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Crónicas urbanas

El libro rojo de la justicia

Humberto Ríos Navarrete

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El libro publica 11 casos. El primero relata el de los narcosatánicos, una banda liderada por el cubano-estadunidense José de Jesús Constanzo, El Padrino, quien, coludido con policías mexicanos, mezcló el negocio de la droga con una religión y cometió una serie de asesinatos que empezaron en la ciudad de Brownsville, Texas, vinculados a la vecina Matamoros, Tamaulipas, de donde se prolongó hasta Ciudad de México.

Los integrantes de la organización criminal eran adoradores del Palo Mayombe, una creencia de raíz cubana, ligada a la santería, y su influencia se extendió a la capital del país y enraizó en la céntrica colonia Juárez, de manera especial en la Zona Rosa y alrededores, donde el cabecilla cooptó a varias personas, incluidas figuras del espectáculo y estudiantes.

El 6 de mayo de 1989, la Policía Federal, apoyada por la capitalina, recibió información de que El Padrino y cómplices estaban en un departamento de la calle Nilo, colonia Cuauhtémoc, que rodearon mientras él disparaba y lanzaba billetes de 100 dólares. “¡Tomen, muertos de hambre!”, gritó. Y algunos —incluidos curiosos— los tomaron.

Antes de meterse a un ropero, junto a otros dos implicados, El Padrino ordenó a sus demás cómplices que le dispararan, pero fue El Duby quien decidió ametrallarlo, después de escuchar de su líder una sentencia: “De no hacerlo, vendré del infierno a castigarte”.

Lo anterior es un resumen del primer caso, de los 11 que contiene El libro rojo de la administración de justicia, publicado por el Tribunal Superior de Justicia y del Consejo de la Judicatura de la Ciudad de México, durante la presidencia del magistrado Édgar Elías Azar, quien escribe en la presentación:

“Hay una verdad sobre la historia de la humanidad que resulta tristemente innegable: la brutalidad con que nos hemos tratado unos a otros”.

***

Los otros temas que incluye el libro son El chacal de la Malinche, Dos crímenes, El tío bomba, Las Marías, La mataviejitas, El caso de la banda de las goteras, El caníbal de la Guerrero, Javier Covarrubias: filicida y mitómano, Colmillos asesinos y Ángela: infanticidio sin resolver.

Entre los autores están el magistrado Eduardo Alfonso Guerrero Martínez, de la Primera Sala en materia penal, del Tribunal Superior de Justicia de CdMx, que desarrolla la del Tío bomba; y su colega Jorge Ponce Martínez, de la Novena Sala, con El caso de la banda de las goteras.

El tío bomba:

“Las viejas rencillas familiares, la disolución legal de un matrimonio fallido, una personalidad arrogante y conflictiva, la violencia recurrente para dirimir diferencias de todo tipo, el placer por las armas de fuego y la sed de venganza fueron caldo de cultivo para acabar con la vida de dos personas y provocar graves heridas a uno de los sobrevivientes de la macabra onda expansiva que enlutó a la familia Barreda Clemente, luego de recibir en casa un ‘inofensivo paquete’ que contenía, ¡oh sorpresa!, una bomba de fabricación casera, la tarde del 16 de enero de 2001.

“Uno de los peritos en explosivos que intervino en el caso concluyó, tal y como obra en el expediente judicial”:

(...) la causa más probable (...) fue la detonación de un artefacto explosivo de fabricación casera, compuesta por tubos de fierro galvanizado conocidos como ‘niple’, con sus taparroscas, cuya sustancia explosiva es una mezcla a base de derivados de nitratos de ión, amonio y diésel, mismos que forman parte probablemente del explosivo denominado Anfo y su mecanismo de activación es de tipo eléctrico (...)

La investigación, que duró 14 meses, refiere Guerrero Martínez, “involucró a varios expertos en criminalística, explosivos y medicina forense, así como declaraciones de los sobrevivientes, testigos, familiares, compañeros de trabajo y del propio inculpado...”

