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Martes , 18.09.2018 / 09:25 Hoy

El día que murió "La Oaxaca"

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La Oaxaca recorría avenida Puente de Alvarado y acampaba en un jardín de la colonia Tabacalera. Siempre lucía impecable. Medía un metro con 70 centímetros de estatura. Ni parecía vivir en la calle. Eso dicen quienes la conocieron. En los últimos días de septiembre pasado, sin embargo, notaron algo extraño en ella. Comenzó a cambiar su aspecto. El rostro se le veía ajado y la salud desmejoraba. Los vecinos, de quienes se hizo amiga, le daban cobijas y comida. Después sabrían que su organismo era atacado por tres enfermedades. Pero ella se negaba visitar al médico. Uno de sus males estaba muy avanzado. Fue el que desvencijó su organismo.

La Oaxaca tenía 38 años de edad. Llegó hace 20 de su estado natal, cuyo nombre usaba de apodo. Era transgénero. En septiembre fue visitada por miembros de la Brigada Callejera de Apoyo a la Mujer Elisa Martínez, quienes repartían condones y hacían pruebas para detectar el virus VIH y sífilis.

“Se le veía bien y su cabello lo tenía hermoso. Estaba radiante. Había sido el aniversario del Che y llevamos unas rosas”, dice Elvira Madrid, presidenta de Brigada, quien desenfunda su teléfono celular y, sonriente, muestra una foto de La Oaxaca, quien en su cabellera luce rosas blancas que tomó del ramillete colocado en honor al ex guerrillero.

—¿Y ustedes qué le decían?

—Le decíamos que la acompañábamos a la Clínica Condesa para que le dieran sus medicamentos —relata Madrid—, pero no quería. Decía que para qué, si ya tenía VIH-sida. Era una guerrera porque defendía a sus compañeros de la policía que los querían quitar de la zona.

Pero el 20 de noviembre se puso muy mal. No aceptaba comida. Eran las 13:00 horas cuando Madrid, acompañada de la médica Alejandra Monjaraz, llegó al parque donde estaba La Oaxaca. En la banqueta había una botella de agua y comida facilitada por vecinos. La delegación Cuauhtémoc le había prometido una carpa que nunca llegó.

“Ya no se veía con ese resplandor suyo. Estaba envuelta con cuatro cobijas y me pidió que la tocara: estaba ardiendo de calentura”, añade Elvira Madrid, quien le propuso a ir con el doctor, pero de nueva cuenta ella se negó. “Yo les agradezco, pero quiero estar aquí”, respondió La Oaxaca.

Hacía mucho frío.

Y ahí, cerca de La Oaxaca, estaba la médica Monjaraz, encargada de aplicarle un tratamiento para erradicar la sífilis.

Durante tres semanas le inyectó ampolletas de penicilina de cinco mililitros, con un millón 200 unidades.

“Es un medicamento doloroso; por eso debe disolverse en lidocaína”, explica Monjaraz, que ese día acudió a tomarle una muestra de sangre a La Oaxaca para hacer un estudio y saber si se había eliminado la bacteria.

La Oaxaca estaba rodeada de sus compañeras. No podía caminar distancias largas. Al día siguiente empeoró y fue llevada al hospital Gregorio Salas, cerca de la Plaza del Carmen, donde corroboraron que su salud se había complicado debido al cáncer de colon, la sífilis y VIH-sida.

Fue el último día que la vieron con vida en La Tabacalera, la misma colonia donde hace 25 años murió Elisa Martínez, nombre de batalla de una prostituta que había sido desplazada de La Merced, cuando vecinos se dieron cuenta que había adquirido el virus del VIH-sida.

En ese tiempo Brigada Callejera era un embrión. Después añadirían el nombre de Elisa Martínez, en honor a la mujer de origen poblano, cuyo cuerpo nadie reclamó. El de La Oaxaca, en cambio, fue identificado por parientes.

