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Jueves , 20.09.2018 / 13:46 Hoy

El país de las maravillas

México, entre la calidad y la mediocridad

Horacio Salazar

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Por más que quiero exudar una dosis masiva de optimismo, la terca realidad me arrastra hacia el barranco. Hablo de los mexicanos, que podemos ser de clase mundial pero también podemos ser de clase sin clase, chambones hasta el tuétano.

Andaba yo feliz porque mi tendencia al optimismo se vio animada por una conversación que tuve con una chica regiomontana, Verónica Alanís, quien trabaja para la empresa Dyson como parte de un equipo de 103 personas que se afanan por perfeccionar una secadora de pelo que ya es una maravilla de la tecnología.

La plática fue agradable porque ella es sencilla y sin aspavientos se dice feliz de trabajar en una empresa dirigida por un genio y en la que espíritus creativos de todo el mundo se sienten en el paraíso, impulsados a inventar y a formarse continuamente en un ambiente de nivel primer mundo.

Luego tuve con otra realidad un tropiezo que me devolvió a una pregunta que me hago desde hace años. ¿Qué tenemos los mexicanos que arrastramos hacia el fondo lo mejor que recibimos? Me explicaré con tres ejemplos de empresas extranjeras llegadas a México. Algunos recordarán cuando llegaron a Monterrey negocios como Sam’s, Home Depot y Carl’s Jr. Yo tengo en mente la excelencia en el servicio con la que aterrizaron en la comunidad regiomontana.

Los tres prosperaron porque llegaron con una atención a la que no estábamos acostumbrados. Tenían grandes espacios, buenos precios y un aplaudible esmero en el cuidado del cliente. Dos o tres años después, parte de aquella gloria se había ido. Aún ofrecían (y ofrecen) una buena experiencia, pero la magia terminó, y aquello ocurrió a medida que fueron ocupando empleados mexicanos y que los supervisores foráneos volvieron a su tierra.

Ayer viví algo parecido con Uber, el servicio de transporte que llegó a revolucionar la movilidad, algo crucial en la Ciudad de México. El conductor que me asignó la plataforma debía llegar al aeropuerto 20 minutos después de la petición. Llegó, y lo que hizo el canijo fue cancelar el viaje, ya estando en el aeropuerto, para tomar otra asignación. Y en viernes de tarde-noche, su decisión significó agregar a un viaje cansado otra hora y media de espera.

Para mí fue una mala experiencia que se suma a las otras que conté, y pregunto: ¿es mucho pedir que nos inclinemos más a la calidad que a la chambonería? ¿O acaso estoy haciendo una tempestad en un vaso de agua?

horacio.salazar@milenio.com

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