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Crónicas urbanas

Miss Meche en la expo Arte-Objeto

Humberto Ríos Navarrete

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La intención es hacer visibles a estas mujeres que, por escrito y en forma gráfica, narran sus historias para que el resto de la sociedad conozca sus vidas. La mayoría, muy jóvenes en sus inicios, fue obligada a prostituirse. Entonces se quedaron en La Merced, sin salir de ese entorno donde todavía ejercen el oficio, no obstante sus edades.

En la exposición Arte-Objeto narran sus vidas desde la niñez y el ingreso a la zona de prostitución, esto debido a varias circunstancias, sobre todo la trata y la extrema pobreza; también los caminos de su reivindicación, su cotidianidad y el entorno, lo que les ha permitido “ser libres y seguras como trabajadoras sexuales”, dicen los promotores.

Sonia Vicenta tiene 65 años de edad. En su texto dice que hace bordados para olvidarse de los problemas, pues la maltrataba su esposo, quien, además de no darle dinero, la mordía, la insultaba, la pateaba. “Dos veces perdí a mis hijos; me los sacó de dos patadas en el estómago”, dice, “pero él ya está muerto, tiene 14 años de fallecido, y yo soy muy feliz ahorita”.

La mujer, cuya obra tituló “Armonía en el ambiente”, procreó cuatro hijos, a quienes ayudó en sus estudios, “al menos para que se defiendan, porque algo es algo”. La madre siempre busca alimento para los hijos, agrega en su texto, en el que describe el material que usa:

“La servilleta de manta la hice porque me gusta el bordado, el color verde me gusta bastante, lo verde me encanta, veo hilos y ya me hallé con ellos; si es posible puedo estar pintando, bordando, tejiendo, estudiando mis libros, ahí metida en mi casa, pero hay que comer”.

Cursa la primaria con ayuda del INEA. “Me gustan mis libros, me gusta ser feliz”, agrega Vicenta, quien siente “bonito” de participar en Miss Meche, organizada por la asociación civil Brigada Callejera, y recuerda que en 1971 inició en el oficio, “desde que mi niña la mayor tenía seis meses”.

Pide respeto a hombres y mujeres, “porque nos agreden y nos insultan; yo no hago nada malo ni vergonzoso; simplemente estoy haciendo un servicio”.

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La tercera edición de Miss Meche fue montada en instalaciones de la UNAM. Cada año, además, las autoras participan en actividades de esparcimiento y reflexión sobre sus vidas de niñas y en la adolescencia, “ya que muchas de ellas vivieron abuso sexual, violencia y abandono”, explica Arlen Palestina Pandal Madrid.

Pandal, asesora jurídica de Brigada Callejera de Apoyo a la Mujer, recuerda que en 2006 y 2007 fueron los primeros años del proyecto Miss Meche, del que es creadora y surgió, dice, con el propósito de diseñar trajes típicos de los pueblos de donde muchas de las expositoras son oriundas o fueron robadas; pero en 2018 dio un giro hacia la creatividad.

Licenciada en Derecho Administrativo por la UNAM, con diplomados en Sistema Penal y Derechos Humanos, explica que las obras de cada autora, de edades que van de 32 a 66 años, reflejan “la búsqueda de su felicidad, aun con la presión de sus historias de niñas y adolescentes”.

Para ella “es fundamental” que en el acompañamiento jurídico puedan hablar de sus temas sobre abuso sexual, trata de personas, violencia familiar y denuncias a traficantes de una forma distinta e imaginativa.

En algunos trabajos presentados en la exposición se usó incluso basura y materiales que ya no utilizaban en sus casas.

“Trabajar en la zona de La Merced genera estrés, angustia y violencia para una población que no es comprendida, respetada ni valorada, por lo que se busca que las formas de relajación sean con un proceso lúdico que permita hablar sobre sus problemas”, opina Pandal.

