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Sábado , 15.12.2018 / 15:09 Hoy

Crónicas urbanas

De cocodrilos, quesos, insectos, reptiles...

Humberto Ríos Navarrete

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En 1945, cuando tenía 13 años de edad, Luis Meza Méndez empezó a salir muy temprano de su domicilio, en la colonia Porvenir, delegación Azcapotzalco, pues acompañaba a su padre, con quien abordaba el primer camión del día, sobre la calzada Vallejo, que enfilaba hacia la avenida San Juan de Aragón y daba vuelta por San Juan de Letrán, giraba por Buen Tono y ambos descendían, a eso de las 4:30, para luego empezar a picar hielo con un mazo de madera. Molían barras de 150 y 200 kilogramos.

Luis Meza ya conocía el hielo en aquellos años, pero no en las actuales dimensiones, y comenzó a trabajarlo como lo hacía su padre, quien tiempo atrás había acompañado al abuelo en trajineras que venían de Xochimilco y recalaban en La Viga, para luego trasladar el producto a mercados que cubrían parte del centro de Ciudad de México, precisamente en inmediaciones de donde ahora ofrece cachos de témpanos. La diferencia es que en la actualidad, para realizar el trabajo, usa una vieja trituradora.

La fábrica de la que traían el hielo estaba en la calle de Costa Rica, también en el centro de la capital; a eso de las tres de la mañana, empezaban a transportar barras hasta la calle Ernesto Pugibet, casi esquina con Luis Moya, donde estaba el cubículo del médico veterinario, quien constataba la salud de los animales que se expendían, pues ahí mismo se sacrificaban chivos, conejos, guajolotes, pollos y pichones. Uno de los principales medios de transporte en el entonces Distrito Federal era el tranvía.

El mercado quedó en lo que fueron las bodegas de la Cigarrera El Buen Tono, recuerda Luis Meza Méndez, quien dirige su dedo índice a la parte del enfrente. “Todavía no estaban los edificios ni las torres de Telmex; ni el taller ni las oficinas de la Línea 1 del Metro” en la calle Delicias. “Había muchas líneas de camiones; por aquí pasaba el Juárez-Loreto”.

***

El mercado San Juan Pugibet, según Meza, acaba de cumplir 66 años —otros dicen que 63—; el mismo donde empezó a moler hielo este hombre correoso, de mente lúcida, y lo hacía con mazos de madera. Junto a su padre terminaba el horario de trabajo entre las 6 y 7 de la noche.

Así eran las jornadas laborales de ese tiempo, recuerda Meza, sentado en una desvencijada silla y un viejo escritorio mientras aguarda a que llegue el momento de entrar en acción y echar las paladas de hielo al recipiente de la pequeña máquina trituradora que se zarandea.

El horario se alargaba hasta la tarde-noche, pues el mercado vendía mucho pescado, vísceras y pollo; productos que también eran distribuidos en los alrededores. La actividad incluía los mercados de López y de artesanías, en Arcos de Belén, que años después sería reubicado.

“Hasta 1955 estuvimos en las calles de Delicias, Buen Tono, Vizcaínas, Arandas, Ayuntamiento y San Juan de Letrán”, añade Meza. “Dicen que en las calles de Pescaditos traían todos los pescados pequeños”.

En esta parte de la ciudad, recuerda Meza, era bonanza y alegría. “Tuvimos unos 28, 30 años de auge y prosperidad”.

—¿Y qué pasó?
—Hasta que llegó el terremoto de 1985 y nos quedamos solos. La gente no quería venir de tantos edificios caídos. Tenían terror. Y es que siempre nuestra clientela había sido de la periferia: de Las Lomas, Polanco, Santa Fe...

—¿Por qué esa clientela?
—Por su poder adquisitivo. El mercado San Juan siempre se ha caracterizado por sus productos de primera calidad. Pero nos abandonaron. Algunos venían con temor. Uno o dos años estuvimos casi sin clientela.

—Y resurgió.
—Sí, es cuando el mercado San Juan Pugibet hace lo que el ave fénix: renace de sus cenizas. Y lo hace con el conjunto de compañeros visionarios, y le voy a citar al primero que se atrevió: Los Coyotes, de Andrés García, quien retomó los productos para la comida prehispánica.

***

—Y empieza el boom con Los Coyotes.
—Sí, nosotros colaboramos un poco porque, cuando me hago cargo de la directiva, allá por 1992, empezamos a participar en muestras gastronómicas en la delegación Cuauhtémoc, donde nos invitaban, y lo hicimos con los productos que se venden aquí, como es chistorra a la cebolla, conejo en adobo, venado en salpicón, huevitos de codorniz en escabeche, etcétera, y entonces ganamos los concursos.
—Eso les ayudó.

—Sí, nos ayudó, porque no nos dormimos en nuestros laureles: siempre damos un paso adelante. En 1987, por ejemplo, empezó a venderse comida prehispánica: escamol, gusano de maguey, chinicuiles, hormiga chicantana, carne de venado, de león, cocodrilo, alacranes, etcétera.
—Y empiezan a levantarse.
—Sí, y hay otros visionarios que empiezan a vender tapas, lo que implica comprar quesos finos, carnes frías de primera, jamón serrano... Eso atrae a la población española. Las tapas son en España como aquí las tortas. Hay 30 locales de tapas.
—Y es famoso fuera de México.
—Bueno —sonríe este hombre de rostro curtido—, hay un dicho entre los chefs extranjeros y nacionales, como Pablo San Román, Enrique Olvera y otros: el que no ha cocinado los productos del mercado de San Juan, no es chef de verdad. Somos el mercado más importante a nivel latinoamericano.

En 1985, cuando Luis Meza Méndez tenía 38 años de edad, su padre le pidió que se hiciera cargo del negocio, pues le dijo que él ya no era capaz de seguir al frente. Estaba cansado y enfermo.

Los dos hijos de Meza Méndez, José y Víctor, estaban en la prepa y la secundaria. Él quería que estudiaran una carrera, porque su trabajo “es muy pesado”, pues solo descansa dos veces al año: 25 de diciembre y 1 de enero.

Pero José y Víctor insistieron en “echarle la mano” y él aceptó; nada más que para Víctor no fue suficiente el ejercicio que hacía con el hielo; entonces decidió practicar fisicoculturismo y ahora se dedica a instruir en gimnasios, incluso ganó el subcampeonato nacional de Míster México.

“No le puedo decir que tienen una gran carrera, pero son muy trabajadores, no son borrachos ni drogadictos”, se ufana Luis Meza Méndez. “Esa es una fortuna y estoy orgulloso”, rubrica, y da por terminada la plática y reinicia su trabajo con paladas de hielo en la trituradora.

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