El caso de la banda de las goteras una contribución al establecimiento del nexo causal con prueba pericial multidisciplinaria:

“Durante el lapso de 1997 a 2007, David Avendaño Ballina, La Hamburguesa, y su esposa, Claudia Castillo Maya, estuvieron al frente de Las goteras, una banda de mujeres que haciéndose pasar por sexoservidoras actuaba de maneja conjunta con otros coautores y dio muerte, por lo menos, a 70 varones, de entre 20 y 58 años, para despojarlos de automóviles, dinero, relojes, joyas, teléfonos celulares, chequeras y tarjetas de crédito”.

Se supo que también actuaron en 12 entidades del país. El modus operandi era que los cómplices aguardaban afuera de los bares y observaban a los clientes —describe Ponce Martínez— “y cuando éstos llegaban bien vestidos o en automóviles costosos, avisaban por teléfono a las mujeres, quienes ya estaban en una mesa del antro. Ellas fingían estar interesadas en pasar la noche juntos, los seducían y los invitaban a salir a un hotel o al domicilio particular del elegido”.

Las mujeres fingían hablar por teléfono a familiares, pero en realidad se comunicaban con sus cómplices.

“En el camino pasaban a una tienda y compraban bebidas alcohólicas. Una vez instalados en una habitación, las mujeres vertían, en el vino o la cerveza, según el caso, gotas de alguna fórmula de uso oftalmológico (...) para dormirlos y luego robar sus pertenencias”.

En al menos 23 ocasiones la sobredosis fue fatal, añade Ponce Martínez. “Esos compuestos, combinados con el alcohol etílico, actúan como supresores del sistema nervioso; con esa mezcla, el intoxicado siente mareos y debilidad corporal, seguido de pérdida de la conciencia y, en casos extremos, puede provocar una falla cardiorrespiratoria o edema cerebral y pulmonar, lo que coloca a la persona en el umbral de la muerte.

“Algunas víctimas lograron sobrevivir quedando con secuelas, desde una aguda resaca a una ceguera permanente. No obstante, los afectados evitaban presentar alguna denuncia ante las autoridades por vergüenza o temor de que se enteraran sus familiares y amigos, situación que complicó la investigación policiaca”.

***

En 2015 abandonaron en la calle el cadáver de una bebé. Nadie lo reclamó en varios meses que estuvo en una gaveta del Instituto de Ciencias Forenses de Ciudad de México. Los restos de la pequeña, cuya edad, según estudios antropológicos, calculaban en dos años, fueron hallados el 23 de marzo de ese año en una maleta colocada sobre la calle Berlín, colonia Juárez.

La Procuraduría General de Justicia capitalina informó que no hubo indicios que llevaran hacia sospechosos. En la maleta también había dos mudas de ropa “de buena calidad”, de acuerdo con un reporte oficial, lo que demostró que la niña no era menesterosa; en cambio, sí le detectaron desnutrición. La causa de la muerte fue traumatismo craneoencefálico.

“Es un caso muy lamentable que debe impresionar a la más dura de las conciencias”, reflexionó en su momento, durante una entrevista con MILENIO, el magistrado Elías Azar. “Está determinado que fue objeto de violación”, dijo, mientras apretaba las manos. “Un ser humano que tiene toda la vida por delante y se la roban de la forma más cruel”.

El magistrado prometió que el cadáver de Ángela, como la bautizaron empleados del Instituto, no sería enviado a la fosa común, si no que reposaría sola, en un panteón, y días después cumplió su palabra.

Édgar Elías Azar escribe en la presentación del libro: “La literatura, desde la Biblia hasta Shakespeare y Kafka, se encuentra repleta de esta clase de sucesos que terminan por explicar, de una u otra manera, una de las facetas más terribles del ser humano”.



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