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Mérida, quien llegó muy joven de Morelos, tituló su trabajo “Mi vida detrás de las esquinas”.

Para su obra usó una cortina vieja, dos palos, una mamila de cerámica, trozos de cartulina, hasta “una media que pinté de color rojo, la cual representa a mujeres que murieron cuando eran violadas y a las compañeras muertas; por las que han sido golpeadas por sus padrotes; y por mí, que recordé esas ocasiones donde me vi ante clientes que quisieron matarme”.

Es de las sobrevivientes, pues no solo fue traída con engaños de su pueblo, sino que a los 23 años la subían “a la panel con 12 granaderos”, quienes la obligaban “a tener sexo varias veces y me violaban sin protección y me bajaban en cualquier calle; lloraba y les tenía miedo; y una vez me fui a quejar con las autoridades de la Venustiano Carranza, pero no procedió mi queja porque decían que yo era una viciosa y mugrosa”.

Han pasado los años.

Mérida estudia en sus ratos libres y es promotora de salud de Brigada Callejera, donde aprendió a realizar pruebas de VIH-sida.

“Me declaro trabajadora no asalariada y estoy cansada de los robos, desde el hotelero, el patrullero y la delincuencia que nos exige pago de piso”.

Su compañera Aoki es autora de “La vida de una trabajadora sexual a mil por hora”. Hizo una estrella con siete picos, “los cuales no están terminados porque mi vida continúa”. En la obra describe su niñez y recuerda a su abuelita —“la quiero como mi segunda madre”— en el campo, bajando del monte; de su mejor amigo del kínder, y de lo más terrible:

“Puse un pedacito de calzoncito con sangre, que representa cuando el primo hermano de mi papá me violó a los tres años; una donde se estaba vistiendo después de abusar de mí; un atrapa-sueños que representa a mi primer amor, antes de que mis papás me trajeran a vivir a México, antes de cumplir siete años”.

Otras pesadillas: “Una foto donde mi tío se está inyectando su mugrosa droga, una donde mis primos se están drogando...”

Y los buenos recuerdos: “Una foto donde estamos la familia de parte de mi papá en el Templo Mayor; otra donde la más chica de mis hermanas y yo nos disfrazamos en Día de Muertos; una donde estoy en una familia feliz y así me hubiera gustado tener la mía, unida”.

En otro “pico” agradece el apoyo de los integrantes de Brigada Callejera, incluido de Tako, que les imparte clases; Patito, porque hace pruebas de VIH; Elvira, porque las apoya cuando tienen problemas familiares; Jaime, porque explica lo que no entienden; y Arlen, “la licenciada que en cualquier pedo nos apoya sin ningún costo...”

El trabajo sexual, escribe, es una fuente de trabajo, “ya que he sacado a mis hijos adelante económica, física y moralmente; no me gusta tener padrotes; y ahora que se está cobrando piso, “no les pienso dar”.

Y así, todas describen el suplicio desde niñas; algunas, violadas por parientes o golpeadas por esposos, como el que además pretendía obligar a sus hijos a que robaran y entonces ella tuvo que huir, hasta recalar en La Merced, donde cayó en una telaraña de padrotes y madrotas.

Solo una, Mari, con su obra titulada “Pornografía”, dice que nadie la obligó a prostituirse y que solo unidas las mujeres serán más fuertes.

“Desde los 23 años —confirma— soy trabajadora sexual por invitación de una amiga y porque me gustó ganar dinero y sacar a mis hijos adelante y darles una carrera”.

Y reflexiona: “La sexualidad es bonita porque somos seres humanos y nuestro cuerpo nos pide tener sexo y reproducirnos sanamente, pero lo que no es correcto es hacer daño como lo hacen los tratantes de personas”.

Eso sí, remata, “quiero decirles que tengan conciencia y que no permitan que se abuse de mujeres ni de niños. Hay que combatir la trata y la pornografía infantil”.

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