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Viernes , 21.09.2018 / 09:26 Hoy

Crónicas urbanas

La danza que surgió del temblor

Humberto Ríos Navarrete

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En algunas partes de la ciudad habían percibido el temblor tempranero del 19 de septiembre de 1985, aunque no con la misma intensidad que sacudía el corazón de la urbe y zonas aledañas, como las colonias Roma y Condesa, donde los edificios se resquebrajaban mientras sus habitantes sentían eternas vibraciones, acompañadas del susto, el dolor y en muchos casos el arribo de la muerte.

Ligeras réplicas sucedieron a lo largo del día, pero la segunda más fuerte ocurrió por la tarde-noche del 20, como si la naturaleza hubiera acumulado energía para dar el tiro de gracia a una metrópoli ya mutilada. La fuerza de la solidaridad, en forma paralela, había emergido y, ante una autoridad paralizada, se extendía en zonas del desastre que parecían las de una ciudad bombardeada.

Y surgiría la danza.

Arte y ayuda hermanados.

Pero antes...

***

Era temprano y había que caminar, pero primero escuchar las noticias de la radio, como las emitidas por Héctor Martínez Serrano, quien informaba a sus radioescuchas, desde la XEW, que la tierra temblaba, al mismo tiempo que invitaba a mantener la calma, pues todo iba a pasar, decía, y pedía tranquilidad.

A lo lejos se escuchaba el eco de patrullas y ambulancias. En calles alejadas del Centro había tráfago normal, pero algunas empresas suspenderían labores. Lo mismo pasó en las escuelas. La radio seguía informando sobre el terremoto, ocurrido a las 7:19 horas, cuyas dimensiones, en la lejanía, nadie imaginaba.

El terror de los tres minutos se prolongaba. Un lapso que había juntado desgracias. En otros lados solo era el eco que aumentaba mientras avanzaba el día, pues algunos se aproximaron a esa franja de la desgracia y miraron más allá, delimitadas por zonas de escombros y policías; luego, la solidaridad.

¿Era jueves?

El tiempo es borroso.

Solo se agolpan imágenes de bloques de cemento armado y edificios que simulan mazapanes o acordeones aplastados. Humo y polvo que emergen del Centro de la ciudad y en orillas de avenida Insurgentes, parte de la colonia Morelos y más allá, por Tlatelolco, y más acá, girando, otra vez por Insurgentes, hacia el sur, hasta la Roma y Condesa.

Cemento hecho polvo, madera rota, cascajo amontonado. Un oscuro escenario que durante años se convertiría en eterno y macabro recuerdo de muros astillados. Algunos sobrevivientes, expulsados por el miedo, malbaratarían propiedades, pero esa misma parte emergería de las ruinas, lenta, encarecida y presumida.

Y aquí vas, con el huelgo en vilo, el recuerdo atorado y la mirada sobre fierros retorcidos, escombros de marquesinas, letreros de hoteles que salieron en viejas películas, pedazos de cines y restos de centros nocturnos donde bailaron mujeres exuberantes que solo veías en fotos de marquesinas diurnas, ya apagadas.

Y luego la solidaridad.

Piedra por piedra, de mano en mano, o bajando heridos, muchachas, hombres y niños con vestimenta pulcra o indumentaria humilde, oficinistas, obreros, no importaba, todos mezclados, con las manos en alto, ofreciendo ayuda, en auxilio de camilleros, en el acarreo de agua, o trepados en pedazos de muros, con alimentos.

Y la ayuda se extendía, sin importar el fétido olor que flotaba de entre escombros, y surgirían grupos de rescate que se coordinaban con bomberos o la propia gente, y entonces, poco a poco, se acuñó el término de "sociedad civil", que germinaba sobre banquetas, bajo campamentos, y también surgieron actividades culturales, como lectura de poesía en parques públicos y danza en la calle.

***

Una de las organizaciones que surgió como consecuencia de aquellos terremotos fue la Unión de Vecinos y Damnificados, con domicilio en la colonia Roma, donde, desde entonces, realizan actividades políticas y culturales.

Y ahí mismo surgió la danza callejera, reunida en grupos, cuyos integrantes desplegaron sus cuerpos como un aliciente para los damnificados y transeúntes, pues ofrecían su coreografía en campamentos y la propia calle.

La intención también era homenajear a los ausentes, muertos durante los sismos, como dice Jorge Izquierdo, quien participó en el grupo de danza Barro Rojo y registró con su cámara aquellos momentos, en actividades posteriores.

El grupo de danza contemporánea, que venía de 1982, había ganado el Premio Nacional de Bellas Artes, dice Izquierdo, quien recuerda:

"Llega el temblor, nos sacude a todos y empieza el movimiento, la solidaridad y nos encontramos con una invitación que nos hace la Unión de Vecinos y Damnificados (UV y D), y empezamos a organizar el primer encuentro callejero de danza contemporánea, que se hace en las calles de Córdoba y Chiapas, donde había un campamento, y también organizamos una exposición de fotografía en la calle".

—¿Y qué decía la gente?

—Lo más fabuloso es que la gente compartió esa entrega de los bailarines hacia los damnificados. Participaron 16 grupos de Jalapa, de Morelia, de Guanajuato, de El Salvador. La convivencia era tal que los vecinos nos ofrecían su casa y nos daban de merendar, nos daban el atole, el tamal, cualquier cosa.

—La solidaridad brotó.

—Sí, sacaban sus mesas y nos daban de comer en el patio o afuera. Lo interesante es ver cómo esos eventos detonan en la participación de jóvenes y se interesan por la danza. Esos grupos que surgieron en los callejeros son los que ahora representan a México a escala internacional —dice Izquierdo, director de la galería Frida Kahlo, ubicada en el domicilio de la UV y D 19 de Septiembre, de la que es uno de los fundadores.

Y están aquellos para quienes la danza callejera sirvió de aprendizaje, como Víctor Hugo Reyes, quien se preparó en escuelas oficiales y volvió como profesional. Los encuentros de danza, organizados por la UV y D, recuerda, "eran una gran fiesta que duraba dos días; había programación desde la mañana hasta las ocho de la noche. Era una efervescencia de bailarines, de coreógrafos, de obras, de públicos".

Después estudiaría en la FES Acatlán y el Instituto Nacional de Bellas Artes, donde aprendió danza contemporánea. Practicó en el Zócalo, Tepito, Tlatelolco, las colonias Roma y Doctores y plaza La Aguilita, en La Merced.

—¿Qué recuerdas de los sismos y la relación con este brote artístico?

—Fue un momento muy importante para todos, porque nos sacudió y surgió la solidaridad. Yo vivía en la calle de Zacatecas y vine a ayudar. De hecho aquí me tocó el segundo sismo, el del 20 de septiembre; fue terrible sentir cómo caían marquesinas y vidrios de otros edificios. Todos nos movilizamos y ayudamos. Yo estaba incursionando en las artes escénicas. Los damnificados, al ver la danza y a los bailarines, despejaban su mente de todo lo devastado. Era un contraste muy interesante pero benéfico, como que daba aire.

Y los coreógrafos desplegaron su plasticidad en zonas afectadas, donde la ayuda y admiración, entre escombros, se hizo presente.

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