“Elisa murió sin haber llegado a los 40 años, en un momento donde no había acceso gratuito al medicamento antirretroviral...”, detalla un texto de Brigada Callejera, redactado a propósito de un reciente “acuerdo de colaboración” con el Centro para la Prevención y Atención Integral del VIH/Sida de Ciudad de México.

***

Es miércoles 13 de diciembre. Funcionarias de las Clínicas Especializadas Condesa y Condesa Iztapalapa están en instalaciones de Brigada Callejera, sobre la calle Corregidora, delegación Venustiano Carranza, zona de La Merced. También está presente la memoria de Elisa Martínez.

Firman el documento Elvira Madrid y Jaime Montejo, por Brigada Callejera, y Andrea González y Tahalie Gras, del Centro y Atención Integral del VIH/sida de CdMx.

El acuerdo tiene “el objetivo de brindar a las poblaciones clave, residentes de Ciudad de México, acceso a los servicios de prevención, detección, atención y tratamiento de VIH y otras Infecciones de transmisión sexual, así como promoción y cuidado de su salud sexual integral, tales como prevención de embarazos no deseados, control de embarazos”, entre otros, que abarcan 30 puntos, y a “promover la salud integral de las trabajadoras sexuales y otros grupos atendidos por la Brigada Callejera”.

Atestiguan sexoservidoras y promotores de salud de Brigada Callejera. Hablan de sus experiencias. Es el caso de Julio, promotor del colectivo; se refiere a “esa maldita enfermedad” de la que estaba infectado un vendedor de llaveros que se movía por la zona. “Era un moreno flaquito”, dice. “Muchas veces vino la ambulancia, pero no se lo querían llevar”.

El hombre, de baja estatura, desgrana anécdotas sin parar, y hay ocasiones en que no se le entiende, pues parece enredarse. Tacha de irresponsables a quienes transmiten el virus y se dedican a procrear. “¿Qué culpa tienen los niños?”, se pregunta. “Al momento de nacer firman su acta de nacimiento, pero también su acta de defunción”.

Y habla del virus de papiloma humano. “Lo tenemos hombres y mujeres”, asegura. “¿Cómo se puede contaminar? No solo anal o vaginal, sino también con tatuajes. Malditas enfermedades”.

—¿Y siguen infectándose?— se le pregunta a Elvira.

—Las nuevas que están llegando. Todo el tiempo hay nuevas. No saben negociar el uso del condón —responde.

—¿Negociar?

—Que les digan cómo se lo ponen: con la boca —y hace una demostración con un preservativo y un pene de plástico– o con el cuello. Entonces ellos se quedan pensando. Tienen que convencer al cliente de las enfermedades de transmisión sexual. Una de la más recurrente es la sífilis en amas de casa, trabajadoras sexuales y estudiantes.

***

La médica Alejandra Monjaraz retoma el caso de La Oaxaca, que fue llevada en una ambulancia el 21 de noviembre al hospital Gregorio Salas, en Calle del Carmen, Centro Histórico, donde falleció el 23, mismo día que trasladaron el cadáver al Instituto de Ciencias Forenses.

En Brigada Callejera pensaban tramitar el entierro, por lo que Monjaraz se apersonó en el forense, pero le informaron que el padre y un sobrino de La Oaxaca habían ido a “reconocer el cuerpo”. Era 2 de diciembre.

Alguien que conocía a su familia se había comunicado a un domicilio del Istmo de Tehuantepec, de donde era oriunda La Oaxaca, y desde allá viajaron los parientes. Eso fue lo que supo Monjaraz, quien los alcanzó en una agencia del Ministerio Público de la delegación Cuauhtémoc.

“Me siento como su hijo, porque me crió, pero ya no supe más de él”, escuchó Monjaraz decir al sobrino, quien junto a su tío —la médica dice que tenían aspecto de “buena familia”— hizo los trámites para incinerar los restos de La Oaxaca en el panteón de Dolores.

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