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Crónicas urbanas

"El Cañas" Zárate volvió del infierno

Humberto Ríos Navarrete

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Lo vieron tambalearse en banquetas y descubrieron que se trataba del mismo que durante años de gloria bailó en el ring con sus piernas flacas; unos más lo miraron de refilón en centros nocturnos, y hubo quienes, zalameros, andaban tras él para que costeara sus bebidas. Es cierto que divagó por varias partes del país, pero fue La Merced, la zona más recurrente de sus andanzas, y hasta ahí recalaron familiares para convencerlo de que dejara esa vida y volviera a casa. Fue cuando cayó en la cuenta de que aún tenía remedio.

Ese día estaba en el cuarto de uno de los tantos hoteles de mala estofa, de esos que abundan en esa parte de la capital, rebosante de comercios y tumultos, prostitutas, asaltantes al acecho, personas en situación de calle, menesterosos; fue hasta ese lugar, entre ese ambiente, al que llegó su esposa, Nelly, acompañada de hijos, en busca de quien naciera el 23 de mayo de 1950, en las calles de Fray Bartolomé de las Casas, barrio de Tepito, donde fue bautizado como Jesús Carlos Zárate Serna.

Ahí estaba quien formaba parte de una familia de ocho hermanos, cuyo padre moriría tres meses antes de que él naciera, por lo que más tarde se mudaron a la colonia Ramos Millán, delegación Iztacalco, donde su madre se empleó en una escuela mientras él, El Cañas, aprendía a boxear, pues prefirió esa práctica a solo andar en la calle.

Y ahí fue, en la Ramos Millán, donde empezó a germinar el que sería varias veces campeón. La misma zona a la que muchos años después regresaría como entrenador, ya rehabilitado —gracias a un personaje del mundo boxístico y a un sindicato—, sin olvidar episodios que lo marcaron, como el día en que su esposa y sus hijos por fin llegaron al hotel y preguntaron por él en la recepción, de donde le hablaron por teléfono para avisarle que lo buscaban.

En ese instante susurró:

—En la torre...

Los recuerdos se le juntaron y volvió a recriminarse mientras estaba en el elevador, que al abrirse lo primero que vio fue a su familia reunida en el vestíbulo, donde todos llorarían.

***

Carlos Zárate venció a contrincantes en 33 peleas como amateur: 30 por nocaut y tres por decisión; tuvo 70 duelos como profesional, de los cuales ganó 66: 63 por nocaut y tres por decisión. Fue derrotado en cuatro.

El recuento está en su libro Éxito y nocaut. Vida y crónica de un campeón. Se lo dedica a “mi Dios, mi poder supremo”, y “a mis amigos Héctor y Mauricio Sulaimán”. Este último aparece de niño saludando a Zárate en el ring, al final de una pelea.

Y fue José Sulaimán (1931-2014) quien lo animó a escribir el libro. Había salido de aquella crisis de las drogas, luego de una rehabilitación, a la que el propio presidente del Consejo Mundial de Boxeo lo envió.

—¿Qué dijo el señor Sulaimán?

—Me dijo: “Perfecto, Carlos, porque eso va a ayudar a mucha gente que también ha caído como usted”. Entonces lo empecé a escribir junto con mi esposa Nelly. Nos tardamos buen tiempo, casi dos años en recuperar varias anécdotas que tenía yo en mente.

Carlos Zárate habla despacio.

—¿Qué sintió al reconstruir su vida?

—Todo esto nació después de mucho sufrimiento, después de haberme retirado, porque hubo ahí un mal equilibrio de mi vida, me fui para abajo, como todo... porque anduve en muchas fiestas y esto me provocó tocar un fondo, en el cual yo tuve a las personas indicadas para después, mucho después de 10 años, volver al camino de la verdad y estar aquí, platicándote esto, y lo que más gusto me da es apoyar a la gente que lo necesita.

El Cañas, apodado así por sus delgadas piernas, labora en instalaciones deportivas del sindicato del Metro; es entrenador. Las paredes de su oficina están cubiertas de fotografías que reflejan sus épocas de gloria.

—Cuáles son sus mayores éxitos?

—Haber ganado el campeonato mundial. Es una historia muy hermosa. En ese tiempo había muchos campeones, pero el peso gallo era la división reina; de todos logré ser el primero, le quité el campeonato a Rodolfo Martínez y eso me llevó a la gran satisfacción de cumplir mis sueños.

—Y viene la gran caída.

—Bueno, después de tantos años de estar en la cima, hubo una pelea, la de Guadalupe Pintor, y me desmoralicé porque estuvo muy pareja: cualquiera de los dos pudo haber ganado, pero le levantaron la mano a él. Entonces me desilusioné y hablé con don José Sulaimán y me prometió la revancha, y ya estaba todo puesto, pero Lupe Pintor se accidentó, se fracturó la mandíbula y estuvo incapacitado como ocho meses; en ese tiempo me retiré del gimnasio y empecé a tener amigos de parranda y a tomarme mis copas; después, fueron botellas, y así vino una debacle total. Tuve una adicción muy fuerte de cocaína y perdí, perdí todo lo que había ganado y empezaron las enfermedades; todo esto me llevó al ocaso.

Y fue cuando José Sulaimán lo envió a un centro de rehabilitación. Estuvo ocho meses y logró levantarse de la lona.

“Ahí conocí al Carlos Zárate de niño, de grande; me conocí, sobre todo, a mí mismo, maduré y ahora vivo feliz porque recuperé a mi familia, tengo lo necesario, me doy mis lujos y lo importante es que logré salir”.

***

Aquel día de hace más de 13 años, El Cañas recibió una llamada telefónica en su cuarto del hotel. Le avisaban que en el vestíbulo lo esperaba su familia. Fue algo que nunca le había pasado por la mente y se puso nervioso.

Y no le quedó otra salida.

Se enjuagó la cara y bajó.

—¿Qué pensó, qué sintió?

—Fue una cosa muy triste porque mientras yo iba en el elevador me puse a pensar: “Híjole, qué mal he hecho todo en mi vida, por qué, por qué no es que mis hijos en lugar de venir aquí, vayan al aeropuerto y reciban a su papá, exitoso de negocios, de cosas bonitas, de cosas buenas”, y pasaron por mi cabeza muchas cosas más, pero ya había llegado el elevador al lobby y cuando abrió sus puertas vi a mis hijos que se me venían a la mente cuando eran más chicos; corrimos, nos abrazamos, lloramos su mamá y yo junto a ellos, y les prometí que ya iba a ser otra persona, que seríamos una familia normal. Entonces acepté el apoyo de don José y le eché ganas.

—Y su esposa qué le dijo.

—Pues me dijo: “Carlos, qué estás haciendo; por qué tú, un deportista tan nombrado, tan elevado, te estás queriendo matar a ti solo” —estaba yo muy delgado—, “no seas tonto, échale ganas, tú todavía puedes”.

Y pudo.

Ahora, él y un amigo tienen tres centros de rehabilitación —55 36 62 68—, donde a los que quieran ir “les puedo echar una manita, hacer muchas cosas por ellos, porque las drogas nos atrapan como una prisión”.

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