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Martes , 16.10.2018 / 23:26 Hoy

Crónicas urbanas

El restaurador que moldea poesía

Humberto Ríos Navarrete

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El primer trabajo de Jesús Rodríguez, allá por los años 70, fue en una mueblería de la calle Aztecas, barrio de Tepito, donde observaba la forma en que el dueño del negocio, Sergio Godínez, restauraba muebles que llegaban casi deshechos. La pericia de su patrón lo dejaba pasmado, pues en un día las piezas quedaban como nuevas.

El joven aprendió el oficio y se fue a trabajar al bazar La Bola, en la misma zona, e hizo lo que bien había aprendido con Godínez: restaurar muebles, en especial de los años 40 y 50. Con el paso de los años se le clavó una idea: aquí no hay nada más que aprender. Entonces emigró al mercado de las antigüedades, de modo que su inmersión en ese mundillo fue de lleno y con entusiasmo.

Esa experiencia le afinó el pulso. Era lo suyo. Y lo confirmó cuando encontraba cosas, algunas apolilladas, que otros tiraban a la basura. La primera pieza, hecha con algo de aquí y de allá, la tituló “Mi abuelo”. Era una máquina de reloj alargada, con la espiral un poco suelta; de brazos colocó tenedores; de cabeza, un mango; y en el rostro le puso cuatro ojos, en lugar de dos, lo que causó curiosidad.

—¿Porqué cuatro ojos? —preguntaban.

—Porque es el abuelo y el papá.

—¿Y los cuernitos?

—Pues más sabe el diablo por viejo…

Moldeaba objetos y seguía restaurando; pero en 2004, de manera sorpresiva, llegó la ruptura matrimonial. Fue un severo golpe. Sintió que le caía el mundo encima. El hombre frisaba los 50 años. Y por su cabeza varias veces bailó una pregunta que le quitaba el sueño: ¿qué hago?

Y recordó que en esos trances algunos resuelven darse un balazo, pues aman demasiado a la mujer; otros —continuó en su meditación— se tiran al vicio; pero de pronto fue atravesado por una frase que decía su abuelita, la mujer que lo crió: “Ni de ratero ni de limosnero, cabrón; no se debe de hacer nada de eso”.

Entonces buscó refugio en los libros, y en eso andaba cuando topó con la poesía de Miguel Hernández, cuyos versos hablaban del sufrimiento. El poeta español, recordaría Jesús Rodríguez, “era una persona que quiso tener una patria libre; una familia hermosa, vivir en un lugar hermoso, porque él era un pastor”.

El dolor lo seguía, y por eso reflexionaba: “Cuando pierdes todo, casi siempre nadie se acuerda del principio, igual que en las películas, igual que un discurso”, y decide hacerle un homenaje a Miguel Hernández, “que murió con los ojos tremendamente abiertos, desmesurados”.

—Y de ahí viene una obra…

—Sí, una obra que me encanta mucho. La primera pieza dice: “Primero le quitaron su cielo y su libertad y solo le dejaron la palabra”; la segunda dice: “Le quitaron su amor y su sol, y solo le dejaron mañanas terriblemente frías que le hacían temblar el corazón”. Y la tercer pieza dice: “Él creía que la patria le daría justicia y libertad y solo le dejó un pensamiento: la patria mata a sus héroes”.

El hombre ya conocía a Efraín Huerta. Un amigo suyo se lo había presentado —a través de su poesía—, cuando Jesús Rodríguez andaba en la cresta del dolor y a punto de echarse a la perdición. El primer poema lo sacudió.

***

La separación de su esposa lo llevó a embriagarse con amigos; pero Rodríguez dejó de hacerlo con frecuencia y le hincó el diente a la poesía, después de escuchar la recomendación de un amigo librero, quien le preguntó:

—¿No has oído “La muchacha ebria”?

—No, no la he leído —respondió.

Y aquél replicó:

—Estás bien güey.

Rodríguez preguntó:

—¿Y cómo va?

—No lo sé, pero está ahí en el libro Transa poética, que es éste —le dijo su amigo mientras se lo señalaba.

—¿Aquí? —preguntó Rodríguez.

—Sí, léela, cá, porque es una oda como la que hizo Miguel Hernández a la cebolla; él se la hizo a una prostituta, pero no como prostituta, sino como mujer que da, sin ningún regaño, sin sobras, que lo da todo.

Y aquí, en su taller situado en el número 67 de la calle Comonfort, un día sin el tradicional tianguis dominical que lo cubre todo, Jesús Rodríguez recurre a la memoria:

—El poema dice: “Y sus manos se parecen a pájaros muertos”. Y enseguida: “Su boca parece una taza mordida por dientes de borracho/sus pechos son como una mejilla con fiebre…” El poema, un poco largo, termina: “Siempre será ella una lámpara frente a mis ojos/una flecha sangrienta y abatida/Por la muchacha ebria, amigos míos/Por la muchacha ebria…” La mujer había muerto de tuberculosis.

***

En su taller de Comonfort, a pocos metros de Paseo de la Reforma, Jesús Rodríguez trabaja rodeado de objetos, de los cuales algunos han estado en salas de arte; otros han sido difundidos en revistas especializadas.

Uno de esos objetos es La Adelita. “Yo creo que cuando empiezas a meterte con el arte, el arte te jala; cuando lees un libro, quieres leer otro; cuando te pones un tatuaje, quieres muchos”, reflexiona Rodríguez, quien muestra las partes de que está formada la mencionada obra: una antigua máquina de coser, montada sobre dos largas patas de fierro con garras y guaraches; una vieja carrillera de máuser y manivela que al ser accionada produce sonidos que simulan repetidos disparos.

“Han pasado por mis manos cosas muy bellas, fragmentos que la gente desecha y yo obtengo para armarlos”, dice Rodríguez, de baja estatura, hablar rápido, piel cobriza y tatuajes en sus brazos con la reproducción de una pintura de René Magritte, El hijo del hombre, y la imagen de la cantante Amy Winehouse.

—Y ahora se dedica a pintar máquinas de coser.

—Tenía un patrón, Rafael Raso Jiménez, una persona que te mentaba la madre cuando no hacías las cosas bien. Gracias a él aprendí de todo, pero más a apreciar las máquinas de coser, porque marcan una época. De hecho es el primer objeto que se vende en abonos y que tiene trascendencia mundial, pues la hicieron familias completas; también diseñadores que empezaron con una maquinita. La máquina es fascinante, pero la gente ya no la quiere comprar; entonces dije: ¿qué hago? Pues ahora se las pinto, y las empecé a pintar de naranja, de rosa, de verde y de amarillo.

Este hombre, oriundo de Tepito, con itinerarios de vida que también abarcan otras zonas populares, continuará interpretando a grandes autores, y mantendrá su pasión por colorear antiguas máquinas de coser, como un homenaje a ese indispensable instrumento que marcó épocas.

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