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Viernes , 22.06.2018 / 15:09 Hoy

Crónicas urbanas

Entre "coyotes" y falsificadores

Humberto Ríos Navarrete

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Algunos de los futuros clientes saben que el servicio es ilegal, pues quienes lo ofrecen no tienen permiso para emitir documentos oficiales; otros, candorosos, caerán en la inevitable trampa de coyotes.

Y ahí andan, a la caza, la voz baja, el bisbiseo, la saliva de sus comisuras, el dedo índice hacia el rostro o el pecho de usuarios. Sin inmutarse por el fastidio que provocan. Es el acoso.

—¿Qué quiere?

—Nada-nada.

—Lo que guste.

—No, gracias.

—¿Patrón, señorita, señito?

Y atajan y rebasan, hasta que el perseguido responde a bocajarro; ah, pero si perciben un titubeo, allá va la manada, cual moscas o abejas al panal, tras las hipotéticas presas, que alargan sus pasos para salir de la plaza.

También hay mujeres en este antiguo oficio de ofrecer documentos apócrifos, algunas de ellas algo toscas y otras encantadoras, como una que luce lentes de diva, sonrisa en labios carmesí y vestido untado desde las clavículas hasta abajo de las rodillas.

La policía ha realizado esporádicas redadas en respuesta a quejas y se llevan a los presuntos, que regresan.

Algunas de estas personas, denominadas coyotes, viven en la Doctores, y a veces aluden a su arraigo en la colonia como una advertencia, más que por orgullo: una alusión al terror.

Lo sabe un individuo que simula encarnar el antídoto a ese ambiente mientras alarga los pasos y parte plaza, luego de salir del Registro Civil, sobre avenida Arcos de Belén, colonia Doctores; trae en su derecha un manojo de actas de nacimiento que atenaza con los dedos.

De traje azul pálido y camisa blanca, el hombre hace gala de un bigotito estilo John Waters; el cabello, corto, untado al cráneo en forma de jícara. Va tras él un sujeto de complexión delgada, desaliñado, bolsita sobaquera. Ambos gesticulan.

El del bigotito enfila hacia una camioneta tipo Ranger, chofer al volante, y arroja el fajo de papeles en el asiento y emite un guiño a su ayudante, quien deja escapar una sonrisilla. Debe estar acostumbrado a las faramallas del patrón.

Mira hacia todos lados, como buscando algo, y, rígidos los músculos, cruza la avenida a zancadas luego de esquivar carros que vienen de La Merced, y manotea frente a un agente de Tránsito.

Este presunto abogado, el del bigotito, manotea frente al agente, quien acepta acompañarlo a la plaza, donde espera el de la bolsita sobaquera, quien, de vaho etílico y tambaleante, lo encara.

—De qué me acusas, pendejo.

—De qué lo acusa... —pregunta el agente.

El del bigotito, quien rehúye la mirada del supuesto acusado, voltea hacia otro lado de la calle y lanza:

—Me robó 500 pesos...

—Fíjate lo que dices, pendejo —dice el de la bolsita sobaquera—, porque yo ni siquiera te conozco, y me lo tienes que comprobar frente al Ministerio Público, porque si no, te acuso de falsas declaraciones.

—Espera a que llegue la patrulla —dice el agente.

—Pinche abogadillo, ni siquiera boleas tus zapatos —suelta el de la sobaquera mientras señala hacia abajo y, la verdad, tiene razón, pues los cacles del otro están polvosos.

—Me robó 500 pesos —insiste el del bigotito.

—Nomás acuérdate de que estás en la Doctores, cabrón, y ya sabes cómo somos, pinche abogadito payaso...

De pronto se esfuma el pleito entre el presunto coyote, quien amenaza al supuesto jurista, que, escudado en un prudente agente de Tránsito, aborda su camioneta y echa una despectiva mirada.

Y atrás quedan las estampas de un mundo subterráneo que está a flor de asfalto. Es solo una parte de lo que sucede frente al Registro Civil de Ciudad de México desde hace décadas.

