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El país de las maravillas

Una historia zapatista

Horacio Salazar

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Ayer, el presidente Andrés Manuel López Obrador anunció un año dedicado a evocar el centenario del asesinato de Emiliano Zapata Salazar, emboscado el 10 de abril de 1919. Y presentó a los medios a los descendientes del caudillo suriano, por quienes habló Jorge Zapata González.

Una breve pesquisa nos dice que este último es hijo de María Magdalena González Cortés y de Nicolás Zapata Alfaro, uno de los 15 hijos conocidos del general. O sea que Jorge Zapata González es, remotamente, mi pariente.

Me explico. El general Emiliano Zapata Salazar nació en 1879, hijo de Gabriel Zapata Ventura y de Cleofas Salazar Cerezo. En su lucha revolucionaria participaron varios Salazares. Por ejemplo, un hermano de su mamá, León Salazar (su tío, pues), tuvo por hijo al militar Amador Salazar Jiménez, que por una apuesta mató a tiros a un enemigo de la revolución. También tomó las armas con Zapata Juan Salazar Galindo (hijo de León Salazar con otra mujer, Francisca Galindo), y Celestino Salazar Salazar fungió como su impresor.

Tanto apellido Salazar sin duda es una coincidencia, ¿no? Pues no. Mi primo Hilario, convertido de facto en el recuperador de la historia familiar, me reveló que la mamá del general Zapata, Cleofas Salazar, era prima hermana de Hilario Salazar y Galarza, quien, para más señas, ¡es mi bisabuelo! Él tuvo ocho hijos: uno de ellos mi abuelo, Telémaco Salazar Ayala, y otro, Hilario Salazar Ayala II, abuelo de mi primo Hilario.

Hay mil detalles en esta historia como para contar aquí. Baste decir que el general Adrián Castrejón, uno de los allegados a Zapata, fue también uno de quienes le traicionaron, y como premio lo hicieron gobernador de Guerrero, entre 1933 y 1936. Castrejón persiguió a mi abuelo Telémaco, y cuando éste acató las órdenes del general Lázaro Cárdenas de repartir tierras a los campesinos, participó en una traición que culminó con el asesinato de mi abuelo.

El nieto de Zapata dijo ayer que su abuelo imaginaba que otro México era posible. Yo, pariente lejano, también imagino un México mejor, pero me pregunto, comparando a aquellos hombres de los años 1930 con los actuales, si son estos últimos los que lo harán posible. Lo dudo.



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