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Jueves , 18.10.2018 / 09:41 Hoy

Tras bambalinas

‘Debiera haber obispas’

Hugo Hernández

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El término “visionario” con el que define Susana Alexander el texto de Debiera haber obispas es perfecto, exacto, y más que justo para esta brillante obra de don Rafael Solana.

Escrita en 1953, y estrenada un año más tarde en la hoy desaparecida y mítica sala Chopin, ésta es una de esas obras para las que el calificativo de “un clásico” es más que pertinente.

Y es que, como bien explica Italo Calvino en su libro Por qué leer a los clásicos, se trata de una propuesta que no solo no pasa de moda, sino que con el tiempo se vuelve más vigente, aunque en este caso la vigencia del tema resulte vergonzoso y molesto.

Veamos por qué: Debiera haber obispas cuenta la historia de Matea, solterona que dedicó su vida al cuidado del cura de un pequeño pueblo, quien, antes de morir, fue víctima de la locura. El resto de los personajes, lugareños que nunca ha evitado mostrar su desagrado hacia ella, intenta culparla de la muerte del cura, hasta que el obispo les insinúa que es posible que Matea conozca todos los secretos de confesión que habían depositado en el padre. Evidentemente cambian su actitud y tratan de ganarse su amistad convirtiéndola en la mujer más poderosa del pueblo.

Hoy, a casi seis décadas y media de su estreno, esta puesta en escena es absolutamente vigente, pues si bien hay avances más que evidentes en el papel que ocupa la mujer en la sociedad, ni duda cabe que aún se encuentra muy por detrás del sitio ocupado por los hombres.

Religión, política, familia, amor, intereses personales, posiciones eclesiásticas, corrupción, son algunos de los temas que toda esta fantástica comedia, pues todo está visto desde el humor, que como bien se sabe, es la mejor manera de acercarse a un tópico tan espinoso como éste.

Un clásico del teatro mexicano que todos debiéramos ver pues no solo es fantástico el texto sino también el montaje actual, encabezado por uno de los pilares de la escena mexicana: Susana Alexander, quien está, como siempre, brillante, y con la energía y el empuje que contagia a toda su estupenda compañía: Roberto D’Amico, Cecilia Romo, Enrique Becker, Caribe Álvarez, Julio César Luna, Pilar Flores del Valle, y Rosario Zúñiga, a quien da un enorme gusto ver de nuevo en teatro.

Debiera haber obispas la estrenó la legendaria María Tereza (sic) Montoya hace 64 años; hoy otra grande de nuestras tablas hace justicia a la revolucionaria Matea: la gran Susana Alexander.

hugohernandez@mejorteatro.com

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