Es un escenario similar a lo que ocurre, también desde hace tiempo en la Plaza de Santo Domingo, frente a los Portales de los Evangelistas, Centro Histórico, en cuyos alrededores ofrecen elaborar títulos de diversas profesiones, facturas y notas de remisión apócrifos.

***

Están en la explanada del Registro Civil de Ciudad de México, en Avenida Arcos de Belén, colonia Doctores. Dispersos o reunidos. Son mujeres y hombres. Atajan e inquieren a usuarios que llegan o se van.

—Qué trámite, bonita, pregunte —dice la mujer.

—Qué solicita, de dónde es su acta
—pregunta otro.

—¿Una acta o alguna corrección, caballero?

Ninguno trae gafetes que los identifique como empleados. Están próximos a la entrada del Registro Civil, con ventanillas en las que anuncian “actas foráneas”, “corrección de extractos”, “entrega y búsqueda de constancias”, entre otros servicios.

Los usuarios salen del edificio y son seguidos por los de afuera; algunos aquí, otros más allá y otros tantos sobre la avenida.

Alrededor de un mostrador de madera, en medio del pasillo central, empleados del Registro Civil aclaran dudas.

—Disculpe, viene un familiar por un acta foránea, pero allá afuera ofrecen... —pregunta una señora.

—Allá nada es legal, son coyotes; solo de la puerta para acá puede hacer sus trámites —responde el empleado.

Y así es, pero no hay letrero que prevenga de la manada, dispuesta para atrapar incautos; a no ser que haya quienes vengan con la idea de buscar a quienes tienen copado el Registro Civil.

Porque siempre caerá alguien.

Un escenario parecido está rumbo al Zócalo, hasta llegar a la calle República de Brasil, que desemboca en la Plaza de Santo Domingo, frente al edificio de la Secretaría de Educación Pública.

***

Desde hace mucho algo similar al Registro Civil se desarrolla en calles aledañas a la Plaza de Santo Domingo: también hablan en voz baja para ofrecer certificados de estudios y más. Están dispersos o en parejas. Replegados en muros. La mayoría son hombres.

—¿Qué desea, caballero: notas de remisión, facturas, volantes?

—¿Qué necesitaba, damita? Pregunte y le damos precios.

—Qué necesita, dígame, qué necesita.

Una mujer, acompañada de un perro de ancha mandíbula, camina en los portales. El animal gruñe. Ella finge apaciguarlo.

—¿Muerde?

—Solo a los extraños —dice y chupa un cigarro.

—Pues debería amarrarlo.

—Solo ataca a extraños.

El ritmo de una guaracha cubana sale de una bocina que pende de una caseta. Hay indicios de fiesta.

—Jefe, pregunte qué necesita, lo que se le ofrezca.

Y más allá, entre Donceles y Brasil, camuflados entre aparadores de vestidos para quinceañeras, ya cerca del Zócalo, el bisbiseo.

—¿Necesita facturas, qué desea?

—Patrón, patrón, qué buscaba.

Pero todo esto ya fue rebasado, asegura un experimentado contador, quien dice que a partir de 2017 solo se aceptan las denominadas facturas electrónicas de formato 3.3.

—¿Y por qué esta gente lo hace?

—Porque siguen estafando a incautos; solo que ofrezcan facturas electrónicas, pero serán apócrifas, porque nunca pasarán el filtro de verificación del Sistema de Administración Tributaria.

Es una parte del Centro Histórico, donde taxistas imponen tarifas exorbitantes, como sucede en la esquina de Brasil y Tacuba.

—¿Taxi? —pregunta una mujer.

—¿A dónde?

—A Garibaldi.

—Cien pesos.

La solicitante del servicio, acompañada de una amiga, hace muecas de enfado y vuelve a correr en busca de otro taxi que la lleve por un precio justo a la cercana Plaza Garibaldi.

Desde una zona en la que nunca falta el organillero que repite una triste canción mientras su camarada capotea al transeúnte con una cachucha, tras sonreír y soltar: “Caballero, ¿gusta cooperar para que no se acabe la tradición?”

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