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Miércoles , 18.07.2018 / 22:07 Hoy

El país de las maravillas

Sexo y moralina: nosotros 'los mochos'

Horacio Salazar

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Ya tiene rato la nueva ofensiva de la Unión Neolonesa de Padres de Familia contra la inclusión del sexo en los libros de texto para niños. En estas páginas se han documentado los extremos de cretinismo a los que han recurrido en nombre de su derecho a que sus hijos sean educados como ellos quieren.

No quiero perder mi tiempo ni el de mis tres lectores detallando esas tonterías que van desde los expertos a los que contrataron para detectar al diablo en los textos hasta la petición de quemar libros o la más moderada noción de simplemente arrancarles las páginas. Sólo quisiera aportar un átomo de razón a estos alegatos.

Claro, lo que argumente aquí no persuadirá a ninguno de estos inquisidores; sería como arar en el mar. Sólo quiero llamar su atención sobre algunos detalles. También sé que estos paterfamilias ya conocen estos detalles, pero optan por cerrar ojos y oídos a la verdad para engordar su percepción de que son unos mártires de la moralidad.

Lo más obvio es lo primero: todos esos señores y señoras de rostro adusto y moral pre-renacentista no llegaron aquí por generación espontánea. Y apostaría a que si revisáramos fechas y demás, hallaríamos que muchos progenitores se comieron el lonche antes del recreo. Pero de eso no se habla, claro.

Luego, ¿dónde está la línea que separa a la sexualidad sana de la promiscuidad? Si son tan píos y pacatos como presumen, ni siquiera pueden tener idea de lo que es la promiscuidad.

Son dos cosas las que me sublevan. La primera, que al parecer no tienen otra cosa que hacer que buscarle defectos a lo que hacen los pedagogos del Gobierno, que quizás no son excelsos, pero que al menos hacen cosas aplicables a una niñez tan heterogénea y diversa como la mexicana. Si esas madres y padres tienen en verdad idea de cómo educar a un niño, que empiecen con sus propios hijos y que dejen a los demás ocuparse de los suyos.

Porque ahí está el asunto: estos quemalibros no sólo cuestionan una responsabilidad del Estado a la que podrían escapar poniendo a sus hijos en escuelas privadas, sino que además se arrogan el papel de representar a todos los padres de familia del país. Mi tercera apuesta es que si hiciéramos un referendo nacional sobre esos contenidos y descubrieran que están en minoría, seguirían amachados en su actitud, porque en el fondo lo que quieren es imponer su propio modelo ideológico a todos. No se vale.

horacio.salazar@milenio.com

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