultorio.

—Y se va consolidando...

—Pues ese es el deseo: que realmente podamos superar los obstáculos que todavía tenemos y conseguir los recursos y la estrategia para la restauración del edificio. Tenemos muchos elementos que se han ido construyendo a partir de un sueño, de una necedad, que van haciendo que todo esto pueda tener una esperanza y un resultado.

—Un homenaje al abuelo...

—Por supuesto, y como familiar no podemos dejar caer esta joya: tiene pisos y techos de cristal; es un sistema de construcción de los años 20–30 con una ingeniería que fue un estilo de la época de los pabellones de las ferias internacionales; hay ejemplos de edificios en muchas partes del mundo. Es una réplica de otras clínicas y hospitales.

***

En Clínica Regina todavía conservan muebles originales, la herrería y “algún instrumental” médico de exhibición, dice Andrés Mendoza Cantú, de 51 años de edad, quien, no obstante, reconoce que el edificio ha sufrido algunas modificaciones, que califica de “absurdas” y que no estuvo en sus manos frenar.

“Lo que buscamos es que cuando haya la oportunidad de rescatarlo de una manera formal se utilicen criterios de arquitectura correctos de restauración y que esto sea un edificio que podamos compartir los habitantes y visitantes del Centro Histórico”, comenta Mendoza Cantú, quien dice que la galería tiene muchas visitas.

En Clínica Regina hay exposiciones de todo tipo y algunos talleres. La galería, sobre todo, es para artistas emergentes, aclara Mendoza. “Hemos sido una plataforma que ha impulsado a muchos artistas que tal vez no han tenido todavía contacto con circuitos formales de galerías. Nosotros lo que hacemos aquí es trabajar con ellos”.

—Y también hay talleres.

—Tenemos dos talleres —explica Mendoza—, uno de grabado y otro de serigrafía; nos dedicamos a la capacitación de impresores y están abiertos para la gente que no solamente viene a aprender, sino a producir obra; hacemos ediciones gráficas de calidad; el público puede visitar nuestra tienda de diseño El Botiquín. Es un colectivo de diseñadores que estamos trabajando en este proyecto.

El propio Mendoza es diseñador. Participa en El Botiquín, igual que Elena Higareda. “El Botiquín es una boutique; nosotros aquí somos un colectivo de diseñadores; unos se dedican a hacer prendas; de mi parte, yo me dedico al crochet, trabajo con mujeres, hago bolsas y todo lo que sea accesorios”, detalla Higareda, mientras muestra unas bolsas confeccionadas por ella.

—Participan varios.

—Somos un grupo de diseñadores que vienen y entran, dejan su producto; también es un lugar para dar a conocer lo que se está trabajando, las nuevas propuestas de jóvenes diseñadores mexicanos. Para pronto, es un diseño único el que se trabaja aquí.

Y también imparten cursos “para las personas que están interesadas en deconstruir la ropa”, añade Higareda. “Igual, reciclamos; de hecho, mi trabajo es reciclar también mezclilla y transformarlos en nuevos productos, nuevos accesorios”.

Es Clínica Regina, “Por una mejor atención a la salud cultural”, como dice su lema, un proyecto novedoso que se abre paso en el Centro Histórico de la Ciudad de México.

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