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Crónica

Un nuevo Salón México

Hugo Roca Joglar

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Aaron Copland (1900-1990) bailó danzón y bebió tequila en el Salón México en 1932. Escuchó a la orquesta hasta el amanecer y registró algunas melodías —como los temas principales de las canciones El mosco, Palo verde y La Jesusita— en una servilleta sucia de limón y grasa. Inspirado en esta experiencia compuso un popurrí sinfónico que estrenó la Orquesta Sinfónica de México el 27 de agosto de 1937 bajo la batuta de Carlos Chávez (1899-1978) en el Palacio de Bellas Artes (que había sido inaugurado tres años antes). Música chispeante y colorida sobre una antigua vida nocturna sensual e inocente que hemos perdido para siempre.

Ocho décadas después, de pie ante el edificio de la colonia Guerrero que albergó ese Salón México, me pregunto a qué suenan hoy las noches de la capital mexicana. ¿Cómo representar su horror y brutalidad, su angustia y basura, su saturación y violencia, sus feminicidios y extorsiones, su hostilidad, corrupción, voracidad, venganzas y rencores? Por humana, la melodía (y por ende el sistema tonal) está descartada. Imagino, entonces, una articulación sonora desde la electroacústica, donde el sonido —al ser manipulado por tecnología— se convierte en materia y ofrece la posibilidad de, al grabar directamente sobre la realidad, construir metáforas de incontestable contundencia.

Este Nuevo Salón México electroacústico del siglo XXI comienza con el histérico grito de una trompeta que se desfigura a causa de una ráfaga de balas. Insultos, suspiros, llantos, motores y plegarias se confunden y enciman en una siniestra batahola indescifrable. Luego, un largo silencio. Se derrumba un edificio. Claxon de motocicleta. Organillero. Ruido de nariz que esnifa. Pitido virtual que avisa sobre un nuevo mensaje de Facebook. Vibra una campana. Y de nuevo la trompeta; de su histérico grito surgen aires de mariachi, pero nunca terminan por crearse, pues son interrumpidos por una niña que lee sin expresión: “Fragmentos de dos cuerpos humanos fueron encontrados en bolsas de plásticos bajo el puente Nonoalco, en Tlatelolco. La policía capitalina cree que se trata de un ajuste de cuentas entre bandas de narcotraficantes que se pelean el control de la plaza Garibaldi. Se descubrió el tatuaje de un Bugs Bunny cargando una metralleta en un pedacito de antebrazo.”, y la indiferente voz infantil se desvanece entre el burbujeo de vísceras, huesos y carne disolviéndose en ácido.

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