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El país de las maravillas

Recuerdos de Lysenko

Horacio Salazar

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Hace 34 años hurgaba entre los remates que tenía en Monterrey la librería del Conacyt (¡sí, tenía librería!), y me encontré una verdadera joya. Un libro escrito en ruso por Zhores A. Medvedev y traducido al inglés por I. Michael Lerner: The Rise and Fall of T. D. Lysenko. Ese libro y su lectura se convirtieron en un capítulo de mi propio libro El ombligo de Edipo.

Recordé este libro tras leer opiniones sobre la intención de Andrés Manuel López Obrador de poner frente al Conacyt a Elena Álvarez Buylla, científica de renombre que, para bien o para mal, es una de las adversarias más firmes de la introducción de transgénicos en el campo mexicano.

Dejo para otros las discusiones sobre sus méritos o deméritos, que realmente yo no conozco. Pero las palabras suyas que han citado sus críticos me alarman. Primero, por su versión instrumentalista de la ciencia como una actividad que tiene que ponerse al servicio de la sociedad y no, como la ha definido Ruy Pérez Tamayo, como una empresa humana productora de conocimiento.

Recuerdo la anécdota de Michael Faraday y un dignatario que llegó a visitarlo y que escuchó su explicación del electromagnetismo. “¿Y eso para qué sirve?”, preguntó. La tradición dice que Faraday replicó: “¿Y para qué sirve un recién nacido?”. Decir que la ciencia ha de ponerse al servicio de la sociedad es como predeterminar lo que hará de adulto un bebé.

La segunda razón de mi alarma viene de su defensa de lo que llama “ciencia campesina”, que parece preferir antes que su denostada “ciencia occidental”. En su tiempo, en la URSS, Trofim Denisovich Lysenko se trepó en el aparato político para imponer una “ciencia proletaria” que atrasó décadas el progreso de la genética soviética, como detalla Medvedev en su libro.

Las causas populares tienen que ser defendidas, pero no a costa de convertir la ciencia en juguete de la política. En efecto, sería un error proponer a una activista como responsable de la ciencia mexicana. Termino con unas palabras de Louis Althusser en el prólogo a Ciencia proletaria, recuento del caso Lysenko escrito por Dominique Lecourt: “Un error, aunque haya sido señalado por anticipado por una minoría descuidada, desautorizada, desarmada o derrotada, siempre es reconocido y denunciado como error (¡si es reconocido!) cuando ya es demasiado tarde”. Ojalá escarmentemos en cabeza ajena. Ojalá.


horacio.salazar@milenio.com




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