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Miércoles , 17.10.2018 / 20:52 Hoy

Crónicas urbanas

Dibujando los días en las redes

Humberto Ríos Navarrete

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Primero estuvo en un despacho de arquitectos donde era feliz realizando diseños; después fue asignada al departamento administrativo y le encargaron hacer presupuestos, ya que había estudiado un doctorado en costos y construcción. Pero la acorraló el tedio, pues aquello no era lo suyo, y comenzó a rebrotar en ella su afición por el cómic, que de niña practicó.

El corporativo en el que trabajaba estaba en expansión y Mayuli Rojas Ortega tenía todo a su favor, incluido un buen salario, pero algo no funcionaba, pues permanecía tras un escritorio, vestida de manera informal, mientras sus compañeros, hombres y mujeres, eran todo lo contrario.

De manera discreta observaba a sus vecinos de oficina, sin que ellos se percataran, y los delineaba en monitos sobre su bloc. La práctica de ese pasatiempo, que hacía de forma constante, le hizo afinar detalles y a usar argumentos que satirizaban a los personajes que representaban.

Y uno de aquellos días fue después de ir al baño, donde lo primero que vio fue un puñado de mariposas, que siempre la aterrorizaron. Eran grandes y negras. Fueron los primeros diálogos que puso a su cómic, ella y los insectos, y a partir de ahí todo lo que valiera la pena.

Y ahí estaba Mayuli, autodenominada "la oveja negra", pues a veces iba con zapatos tenis y otras con botas mineras, en medio de la asfixiante monotonía, mientras miraba pasar a los demás: ellas de tacón y trajes sastre; ellos, circunspectos. La verdad es que no se sentía parte de ese ambiente. Discordaba. Y fue cuando planeó zafarse. Tenía cinco años en ese trabajo.

Poco antes de tomar la decisión, una de las más importantes de su vida, afiló sus lápices y preparó su bloc; y, sin descuidar su trabajo, delineó más figuras. Luego decidió ponerles diálogos. Lo hacía durante sus ratos de descanso y después de la comida, siempre de manera discreta, sin descuidar su labor. "Alguna vez dibujé a una persona que me caía en la punta...", recordaría.

Y llegó el día.

—¿Cómo que te vas a salir de trabajar para hacer dibujo —preguntó su jefe, con quien tenía muy buena relación—, si aquí llevas cinco años?

Pero no había marcha atrás.

—¿Por qué no esperas a que te corran?

—Prefiero mi tiempo que la lana; aquí ya no hay espacio para mi —respondió a su jefe.

—¿Y qué vas a hacer? —le volvió a preguntar.

—Seguir trabajando... —respondió Mayuli, decidida a independizarse.

Y hacia allá fue.

***

Mayuli Rojas Ortega, de 32 años, prefiere dibujar fuera de su casa; y desde hace un tiempo usa las rústicas mesas de Arroz con Leche, en el número 58 de la calle Itzcóatl, colonia Tlaxpana, donde se escucha jazz. Lo hacía aquí mientras esperaba que su pequeño, ahora de cuatro años, saliera de la guardería.

La huelga que sacudió a la UNAM, entre 1998 y 1999, había perjudicado a varios estudiantes; Rojas, egresada del CCH Azcapotzalco, escogió la carrera de diseño gráfico, pero ya estaba saturada y de rebote se fue a arquitectura, la segunda opción. No se arrepintió, aunque le costó algo de trabajo terminarla.

Buscó empleo y le ofrecieron en un despacho de arquitectos, donde empezó a diseñar espacios; estaba a gusto, pues era una etapa de creatividad, pero al final decidió retirarse. Pensó en explorar otros espacios. Tenía parte del camino andado, pero todavía dudaba. Desde entonces no dejó de dibujar.

Dibujaba a su hermana, a su esposo, a su hijo, a la gente común. El experimento le apasionaba. Era la vida cotidiana, figuras sencillas, "monitos", como ella los llama, a los que hacía hablar; y abrió una página en Facebook con el nombre de Dibujando los Días, y esa fue su plataforma de lanzamiento.

