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Sábado , 26.05.2018 / 05:18 Hoy

Crónicas urbanas

Internet mata imprenta

Humberto Ríos Navarrete

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La imprenta Gómez, que empezó a funcionar en los años cuarenta, era propiedad del abuelo Carlos, quien la heredó a sus hijos y nietos, cuyo tesón la hizo florecer durante más de medio siglo, pero vendría el lento desplome, como ha ocurrido con similares negocios en la Anáhuac, conocida como la “colonia de impresoras”.

El señor Carlos Gómez López había sido impresor en el Colegio Salesiano, del que salió para fundar su propio negocio, donde imprimió desde periódicos independientes, hasta folletos, revistas y libros de poemas, con la ayuda de Carlos y Emanuel, dos de sus seis hijos. Tres hombres y tres mujeres.

Pero Carlos murió y Emanuel se hizo cargo de la imprenta. Sus hijos ayudaban al padre; uno de ellos, Rolando, creció, se casó y heredó el negocio; y sus retoños repitieron la tradición: todos los días, cuando salían de la escuela, ayudaban al padre, además de los empleados que tenía.

Transcurrían los años y la estafeta era pasada entre descendientes de la familia Gómez. El negocio, asimismo, también era visto como alternativa en el rumbo, pues vecinos llevaban a sus hijos para que aprendieran el oficio, ya que no querían ir a la escuela primaria o secundaria. Según.

Y creció la industria.

—Había para todos —recuerda Rolando, quien dice que durante un tiempo la imprenta se llamó editorial El Tlacuilo.

—Era el auge…

—Sí, había mucho trabajo; tanto, que mi padre nos compró carros a los seis hermanos y a un primo —recuerda.

—Y llegó otro boom.

—Sí, porque se exige a los contribuyentes imprimir las cédulas en la papelería fiscal. Teníamos cuatro máquinas.

—Pero se acabó la tradición.

—Sí, se la llevó la tecnología.

***

En el taller de los Gómez quedan dos máquinas impresoras, de cuatro que tenían, pero sin ninguna función.

Rolando describe las que había:

—Dos de offset y dos chandler: para hacer folio y otro tipo de cosas; y de imprimir libros y revistas, nos pasamos a imprimir papelería fiscal, porque de repente toda la gente necesitó emitir comprobantes; a partir de 1985, se podría decir, se hizo obligatorio, ya que todo mundo facturaba. Eso se nos hizo muy bueno para nosotros. En esos años la imprenta creció y cambiamos, por decirlo así, de rango.

—¿Y adaptan la maquinaria?

—Sí, adaptamos unas y cambiamos otras, porque ya eran otras exigencias.

—Y había competencia.

—La mayoría de las imprentas vieron que sí era negocio y empezaron a trabajar sobre la papelería, ahora sí que cada ciudadano era un cliente porque todos tenían que demostrar sus gastos, todos tenían que declarar, todos tenían que entregar un recibo y tenían que ir certificados o avalados por su identificación, que iba impresa en la factura; y se conservó parejo desde 1988 hasta 2012…

—¿A partir de qué año decae?

—Habrá sido de 1996, 1998…

—¿En qué porcentaje cae el trabajo?

—En ese tiempo en 50 por ciento; pero ya en 2013 cuando se nos acaba todo porque entra la factura electrónica; eso se lleva a todos los clientes, porque la materia prima de la imprenta es el papel, y al ya no haber impresión de papel, se acabó, se nos acabó el trabajo, ahí si en 90 por ciento.

—¿Cuántas facturas hacían?

—Las empresas nos pedían entre mil, 2 mil facturas, y los que eran independientes, los pequeños negocios, nos pedían de a 500, de a 300, había gente que vivía con 100 facturitas, pero eran cada mes o cada tres meses.

—¿Entonces el negocio se viene abajo y ustedes venden dos máquinas?

—Eran máquinas de offset, o sea, las máquinas litográficas, ¿no?, podíamos hacer cualquier cosa en esas máquinas.

***

También otras imprentas sufren los embates, como efecto de la revolución tecnológica, reflexiona Rolando Gómez en su antiguo taller, donde hay dos máquinas impresoras que hace tiempo costaron 25 mil pesos.

—Hay dos máquinas que no ocupan.

—Son máquinas que se están quedando, ya nadie las quiere, están para museo, están para colección, más que para trabajar. Habrá quien pueda, que las pueda usar y que las esté usando por ahí.

—¿Cuánto costaron?

—Cuando estaban trabajando costaron alrededor de 25 mil pesos; ahora no salen ni por 5 mil, menos de 5 mil pesos no se las quieren llevar.

—Pero tiene una guillotina.

—Esa es la única que usamos más seguido. Es la que nos echa la mano. Es la más antigua. También es como de 1940, obviamente arreglada. La compró el abuelo, quien nos decía muy clarito: “esa la compré en mil pesos oro, en 1940”. Es una máquina antiquísima, pero como es tan manual, por eso la podemos usar.

— ¿Cuántos trabajaban aquí?

—En mi época llegamos a ser cinco personas; después, cuatro, luego quedamos tres y ya nada más me quedé yo, porque ya no hay trabajo. Entonces tuvimos que dar de baja a las personas que nos echaban la mano.

—¿Y las otras imprentas?

—Muchas de aquí de la colonia también han tenido que cerrar. Pienso que este tipo de imprenta está destinada a desaparecer, más que nada por el papel, porque todo está en internet y no necesita papel; pero no tenemos que voltear para atrás, sino echar el ojo adelante, sin olvidar lo que nos dejó el abuelo, lo que nos dejó mi papá, y no podemos hacer más que recordar y seguirle adelante.

***

—¿Solo quedan los recuerdos?

El señor Gómez sonríe.

—Como decía mi padre, que era corrector de estilo: “Hay que aguantar estoicamente la situación”.

Su padre Emanuel murió hace dos años, a punto de cumplir los 95; había nacido en 1918 —recuerda Rolando Gómez—, dos años después de que se registrara la primera imprenta: 24 de diciembre de 1916.

Y con él se fue una época.

Desde hace medio año la familia Gómez, después de una tradición de poco más de seis décadas, busca nuevos horizontes y va por buen camino.

De la pared cuelga un letrero en letras cursivas:

Esta es una imprenta, encrucijada de la civilización, refugio de todas las artes, contra los estragos del tiempo, armadura de la verdad, contra las insidias de la murmuración, clarín incesante del comercio.

Desde este lugar vuelan al mundo las palabras, no para desvanecerse, como las ondas del sonido, ni para variar como el pulso del escritor, sino para quedar fijas eternamente una vez verificadas y corregidas.

Está usted, amigo, en terreno sagrado.

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