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Lunes , 15.10.2018 / 04:40 Hoy

Crónicas urbanas

Un chelo traído de París

Humberto Ríos Navarrete

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La pasión por lo que hace comenzó en su adolescencia. Desde entonces su arraigo y cariño han estado en el Centro Histórico —luego de salir de la casa paterna, en la Narvarte—, que abandonara después de vivir ahí casi 13 años, pues el sismo dañó su departamento. Pero Valentina Montelongo siempre regresará a sus calles, donde primero fue adoptada por los danzantes y luego embelesada por la música. Más tarde se especializó en el violonchelo y usó como foro los adoquines de la capital.

En poco tiempo su domicilio estará en la Guerrero, no tan lejos de donde afinaba su chelo para tocar música mexicana, mientras resistía los embates policiaco; enfadada, decidió dedicarse a la docencia. Hace poco fue invitada a visitar París y quedó deslumbrada. Nada que ver con la música callejera en México. El entusiasmo la estimuló a diseñar el proyecto Estaciones Musicales en el corazón del país.

Pero habrá que empezar por el principio y hablar de quien arranca suaves notas de su chelo para dar forma a piezas mexicanas; armonía que llevó a las calles y el Metro de París, sin conocer el idioma francés: solo armada de ese chelo que hizo brillar en plazas donde ni los más experimentados músicos se atrevían, pues de antemano saben que está prohibido. Le bastó un mes para recorrer París.

Frisaba los 14 años cuando, en 2005, llegó al Centro Histórico de Ciudad de México. Con su chelo tocó durante ocho años en la esquina de 5 de Mayo y Bolívar. Era representante de músicos callejeros.

Fue el primer chelo que apareció en la zona, pero Valentina y su instrumento fueron replegados por el acoso policiaco y, decepcionada, dejó de tocar y se dedicó a estudiar poco más de un año. Regresó a la calle en diciembre de 2016 y se instaló sobre 16 de Septiembre y Palma.

Afuera del café El Popular, mientras tanto, estaba el cuarteto femenino de cuerdas Dulcissimo, integrado por cuatro violonchelistas, quienes serían agredidas por la policía. Ese episodio fue el germen para que los músicos callejeros empezaran a organizarse, pues los desalojos no paraban.

Y —recuerda Valentina Montelongo— todos coincidieron en una reflexión: “hemos sido agredidos y desplazados, ¿qué vamos a hacer?”

En ese entonces lograron entrevistarse con funcionarios del Gobierno de Ciudad de México. Fueron bien recibidos. Les dijeron que tenía la mejor intención de ayudarlos, pero que no percibían ninguna propuesta de parte de los músicos. “Era un caos”, recuerda Valentina.

Ese mes, diciembre de 2016, no obstante, consiguieron una tolerancia por primera vez. Era un avance. Fin de año. Estaban contentos. Trataron de censarlos y sumaron 30 músicos. La realidad es que eran más. La tregua se alargó. Estaban conscientes que de un momento a otro podía terminar.

Y llegó marzo.

Y sucedió que una pareja de alumnos suyos invitó a Montelongo visitar París, Francia, y ella les tomó la palabra, pues le regalaron un viaje redondo, al que sus discípulos tenían derecho por millas acumuladas; además, el hospedaje sería gratis. No podía perder la oportunidad.

Entonces se preparó.

Y partió a otra aventura.

***

La adolescente Valeria Montelongo había llegado al “ombligo de la luna”, como denomina al Zócalo, “buscando mi raíz, y fui adoptada por los danzantes, indigentes, boleros y toda suerte de extraños personajes que habitan estas calles viejas”.

Estudió canto en el Conservatorio Nacional y en la Casa de la Música Mexicana. En 2005 se atrevió a tocar por primera vez en las aceras, pues sus maestros le habían dicho que “ya estaba muy grande como para poder vivir decentemente del violonchelo; así que sin creer demasiado en mí, pero con mucha hambre y valor, me atreví a sonar en las calles”.

Y decidió tocar un repertorio diferente al acostumbrado y dedicarse a rebuscar la música mexicana, de por sí favorita de sus abuelos, y así fue que surgió Ranchelo, “mi proyecto personal, mi sueño privado”.

