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Martes , 16.10.2018 / 14:43 Hoy

El país de las maravillas

México, el país que expulsó a la justicia

Horacio Salazar

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Hay una historia que he leído en varias versiones, pero básicamente dice que un miserable llegó llorando ante un juez, a quien pidió justicia para su caso. El magistrado lo miró fríamente y le dijo que su trabajo era aplicar la ley. Para conseguir justicia tendría que buscar en otra parte.

Así estamos los mexicanos, o peor, habida cuenta de que las mismas instituciones que supuestamente son la piedra angular de la vida en sociedad han optado por definir a la justicia en sus propios términos e incluso por hacer la vista gorda a las violaciones a la ley. Como dice una paráfrasis común y lamentable: estamos jodidos, mexicanos. Porque lo que nos espera no es justicia, y ni siquiera tendremos ya el amparo de la ley.

Como lo anterior es una retahíla de abstracciones, vayamos a la concreción de unos cuantos ejemplos.

El subprocurador anticorrupción de Nuevo León, Ernesto Canales Santos, anda por ahí declarando que el juicio de amparo y otros detalles de ley obstaculizan la lucha contra la corrupción. ¿Qué es lo que quiere? Me imagino, por lo que dice, que al señor le encantaría que la ley cediera ante su propia visión particular de justicia.

Ah, pero apenas sale a relucir el cobijagate, y el señor Canales dice que no hubo un registro confiable del procedimiento. ¿De veras? ¿Y entonces dónde está su rigor para castigar a quienes procedieron no como se debe sino como no se debe? Ah, les pusieron una multilla, y cuando la gente reaccionó, aumentaron la multa. ¿O sea que no hubo delito? ¿O sea que una transa de ese tipo no es punible? ¡Imagínese a la ley cediendo ante la visión particular de un funcionario sesgado!

Otro ejemplo: en sesión del Congreso del Estado tenía que votarse algo, y votaron 41 diputados. ¿Pero cómo pudieron hacerlo, si en el recinto había apenas 32 legisladores? Cometieron un fraude, porque hubo “acomedidos” que votaron por compañeros ausentes.

Con estos antecedentes no es extraño que en niveles de más arriba todo mundo se haga pato frente a la flagrante intromisión de la Iglesia en asuntos de Estado. ¡Pobre México, abandonado por la justicia y en manos de poderosos que quieren definir las leyes a su modo y conveniencia! Y ya no hay un Chapulín Colorado para defendernos, así sea sólo en broma.

horacio.salazar@milenio.com

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