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Miércoles , 17.10.2018 / 14:41 Hoy

Crónicas urbanas

“Perros guías, nuestros ojos”

Humberto Ríos Navarrete

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Hace 10 años, cuando tenía 31 de edad, Diana Grisel Martínez García, del municipio mexiquense de Tlalnepantla, sintió extrañas sensaciones en su organismo, por lo que visitó al médico, quien le diagnosticó diabetes mellitus tipo 2, "una enfermedad metabólica caracterizada por altos niveles de glucosa en la sangre", pero no acataría las recomendaciones y tuvo graves secuelas en su salud.

"Fue una irresponsabilidad de mi parte", reconocería años después esta mujer, quien en esa época empezó a bajar de peso, luego de fumar con frecuencia, y durante un tiempo creyó el runrún de que el tabaco favorecía el adelgazamiento; al final resolvió consultar al médico, que de inmediato le hizo una prueba de sangre, para medir el nivel de azúcar, y entonces le diagnosticó la enfermedad.

—Ya eres diabética —le informó el doctor, luego de ver la cifra de 260, que aparecía como resultado de la prueba.

Diana Grisel quedaría pasmada —"cómo, tan joven, no puede ser que tenga diabetes", pensó— y recordó que a su madre también le habían diagnosticado la misma enfermedad cuando era joven.

Le indicaron que tuviera cuidado, pues de lo contrario quedaría ciega, incluso le dijeron que corría el riesgo de que le amputaran una mano o una pierna, y que también podía tener consecuencias en la dentadura o los riñones, pues se trataba de una enfermedad crónico-degenerativa.

Pero la paciente no se controló. Diez años después lo dice en forma sincera, franca, aunque a veces lacónica —su idea original era, es, denunciar las trabas que le ponen en diferentes lugares—, con respuestas de una, dos o tres palabras.

Por ejemplo:

—¿Te podías controlar?

—Sí.

—¿Y no te controlaste?

—No.

—Y viene la ceguera.

—Umjú.

—¿Paulatina?

—Sí.

—¿En qué momento?

Y ahora alarga la respuesta:

—Tampoco fue luego-luego... a lo mejor a los seis, siete años cuando empecé con problemas en el ojo izquierdo: empezaba a ver como manchitas de sangrado.

Y asomó el drama.

El primer indicio.

***

—Recuerdo en una ocasión, cuando estaba haciendo el arroz, me agaché y de repente vi así —muestra su mano—, como si me pusieran una gotita de sangre; luego, hilitos de sangre, y entonces es cuando voy al médico y me dice que se me había desprendido la retina; un día vi todo rojo de este lado, se quitaba y así estaba, hasta que llegó un día que perdí todo el ojo izquierdo.

—Y fue con el médico.

—Sí, y empezaron a ponerme rayos láser y me dijeron que ya no se podía hacer nada. Después empezó el ojo derecho, igual con lo mismo: la sangrecita, los hilitos; hasta que, cuando cumplí los 31 años, desperté ya sin ver absolutamente...

—¿Qué pensaste?

Y lenta retrocede 10 años:

—Todavía me acuerdo que me desperté y me levanté con mucho, mucho cuidado, prendí la luz y dije: "No, no, esto no puede ser". Y pues sí, salí, obviamente me puse a llorar, bajé con una de mis hermanas y es cuando le dije: "Abrázame, porque ya no veo absolutamente nada, nada, nada, nada".

—Y cuál fue el siguiente paso.

—Pues... —lo piensa un momento— el siguiente paso, pues aceptarlo, aceptar mi nueva condición. Sí, anduve recorriendo muchos lugares, muchísimos; hospitales, especialistas, todo, todo, pero me decían que esto ya no tenía absolutamente...

—Y empezó la rehabilitación.

—Sí, en el Comité Internacional Pro Ciegos, una institución de asistencia privada. Está en calle Mariano Azuela, colonia Santa María la Ribera.

—¿Y cuánto tiempo tardaste en adaptarte?