Durante años, dice, “fui tratada cual delincuente por ejercer esta actividad y recorrer con mi fiel violonchelo las banquetas de casi todo el Centro Histórico; he vivido una amorosísima relación con el público, que siempre me ha defendido y permitido vivir muy decentemente de mi actividad, contradiciendo a las escuelas que nunca me aceptaron”.

Y un día vio sus pasos, como ella dice, “resonando en París, donde pude vivir como uno más de los Musiciens du Metro”.

—¿Y qué pensaste?

—Entendí que la simple rebeldía, sin una propuesta ordenada de libertad, lleva al caos.

***

Y llegó un lunes a París, sin nunca antes haber estado ahí, donde sus alumnos también le facilitaron un departamento para que se hospedara.

Un día después estaba en las calles, primero en la orilla del Sena. Sus alumnos —ella escritora y él músico— la acompañaron dos días. Le dijeron cómo moverse y llenar la despensa. Luego, la pareja se fue a Ámsterdam.

Ante los músicos callejeros, entre ellos un blusero senegalés, se presentaba como Valentina, con su escaso francés, algo que a los recién conocidos les parecía “cotorro”, mientras le contestaban con un “claro que sí”.

Pronto algunos la adoptaron.

Y empezó a recorrer las calles y el Metro. “Mis lugares favoritos eran las jardineras que están frente a la Catedral de Notre Dame, lo más impresionante para mí”, así como frente del Palacio de Versalles y afuera del Museo de Louvre, entre otros lugares.

—¿Y la policía no te decía nada?

—Pasaban y me saludaban. En el único lugar que no podía estar era la Pirámide del Luvre, ni en la Basílica del Sagrado Corazón.

En el celular llevaba pistas de mariachis, que formaban parte de su proyecto Ronchelo.

“Era muy notoria mi presencia porque yo llegaba ataviada con mi huipil y mi falda chiapaneca”, dice y sonríe y brillan sus ojos verdes. Había peruanos, chilenos, argentinos y mexicanos de Veracruz.

Y ahí supo que hace 30 años los músicos callejeros de París eran perseguidos, por lo que tuvieron que regularizarse, comenta Montelongo, quien reflexiona: “Para mí fue un shock, porque los músicos no querían regularse y ahora todo París está orgulloso de ellos “.

Y aprendió la lección.

Ella y sus compañeros en México tenían un grupo de WhatsApp, de modo que empezó a organizarlos y contarles la experiencia.

Ese mismo mes de marzo, día 28, regresó de París con sus amigos y su chelo ‘Jacinto Cenobio’, como lo bautizó —”esa canción me gustaba cantar voz en cuello recorriendo París”— y de inmediato platicó con Berenice Santana, violinista del ensamble Euterpe, y entre las dos trabajaron en un proyecto similar al de los músicos callejeros de París.

Le llevaron el proyecto a Iliana Ordóñez, funcionaria de CdMx, a quien “le encantó “, recuerda Valentina, y después a la diputada Beatriz Olivares, que lo presentó como iniciativa ante el pleno de la Asamblea Legislativa.

Ya tienen su logotipo y un pequeño estandarte plastificado, que consiste en un círculo con una clave de sol, el letrero Colectivo de Músicos Urbanos del Centro Histórico y resaltadas las palabras Músico-CdMx.

“Desde hace dos años trabajamos y luchamos por tener un pedacito de la Ciudad Luz en la Ciudad de los Palacios, implementando la fabulosa organización que tienen en París, soñando con llenar nuestra ciudad de música para todos”, dice con algo de nostalgia y satisfacción.

—¿Y cuál es tu sueño?

—Quiero ver músicos libres como los vi en París.

—¿Y qué significa instrumento?

—El chello es mi compañero, mi mejor amigo, mi voz, mi

refugio, mi razón de ser.

Y aún falta.

La idea es hacer nuevas estaciones e ir más allá de la calle 16 de Septiembre, donde ahora están, dice Valentina Montelongo, “y crear el Festival de Música Urbana para garantizar la calidad”

Como en París.

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