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Martes , 23.10.2018 / 05:07 Hoy

De los muros chilangos a Harlem

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Sego, nombre creado por las primeras letras de su apellido, es el mote que usa para firmar sus obras. Este hombre, de 36 años, se crió entre el jardín de la abuela y su casa paterna, en el Istmo de Tehuantepec, donde observó una variedad de animales silvestres que ahora lo inspiran.

Tiempo después emigró a la capital del país. Aquellas imágenes quedaron grabadas en su mente, que después garabateó en la escuela primaria donde ganó premios. En la secundaria y preparatoria se desplazó como relámpago y pintó letras en muros de la ciudad.

Halló una semejanza entre la naturaleza y los proceso biológicos con las sociedades humanas, dice, que usa como base de su inspiración; también maneja diversas temáticas en su obra, salpicadas de formas orgánicas que conviven con criaturas fantásticas.

Esas formas míticas, define, parecen habitar un mundo propio, una especie de laberintos formados por curvas y rectas que traza con latas de aerosol. “Utilizo una técnica de achurado que pocos en el mundo manejan a la perfección”, define en su autobiografía.

Ha pintado murales, además de México, en Cuba, Argentina, Francia, España, Perú, Puerto Rico, Suecia y, entre otros más, Estados Unidos.

El mural más reciente y más grande de su carrera, hasta ahora, lo pintó hace poco en una escuela del barrio de Harlem, cerca del Central Park, ciudad de Nueva York. Es una zona conocida como Puebla York. Fue durante el Festival Monument Art.

Y quedó pasmado.

Muchas cosas se juntaron.

***

En su estudio de Naucalpan, municipio del Estado de México, Sego dice que su logro es hacer lo que le gusta, pues vive de su obra y lo hace feliz el reconocimiento de seguidores, ya sea quienes lo recuerdan cuando empezaba a pintar en la calle o de personas que lo acaban de conocer, como el puertorriqueño que lloró mientras observaba un mural que pintó en la Ciudad de Nueva York.

En 2015 formó parte del proyecto que conmemoró la celebración por los 10 años del Metrobús de la Ciudad de México, pues intervino una de las unidades de ese medio de transporte, al mismo tiempo que se editaron 60 mil tarjetas de acceso con sus dibujos.

Sego, quien tiene 16 años haciendo lo que gusta, también ha sido contratado para ilustrar diversos productos de conocidas marcas. Ahora mismo retoca la ilustración de un águila, dos manos con dedos mutilados, dos cráneos de caballos, tres herraduras y dos figuras de grillos.

Usa pincel con tinta y pluma fuente. Será la portada para un disco del cantante Pepe Aguilar. Una recopilación de sus éxitos.

Sego tenía 16 años de edad cuando empezó a grafitear muros de Ciudad de México. Y se diferenciaba de otros: los fotografiaba para llevar un registro.

Él se dice autodidacta.

—Algo que fue muy determinante es que antes de descubrir el grafiti ya dibujaba bastante; desde niño ganaba concursos de la primaria. Y en esa transición de la secundaria a la preparatoria, empecé a tener un poco más claras mis ideas en cuanto al dibujo, porque gracias a mi abuela tenía yo mucha afinidad con los animales y las plantas.

—Vivías en Oaxaca.

—Sí, en Matías Romero, y en casa de mi abuela siempre había plantas muy cuidadas. Yo veía que las trataba con amor. Y mi papá también nos sacaba a pasear. Prácticamente vivíamos en la selva y yo tenía mucho contacto con animales súper extraños, sobre todo insectos que se metían a la casa; también había mamíferos muy raros, como osos hormigueros que veíamos en la calle.

En México nuestra cultura es a partir de los animales, dice Sego, “y eso me encanta, porque es una forma de reflexionar en cuanto al medio natural, pero también estamos acabando con las zonas donde viven estos animales, que alguna vez fueron sagrados, como el jaguar o las águilas, por decir algunos”.

—Ahora haces menos grafitis.

—Sigo haciendo grafiti, pero lo hago de otra manera, y me siento muy afortunado de que puedo vivir de hacerlo, pero eso también es mucha responsabilidad. Y me siento muy contento de que a partir de eso puedo tener un campo de trabajo muy amplio, o sea, ya no nada más hago murales, sino también hago obras en papel.

—¿Es diferente tu labor en el estudio a lo que haces en la calle?

—No, porque muchas veces el planteamiento y las ideas son las mismas. La finalidad de cada obra es lo interesante. Yo pinto en la calle con una conciencia social, que es lo que se ha perdido, pues el grafiti ha pasado a ser decorativo, sin ninguna empatía con el entorno. El hecho de pintar en grande me genera mucha libertad. Al hacer grafiti te despojas de un montón de cosas. Es un ejercicio de libertad.

—Es como boxear en la calle.

—Sí —sonríe—, es un buen ejemplo.

***

Los organizadores del proyecto para pintar un muro en Nueva York, recuerda Sego, escogieron el barrio de Harlem, en Manhattan, pues ahí radican muchos mexicanos, sobre todo poblanos; por eso mismo la zona es conocida como Puebla York. Sego tenía el encargo de pintar el rostro de la Estatua de la Libertad. La dibujó una noche y al día siguiente empezó a pintarla. Usó aerosol, en 80 por ciento, y el resto fue pintura acrílica y pincel.

La idea era reinterpretar el contexto y hacer una evocación del medio, lo que le pareció interesante, más aún que se trata de un ambiente citadino, industrial y tecnológico, en medio del cual tenía que hacer una obra “totalmente orgánica”, como la describe.

Y también fue significativo, pues la Estatua de la Libertad es de metal. “La forma en que la representé es como si fuera de madera, orgánica, con plumas y animales. Y la verdad fue muy interesante la reacción de la gente”, recuerda Sego, quien llegó a dudar en ejecutarla, pues le pareció un tanto ofensiva, ya que se trata de un icono estadunidense.

“Era como si pintaras en México una Virgen de Guadalupe con cara de calavera”, ejemplifica y suelta la carcajada, “cosa que lo han hecho”.

Y lo más interesante, comenta, es que los muros son instalaciones de una escuela primaria y secundaria. La directora, por supuesto, aprobó el boceto, “lo que habla de apertura y la diversidad de ideas”.

Y, en medio de todo este acontecimiento, sucedió algo extraordinario que aún tiene sorprendido a Sego, quien, mientras pintaba el muro, escuchó a un puertorriqueño que entre lágrimas le pedía bajar de la grúa.

—Yo estaba como a unos 20 metros de altura y el señor me hablaba desde abajo; me decía que si podía bajar. Yo le decía: “No, no, no puedo, porque estoy trabajando”.

Sego descendió de la grúa como una cortesía y entonces el hombre le regaló una manzana, símbolo de Nueva York, mientras le decía:

“Yo no me voy de aquí porque en esta ciudad pasan cosas como lo que tú estás haciendo”.

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