—Hasta eso fue muy rápido, porque mi rehabilitación, como tal, fueron seis meses, ya que dan cursos de orientación, de movilidad, escrito en negro, braille, muchos talleres.

***

Un año y medio después de ingresar al centro de rehabilitación, dice, logró hacerse de un perro guía, de la raza labrador, por recomendación de una de sus profesoras, quien les daba clases de orientación y movilidad en el Metro, donde hubo un problema. "Una persona quiso pasarse de lista", recuerda Diana Grisel.

De parte del Comité Internacional, después de cumplir con varios requisitos y responder extensos cuestionarios, viajó a Rochester, Michigan, en Estados Unidos, a la escuela Leader Dogs the Blinde, donde participó casi un mes en un curso con el pequeño animal, hasta que ambos se adaptaron.

—¿El primer perro?

—Sí, mi primer perro; bueno, hembra, está allá, se llama Gismo —y Gismo se acurruca a sus pies—, tiene 12 años de edad y un año de jubilada; se jubiló porque le dio una enfermedad que se llama hipotiroidismo; se cansaba mucho y nomás quería estar echadita. El veterinario dijo que tenía que jubilarse. Y hace un año fui nuevamente a Estados Unidos por mi otro perro guía, Grayson, y él ya tiene tres añitos.

Los invidentes enfrentan una serie de dificultades en las calles y en otras partes, como restaurantes y hospitales, comenta Diana Grisel, quien viernes, sábados y domingos viaja al Centro Histórico de la Ciudad de México, donde ofrece masajes.

"Lamentablemente hay mucha desinformación respecto al perro guía, porque, por ejemplo, en los microbuses casi no me dejan entrar; muy rara vez que me dejaban subir", se duele. "La verdad es que ha costado mucho trabajo que la gente entienda que son nuestros ojos, ¿no? Porque, en pocas palabras, eso son".

—¿Qué otros problemas?

—La gente los maltrata, les tiene miedo, a veces los patea, o, peor tantito, les da alimentos. Estos perros no hacen daño y están muy limpios, se les cepilla diario, tanto de dientes como de pelos; tienen su tratamiento antipulgas, los llevamos al veterinario.

—En los centros comerciales también tienen problemas.

—En los centros comerciales, en algunos restaurantes, casi en todos los lugares tenemos problemas. En el Seguro Social también, para poder entrar con perros. He tenido que meter algunas denuncias por medio de la Conapred.

—Y para poder sobrevivir tienes que trabajar.

—Estudié la carrera de masoterapia; doy masajes terapéuticos, rehabilitación, quiroprácticos; ahorita trabajo en el Centro de la Ciudad, en Motolinía y 16 de Septiembre. Estamos viernes, sábados y domingos.

—¿Y cómo le haces para llegar hasta allá?

—Pues con mucho cuidado, jajaja. Tengo varias rutas, pero la que más me gusta es caminar a la autopista, ahí tomo un camión para Politécnico, hasta la estación del Metrobús y abordo el que va a Etiopía, llego a Hidalgo, entro al Metro, desciendo en Allende y luego me voy en lo que es Motolinía y 16 de Septiembre.

—Pero ahí no llevas a tus perros.

—No, ahí no.

—¿Sería más problemático para ti?

—Sí, por lo que comentaba, que aparte del transporte, por la gente, y como estoy ahí prácticamente todo el día, entonces también se me hace injusto, que esa parte del perro, ¿no?, tienen horarios para ir al baño y ahí en el Centro no hay lugares para que los perros hagan sus necesidades. Los días que no trabajo sí procuro sacarlos a cualquier lugar.

Y aquí está Diana Grisel, con Grayson y Gismo, "mis ojos", como llama a estos animales leales y cariñosos, incluso con los forasteros que visitan este domicilio de la colonia Valle de Ceylán, en Tlalnepantla, donde también ofrece el servicio de masaje, que igualmente proporciona a domicilio en los días que no realiza la travesía de viernes, sábados y domingos hacia el Centro Histórico.

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