Ya traía la experiencia de su primer cómic, el que había surgido de las mariposas que revoloteaban en el baño de mujeres, una situación que le produciría pánico, y de alguna manera, sin que lo preconcibiera, sería el principio de lo que nunca imaginó.

De sus maestros, dice, Quino, el padre de Mafalda, es el mejor, aunque también admira a Agustina Guerrero, también de nacionalidad argentina, y a la estadunidense Sara Anderson, quien aborda cuestiones cotidianas, lo mismo que hace ella.

—¿Por ejemplo?

—La inseguridad que yo tengo, que no soy muy abierta; a veces penosa y muy pesimista; suelo dibujar mucho acerca de eso, de mi pesimismo, que a veces me arrastra donde no quiero, y le doy un giro chistoso.

—Llevas tu trabajo a las redes sociales y has tenido éxito.

—Nunca pensé que mis dibujos le fueran a gustar a alguien; y sí, tengo una página en Facebook, que despegó en poquito más de un año. Tengo unos 106 mil seguidores.

—Ha crecido en poco tiempo.

—Recuerdo que cuando abrí la página la veía con miedo. Tenía 99 seguidores, que eran mi mamá, mi esposo y mis amigos, y de pronto se empezaron a compartir las imágenes, como que ciertos cómics la han levantado.

—¿Retratas un prototipo de personas con las que se identifican?

—Totalmente, porque la mayoría de los comentarios que hacen sobre las imágenes son: "¿Mira, te acuerdas cuando esto nos pasó?" O: "Mira, éste eres tú", o "Esto te pasó ayer", o "Éste soy yo". Ha sido la base de que le vaya bien a la página.

—¿Qué usas para dibujar?

—Básicamente un bloc, un cuaderno de dibujo blanco y lápices de diferentes grosores; y estilógrafos con tinta china. Eso es lo que uso basiquísimo.

—¿No le entras al color?

—Muy poquito. Lo mío, como es cómic, suelo digitalizarlo, o sea, escanear dibujos y ya en la computadora les doy color.

—Ya entraste en venta de artículos.

—Después de haber creado un personaje que ha tenido mucho éxito, que es, jeje, Malvibrosito, me di cuenta que podía pegar por ahí y vender artículos donde lo plasmara, en tazas.

—¿Malvibrosito?

—Es un osito de peluche que tiene la apariencia tierna y suavecita y pachoncita, pero lo que expresa es totalmente lo opuesto a su imagen: es grosero y malvibroso, pesimista y enojón. Dibujo situaciones que me pasan a mi; y sí, hago un dibujo que simulo ser yo, pero con Malvibrosito puedo tratar temas en donde incluso utilizo palabras groseras; pero no me da pena, pues es el oso, no soy yo.

—¿Y las otras?

—Tengo otra que también es muy vendida y tiene una leyenda: "Lo importante es la actitud", que es una monita tipo como yo, con piyama, y lo que tiene es actitud.

—Haces lo que te gusta.

—Sí, sin querer, jaja, sin querer estoy haciendo lo que me gusta. Creo que no lo tenía planeado ni lo pensé. Pero poco a poco la vida me ha ido abriendo este camino nuevo y voy muy contenta.

***

También vende bolsas de lona en las que plasma sus dibujos, aunque prefiere no saturar de anuncios suyos. "Quiero conservar la esencia de la página", dice, "que es la creación de contenidos con los que la gente se siente identificada y que comparta..."

—Dejaste inconcluso un dibujo con tu papá...

—Empecé a dibujarlo en una hoja; tenía la idea de hacerle un dibujo donde estuviera él y todos sus hijos; solo él, porque mis papás se separaron. Yo quería hacerle un cuadrito y enmarcarlo, pero quedó a lápiz —dice y lo muestra—, no lo terminé porque estaba indecisa si meterle color, si hacerlo en acuarela, o hacerlo digital y darle color; no lo terminé por desidia, y sí, mi papá falleció hace dos meses y ya no, ya no pude ni mostrárselo; quería hacerlo para que se diera cuenta un poco de lo que hago ahora, porque no nos veíamos muy seguido. Era como un acercamiento.

Su padre murió en Chiapas.

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