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Martes , 23.10.2018 / 18:10 Hoy

Crónicas urbanas

Peripecias de un discapacitado

Humberto Ríos Navarrete

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Hace nueve años, después de sufrir un accidente automovilístico y una cirugía equivocada en el tórax —“pensaron que era estallamiento de vísceras”—, Alfredo Jiménez Martínez, ahora de 46 años, supo que a partir de aquel instante su existencia daría un vuelco total, pues un paramédico le había notificado una dolorosa noticia:

—Ya no vas a poder caminar.

Quizás se podría pensar que era una advertencia inoportuna, pero logró amortiguar el golpe, esta vez moral, pues le ayudaría a iniciar el reto.

Era el principio de lo que enfrenta toda una comunidad, a la que él se integraría luego de que un camión de pasajeros golpeara la parte trasera de su auto.

Después de una segunda intervención quirúrgica, ésta en la columna vertebral, estuvo seis meses en rehabilitación y se adaptó a una nueva realidad, que también incluía una serie de obstáculos, aunque, como dice ahora, “siempre hay lugares peores”.

Y ya le sucedió.

Un día del año 2015, recuerda, dejó su auto, un sedán, en la zona de discapacitados de una sucursal bancaria, situada sobre la avenida Gustavo Baz, en Tlalnepantla, Estado de México, y al regresar halló un carro Mercedes Benz muy cerca del suyo, lo que dificultaba maniobrar su silla de ruedas para poderse subir.

—Qué le pasa, por qué no respeta los espacios —preguntó.

—No me estés molestando —respondió el aludido y alardeó—; y me voy a mover cuando yo quiera.

La respuesta, por supuesto, no le gustó a Jiménez, quien endureció su exigencia, pero lo que hizo el otro fue abrir la portezuela del Mercedes y sacar una pistola, para luego soltarle a bocajarro:

—Dale gracias a Dios que estás inválido; si no, te rompería tu pinche madre.

El hombre de la silla de ruedas, temeroso, guardó silencio y empezó a temblar.

Esa mala experiencia, la más extrema, quedaba atrás; otras, en cambio, son las personas acomedidas, pero que no saben cómo ayudar, por lo que a veces resulta contraproducente, pues un movimiento brusco puede lastimar.

Lo que exige Jiménez es una infraestructura urbana adecuada para el desplazamiento de discapacitados, y desdeña el paternalismo oficial, pues dice que los gobernantes piensan que una mínima ayuda económica resolverá el problema.

Entonces, refiriéndose a esa política gubernamental, ironiza: “Te doy tus 800 pesos mensuales y me olvido de ti y no me estés molestando”.

***

El accidente de Jiménez ocurrió un 9 de febrero de hace nueve años, cuando iba en su auto: un camión de pasajeros golpeó la parte de atrás y se estrelló contra una barra de contención; esto le hizo perder el conocimiento, mismo que recobró al ser rescatado por bomberos; una ambulancia lo llevó al Hospital de Urgencias de La Villa, donde, “de a gratis”, le hicieron una cirugía en el tórax; tres días después fue trasladado al Magdalena de las Salinas y ahí lo operaron de la columna vertebral.

Más tarde fue trasladado al Instituto Nacional de Rehabilitación y empezó su recuperación. “Afortunadamente, estando todavía en el hospital, me mandaron a decir que tenía mi trabajo garantizado”, recuerda, “y entonces me sentí listo para ir a trabajar; además, conocí una fundación que se llama Vida Independiente”.

—Y qué pasó.

—En una semana aprendí muchas cosas y vi a muchas personas que estaban en mi misma situación. Esto me ayudó. Tuve el privilegio de no encerrarme en mi casa, como la mayoría lo hace, y caer en depresión. Tuve suerte en ese aspecto. O sea, rápido contacté a la fundación y regresé a trabajar, y no me permití mucho el deprimirme.

Y ahí empieza una nueva vida, pero topa con problemas, en general, como la carencia de infraestructura para discapacitados; en contraste, en zonas como Paseo de la Reforma, sí hay rampas; “pero de ahí en fuera, nada”, comenta, mientras se desplaza en silla de ruedas y experimenta las diferencias, sin ir lejos: de Reforma a Balderas, ésta con banquetas carcomidas y copada por comercio ambulante.

El otro problema son los automovilistas que se estacionan en lugares exclusivos para discapacitados. “Te dicen: son cinco minutos, pero cinco minutos para una persona con discapacidad es muchísimo”.

—¿Hay una diferencia entre la zona conurbada y Ciudad de México?

—Allá ni siquiera hay rampas; aquí, en algunos lugares, están bien; en otros están muy mal hechas, pues no siguen los lineamientos de la ONU para personas con discapacidad. La hacen ahí porque “hay que cumplir”.

Y para demostrarlo se desliza sobre banquetas deterioradas y entre puestos ambulantes donde los propios peatones esquivan armazones de láminas, tablas, rejas y más puestos de mercancía. Llega el momento en que trata de subir una empinada rampa sobre la que apenas cabe; pero es imposible, hasta que un hombre piadoso, después de observar arriesgadas maniobras, decide ayudarlo.

***

—¿Qué porcentaje de la población no respeta a las personas con discapacidad?

—Podríamos hablar de 80 por ciento. Sí, hay gente que es muy consciente. De hecho, me ha tocado gente que se enoja y le dicen a otras: “Oye, estás ocupando un lugar que no es para ti”. Pero son los menos. La mayoría que tiene conciencia es porque tienen un familiar con discapacidad o porque ellos tienen una discapacidad.

—¿Lo mejor serían zonas exclusivas?

—No, porque sería como separarnos. Debe haber conciencia y una ciudad inclusiva en todos los aspectos, porque muchas cosas enfrentan las personas con discapacidad. Por ejemplo, quiero estudiar, pero las escuelas no están adaptadas; quiero ir al cine y te mandan hasta el asiento de adelante.

—Y mejor no salen.

—Muchas de las personas con discapacidad se quedan encerradas en su casa porque la vida afuera no es amigable; otros decidimos tomar el toro por los cuernos y vamos a vivir y vamos a salir, no importa que nos caigamos...

—El problema es sociedad y gobierno.

—Es un círculo vicioso: gobiernos y sociedad en general, pero también las personas con discapacidad, porque si no salimos y nos quedamos encerrados porque la ciudad no es adaptada, entonces los gobiernos dicen: “Para qué adapto, si no veo personas con discapacidad en la calles”, ¿no?, y las personas con discapacidad dicen: “No salgo porque no está adaptado”. Hay, obviamente, personas con discapacidades que sí deben tener la ayuda, a lo mejor una cuadriplejía muy alta o con discapacidades intelectuales. El problema del paternalismo es que hay gente que porque le amputan el meñique quiere que lo mantenga el gobierno. Eso es ridículo. Hay gente que camina, pero lo hace prácticamente arrastrando los pies porque no pueden doblar las rodillas, y un centímetro en la banqueta es mucho, es mucho para él, o sea, es un precipicio.

Y allá va Alfredo, editor de MILENIO Televisión, quien exige un entorno digno para poder transitar, además de pedir respeto para miles de personas que, como él, se desplazan por diversos sitios de la ciudad y del territorio nacional.

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