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Viernes , 14.12.2018 / 03:05 Hoy

El país de las maravillas

Transgénicos en México

Horacio Salazar

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Hace un par de días, Víctor Villalobos Arámbula, que arrancará el sexenio de Andrés Manuel López Obrador como titular de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (Sagarpa), reiteró la noción de que un científico metido en política es un político, al declarar tajante: “No se van a sembrar semillas transgénicas en este gobierno”.

No es que Villalobos no sepa del tema. Egresado de la Escuela Nacional de Agricultura, hoy Universidad Autónoma Chapingo, tiene décadas metido en estos menesteres, y difícilmente habrá quién le pueda negar sus credenciales académicas.

Pero cuando López Obrador anunció su integración al Gabinete el pasado diciembre, muchos en el movimiento organizado en torno a los pequeños productores mexicanos pusieron el grito en el cielo. Greenpeace exclamó que con Villalobos en la Sagarpa, el campo mexicano estaba en peligro. Y colectivos oaxaqueños le pidieron a AMLO tomar la tijera y sacarlo del todavía inexistente Gabinete.

Para todos estos críticos, Villalobos ha sido, históricamente, un aliado de Monsanto y demás transnacionales de la biotecnología (¡Huy, qué miedo!). Cuando en 2001 se dio el escándalo del hallazgo de transgenes en maíces oaxaqueños, él era subsecretario en la Secretaría de Agricultura.

Le achacan haber sido artífice del TLC Transgénico, que permitía hasta cinco por ciento de “presencia accidental” de transgénicos en embarques no etiquetados como tales. Y lo culpan de boicotear el Protocolo de Cartagena, evitando más restricciones para controlar el riesgo de los cultivos transgénicos.

Dicho en buen cristiano, para muchos Villalobos era como el zorro en el gallinero, una pieza de Monsanto en México, etcétera.

Y sin embargo, lo que ha dicho de diciembre a la fecha ha sido sensato y razonable: antes que aprobar los transgénicos, hay que ver cómo nos va limpiando los procesos de apoyo al campo y aplicando la inteligencia al sector rural. Usemos bien las tecnologías convencionales, sin rechazar a priori innovaciones basadas en el conocimiento científico. Organicemos a los productores en cadenas agroproductivas que les permitan irse adueñando de los procesos.

Todo sensato. Hasta que el jueves se reunió con López Obrador y salió con la consigna: no a los transgénicos. La aplanadora monolítica habló, y Villalobos acató. Hasta ahora, el marcador es triste: la ciencia, 0; el populacherismo, 2.

horacio.salazar@milenio.com

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