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Lunes , 25.06.2018 / 12:34 Hoy

Ante el espejo

Sobre la felicidad

Hernán Mejía López

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El fin de toda filosofía humana –por más compleja o sencilla que ésta sea– es conducirnos a la felicidad, su búsqueda puede completarse de manera abstracta-teórica o espiritual-práctica; como "norma personal de existencia" siempre y cuando sea incompatible con la degradación de la persona o el desastre social.

Vale la pena decir que no existe manual que conduzca a la conquista de la felicidad perfecta, pero sí razones como la igualdad y emociones como la amistad que la vitalizan por traer la paz a los placeres del espíritu y el gozo de los sentidos. Un auténtico cultivo de la salud del alma hace que nuestra vida sea más rica, más profunda y, en consecuencia, más noble y "feliz".

Entendiendo a la felicidad como goce interminable, como disfrute sano y tranquilo de un ideal de vida equilibrado y digno de ser admirado, entusiasmo ante la infinita cantidad de intereses que el universo nos ofrece, la puesta en práctica de acciones nobles como el cariño y la confianza, cimientan socialmente un trabajo que instrumenta el bienestar como ejercicio de una habilidad de todos, y construye empáticamente el bien común, gestionando redes emocionales que solidifiquen socialmente el amor.

El valor de la experiencia demuestra que la felicidad del espíritu es superior a la del cuerpo y que el placer de los sentidos está incompleto y es efímero sin el del espíritu. No hay carencia, sino plenitud a través de la realización alegre de los placeres y gozos duraderos, puesto que la virtud realza al ser humano para con sus semejantes por medio de la prudencia del pensamiento y la moderación del sentimiento.

Hay que asentir la felicidad y para sentir ser felices es necesario ser conscientes del mundo en que uno vive, trascender positivamente ante la naturaleza.

Un mundo sin la posibilidad del deleite y sin el gozo restaurador de los afectos, es un mundo privado de valor. La vida es bastante breve como para interesarse y abarcar todo, pero conviene dedicarse a tantos asuntos y cosas como sean posibles y necesarias para llenar de satisfacción nuestras vidas. Y ninguna de éstas debe llevarse tan lejos que imposibilite a las demás.

El hombre del siglo XXI, para ser feliz, deberá desarrollar su corazón tal como ha desarrollado su cerebro. Esa será la mejor sensación de que controlamos algo de nuestras vidas.

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