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Jueves , 20.09.2018 / 06:01 Hoy

Crónicas urbanas

Catedral resiste sobre tumbas

Humberto Ríos Navarrete

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La tarde del pasado jueves un rayo afectó la torre oriente de la Catedral Metropolitana con una descarga sobre una guirnalda que cayó y se hizo pedazos en el atrio, donde el pasado 19 de septiembre había quedado otra escultura, la Esperanza, después de caer a casi 40 metros de altura, luego de que la cruz del campanario oriente se vino abajo.

Los cachos de la Esperanza fueron envueltos en plástico y afianzados con cinta adhesiva sobre un pasillo de lo que fue la curia, del lado izquierdo de la catedral; días después, otras dos esculturas, la Caridad y la Fe, tuvieron que ser desmontadas del cubo del reloj, pues corrían el riesgo de desplomarse con otra sacudida. Las transportaron al mismo lugar.

La Fe, que representa a una mujer vendada del rostro, y la Caridad, con figuras de dos niños en brazos, están deterioradas de pies a cabeza, rotas y agrietadas, sobre todo la primera, con el muñón de la mano derecha, como el de un humano amputado. Forman parte de las Tres virtudes, del arquitecto y escultor Manuel Tolsá. Datan del año 1813.

Las tres habían permanecido fijas, en lo alto, hasta que se sumaron al deterioro general de la Catedral Metropolitana.

Ese contexto sirve como punto de partida para el sacerdote José de Jesús Aguilar Valdés, quien describe el abandono en que se halla el templo, considerado como Patrimonio de la Humanidad desde 1987.

El padre Aguilar, con dicción clara y pausado, titula su pieza “Me dueles, catedral”, y mientras hace la narración una cámara de video enfoca lo que describe. En ocasiones endurece la voz, acentúa cierta indignación. Es un periplo por el interior y parte del exterior.

“Casi 250 años para embellecerte y convertirte en una de las edificaciones más importantes de América, con tus magníficos retablos”, dice. “Sin embargo, me duele que el sismo haya derribado una escultura y la cruz del campanario”.

Habla del descuido, el abandono y la falta de recursos, y asegura que —la cámara avanza en el interior de lo que fue el edificio de la curia— “el sismo no es el único causante de tus daños, porque aquí también, en este patio, un ángel que fue parte del Altar Mayor en el siglo XIX parece abandonado a su suerte, como si las plantas que lo cubren tuvieran más interés en protegerlo”.

Aguilar Valdés extiende su narración detallada y menciona, entre otros descuidos, esos manojos de cables acumulados en recovecos, así como la suma de anuncios adheridos en paredes y muebles.

Y sin embargo hay otro lugar que por su cuidado y pulcritud contrasta con el resto de la Catedral Metropolitana: el subterráneo, a 50 metros de la cúpula, zona de criptas en las que permanecen cientos de nichos con los restos de civiles y de arzobispos de la Arquidiócesis de México, empezando por los de Fray Juan de Zumárraga (1528-1548) y en la número 41 los de Ernesto Corripio Ahumada, fallecido el 2 de abril de 2008.

Está vacía la de Norberto Rivera Carrera.

***

Habrá que bajar las gradas y detenerse en el cruce de dos largos pasillos subterráneos en cuyas paredes hay gavetas con nombres de personas que pidieron —o sus familiares lo decidieron— que sus restos reposaran en este lugar, no sin antes tramitar una tarifa.

Un círculo está en el centro. Es un espacio fresco y silencioso, sin grietas a la vista, y apenas se percibe el rumor de creyentes y la voz de quien oficia la misa metros arriba, en el interior de la Catedral Metropolitana. Estamos bajo el denominado Altar de los Reyes.

El guía, don Carlos Vega Sánchez, cronista de la catedral, no solo conoce cada rincón de la edificación, sino la historia de este mausoleo en el que reposan los restos de 41 obispos que ejercieron, sin importar el tiempo; por ejemplo, Juan Palafox y Mendoza, quien de 1642 a 1643 estuvo al frente del arzobispado.

Los restos de prelados tienen un lugar especial al fondo. Sus criptas forman un redondel. Están bajo el denominado Altar de los Reyes.

“En 1937 llegó un nuevo arzobispo de México, don Luis María Martínez, pero sucede un pequeño accidente: se sume el piso de frente a la capilla de los Ángeles”, relata Vega Sánchez.

—¿Por qué?

—Porque el piso era de madera. Se sumió 50 centímetros. Entonces terminan las festividades, se reúne el nuevo arzobispo, le dan una información de lo que sucedió y manda a hacer un estudio de lo que se necesitaba. Se reúne un grupo y forman una comisión de Orden y Decoro, que preside Juan Laine, quien le informa: “Señor, esta catedral se terminó de edificar el 17 de junio de 1813, por el arquitecto Manuel Tolsá, que es cuando se colocan las tres virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad”.

En el informe anotan que en 104 años, durante los cuales han pasado muchas cosas, añade Vega Sánchez: “La Independencia, el primer Imperio, el segundo Imperio, el Porfiriato, la Revolución, la pos-Revolución... La catedral estuvo muy abandonada y hay que arreglar desde el piso”.

Y es cuando surge la idea de hacer las Criptas de los Arzobispos, que inauguran el 19 de noviembre de 1954.

Lo primero que hacen es un monumento de mármol en honor a Fray Juan de Zumárraga, quien fue obispo de 1528 a 1548. Sus restos quedan en el centro.

Es una figura acostada, las manos cruzadas sobre el pecho y símbolos que le corresponden. Tiene una imagen de la virgen de Guadalupe, la mitra de obispo y su escudo de franciscano.

En la base del monumento, visto de frente, hay una piedra prehispánica con la figura de una calavera.

La bóveda está hecha de tezontle —explica Carlos Vega Sánchez, de 83 años, complexión resistente—, con el símbolo de una cruz de Jerusalén bizantina. También hay un altar con una piedra de sacrificio; al centro, un Cristo de mármol y seis cirios.

De 75 nichos solo hay ocupados 41, aunque ya está numerado el siguiente, con el nombre del hoy emérito Norberto Rivera Carrera, que fue arzobispo primado de México de 1995 a 2017, sustituido por Carlos Aguiar Retes el pasado diciembre.

La puerta de la bóveda es una pesada lápida donde se lee: “Débese la disposición de esta morada al excelentísimo don Luis Martínez, digno arzobispo primado, quien la bendijo el 19 de noviembre del año 1954”.

Y hay que salir a la superficie.

***

Cerca de la puerta que da a la Cripta de los Arzobispos, en lo que fue la curia, están las deterioradas esculturas de Manuel Tolsá: la Fe ciega y la Caridad, desmontadas en noviembre del año pasado, un mes después del sismo. De Esperanza quedan dos pedazos envueltos en plástico.

—¿Cómo ve?

—Estuvieron 204 años a la intemperie... —reflexiona Vega Sánchez, mientras observa los restos de las Tres Virtudes, una de ellas, la Esperanza, partida en dos pedazos cubiertos y ceñidos en plástico.

Y se queda pensativo el también coautor del libro Cómo vemos la Catedral Metropolitana de México y su Sagrario en el Siglo XXI.

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