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Lunes , 18.06.2018 / 23:32 Hoy

Crónicas urbanas

El loco cazador de juguetes

Humberto Ríos Navarrete

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Del Distrito Federal se desplaza a cualquier parte de México, incluso a Estados Unidos, en busca de objetos antiguos, sobre todo juguetes. Es una afición que comenzó hace 20 años, cuando tenía 15, pues de niño le era imposible adquirir siquiera un carrito, mientras miraba a un primo suyo jugar.

Y con la edad creció su afición por seleccionar cosas y apersonarse en cualquier parte del país en busca de algo único, raro, y emprendió viajes a zonas recónditas y extrañas, como tianguis, mercados de pulgas y casas particulares.

Y nació Madhunter.

—¿También por las noches?

—Sí, te vas a “lamparear”.

En todos sus recorridos le han sucedido las cosas más extrañas. Ha visto, por ejemplo, cómo vacían costales de chácharas en tenderetes nocturnos.

También ha conocido personas que, como un flashback, algunas de sus piezas les traen recuerdos felices o tristes, como fue el caso de un hombre fornido, quien se puso a llorar mientras observaba el estante, pues recordó que su padre lo abandonó cuando, de niño, él jugaba con un carrito similar al que estaba ahí.

No es su caso, pero la anécdota lleva a la infancia del que cerca de 30 años después acuñó el apodo de Madhunter.

—Yo —recuerda— quería tener algunos carritos, quería ponerlos en una vitrina, y dije: “Los voy a guardar”.

Y de ahí comenzó a derivar una colección, cada vez más grande, y de pronto se percató que los carros de su niñez eran los más buscados, pues habían sido hechos en México, y decidió ir más hacia atrás.

—Y te volviste coleccionista.

—Sí, y ahora no solo colecciono recuerdos de mi infancia, o los juguetes que yo había tenido, sino que es como parte de una arqueología moderna.

—¿Qué es lo que más te ha gustado de todo eso?

—Desde el hecho de ir a los tianguis. En la Ciudad de México y en el Estado de México, por ejemplo, hay tianguis donde llegas a las tres-cuatro de la mañana a “lamparear”, y esto significa que cada vendedor tira todas sus chácharas en el piso, donde puedes encontrar desde un zapato roto o usado, una media, hasta un juguete que es una joya, una pistola, una moneda de oro. Es como jugar a la lotería. Yo me levanto con mariposas en el estómago por ver qué es lo que voy a encontrar.

***

Y en una de esas salidas de madrugada, cuando andaba en la búsqueda de carritos de la época de su padre y de su abuelo, llegó un vendedor al que ya conocía, relata, quien traía una caja de pilas, misma que abrió mientras le ofrecía: “Oye, yo sé que compras carritos antiguos, ¿te interesarían estas piezas?”

Y Madhunter abrió los ojos.

—¿Y qué viste?

—Fue como haber visto, no sé, un fósil, algo único, fue como, ¡wow!, tanto, que pensé: “¿serán reales o las habrá repintado él o les habrá hecho algo para que sean tan raras?”. Total, llegué a mi casa, los limpié un poco… Yo tenía en esa época bastantes amigos de Estados Unidos, con quienes compartíamos las piezas que ellos encontraban con las que yo tenía aquí, y cuando se las muestro y les digo: “¿cómo ves estas piezas?”, lo único que él me dijo fue: “Te ofrezco 5 mil dólares por una”.

—¿Y qué pensaste?

—Si él la quiere es porque vale mucho más, ¿no?

—¿Y qué pasó después?

—No se la vendí. Él no me quiso dar mucha información de esta pieza. Me costó mucho saber que estaban hechas en México y que no habían tenido buen control de calidad, lo que las hizo tan escasas. El color era muy raro. Era única en el mundo. Y después de analizarla se dieron cuenta que no estaba pintada ni nada, que era de fábrica, y al percatarme que era una pieza única en el mundo, pues no tenía precio para mí, o sea, nadie le podía llegar a un precio, y esto hizo que empezara a buscar más piezas hechas en México y ver que el juguete mexicano, por circunstancias económicas y políticas del país, se tuvo que fabricar aquí en el país.

***

El cazador loco o Madhunter, como se llama en internet, ha viajado a Tijuana, Baja California, y Nueva York, en Estados Unidos, entre otras ciudades, en busca de juguetes viejos.

—¿En México cuál es el mercado donde has encontrado cosas más interesantes? —se le pregunta en la sala de su departamento.

—Uno de los más grandes, donde hasta se podría armar un carro o un helicóptero, es el de Santa Cruz Meyehualco, en Iztapalapa; me he encontrado piezas, como pueden ver aquí, impecables, o sea, juguetes de hace 40, 50 años y que llegan ahí por azares del destino, que alguien los tiró a la basura o que algún vecino dijo: “en vez de tirarlo se lo vendo aquí, al chacharero, y que me dé unos 50, 100 pesos”, y así empiezan a revenderlos, hasta que llega a las manos de un coleccionista.

—¿Cuáles son tus preferidos?

—Yo me enfoco mucho al sci-fi, todo lo que tenga que ver con el espacio: la Guerra de las Galaxias, los robots de los años 50, o sea, voy coleccionando por gustos; hay veces que vas buscando carritos, acabas con una máscara antigua, desgarrada… Entre mis cosas favoritas tengo una bota de cuando debutó Tinieblas. Tengo una máscara de Milmáscaras rasgada. Tengo Aventureros de acción que hablan en español.

—¿Alguna pieza con la que te hayas obsesionado y que sigas manteniendo?

—Un Yoda. Se lo compré a una persona que dijo que su papá se lo iba a regalar, pero como reprobó un examen, ya no se lo regaló y lo guardó en el armario; y esta persona me habla, casi 35 años después, para decirme: “te lo vendo porque para mí no es algo muy padre que recuerde”, y cuando me lo vendió, me di cuenta que era una variación muy extraña, porque está hecho en México, pero aparte tiene varias características que lo hacen único, es decir, no existe otra pieza igual en el mundo.

—Guardas carritos hechos de madera, de lámina.

—Tengo carros de principios del siglo pasado, robots de los años 40 y 50, que son una arqueología moderna y los veo ya como piezas de arte. Procuro recuperarlas y algún día quiero hacer una muestra o un museo.

Puede ser una colección de robots o de muñecos, o una muestra de carteles antiguos, con anuncios de luchadores clásicos, o máscaras usadas, algunas con huellas de combates entre quienes hicieron historia en arenas mexicanas. Es el tesoro de El cazador loco, siempre listo para la siguiente aventura.

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