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Martes , 11.12.2018 / 19:43 Hoy

El país de las maravillas

Una sola razón para votar en masa

Horacio Salazar

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Todo ciudadano ha vivido, ha padecido, ha sufrido las consecuencias del cinismo desenfrenado con el que se han manejado las finanzas nacionales. Hemos tenido (y tenemos) funcionarios preparados en instituciones irreprochables, y hemos tenido miles de expertos en cargos públicos. Y sin embargo todos esos talentos y todos esos conocimientos quedan aplastados en el día a día de la politiquería con que se percolan las decisiones a medida que descienden por la escalera jerárquica.

Apenas un nivel abajo del funcionario probo (y a menudo con su anuencia, si no con su ayuda) ya las cosas empiezan a torcerse. Las políticas que lucen sensacionales en papel, las leyes que nos enorgullecen, los reglamentos que las precisan y acotan, caen todos bajo el peso del compadrazgo, la cuota, la mirada para el otro lado y cuarenta mil técnicas diseñadas para darle un mordisco a los presupuestos.

Llegan los funcionarios al cargo flacos y ávidos; se van redondos y prósperos. Las contadas excepciones confirman la regla. El político pobre es un pobre político. Y las sonrisas relucen, las palmadas en la espalda ocultan que, en lo oscurito, las marranadas son tan trompudas como horripilantes.

Eso se debe terminar. Sin duda. Y si le preguntamos a cualquier candidato de cualquier partido (o sin partido) que busca cualquiera de los cargos que se disputarán en las elecciones de julio, habrá unanimidad: ¡todos contra la corrupción, todos por la transparencia, todos contra la impunidad, todos por las minorías, las mujeres y los desprotegidos! ¡Faltaba más! En el verbo, chorreamos pureza. Hasta que, después de la elección, los nuevos instalen a sus cohortes en los sitios por donde fluye el dinero.

Y todos los mexicanos sabemos que, de todos los candidatos, muy pocos harán siquiera un esfuerzo por lucir decentes. Entonces, ¿por qué votar? Si la caballada está tan flaca; si es tan malo el pinto como el colorado, ¿para qué tomarnos la molestia de salir, en domingo, a participar en un proceso viciado y obsoleto?

Por una sola razón: para que, gane quien gane, compartamos la responsabilidad de ponerlo ahí. Si gana Fulano, pero solo votó el 30 por ciento del padrón, los abstemios deberían tener la vergüenza de no quejarse. Si vota 70 por ciento del padrón, y nos equivocamos, al menos tendremos la certeza de que el error fue de todos. Y todos podremos, en coro, exigirle para expiar nuestro error. ¡Así que a votar!

horacio.salazar@milenio.com

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