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Martes , 17.07.2018 / 14:28 Hoy

Ante el espejo

A la nobilísima profesión

Hernán Mejía López

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En el acontecer de los años, los abogados honramos con orgullo que un grupo de hombres de bien como Bartolomé Frías y Albornoz, el 12 de julio de 1553, con su cátedra de Derecho Romano en la que exponía las Institutas de Justiniano, inauguraba la profesión de abogado en el continente americano.

Como a él, es digno también recordar a Pedro Morones, fiscal de la Real Audiencia para disertar sobre el Decreto de Carlos V, expedido en la Ciudad de Toro el 21 de septiembre de 1551, que a instancias de Don Antonio de Mendoza, primer Virrey de la Nueva España, y de Don Fray Juan de Zumárraga, primer Obispo de México y del Cabildo Municipal de la Ciudad de México, expidió la cédula de fundación de un estudio de universidades de todas las ciencias para los naturales e hijos de los españoles, dando nacimiento a los cursos de Derecho en América.

Durante la etapa post intervencionista, para obtener el título de abogado, conforme a la Ley del 2 de diciembre de 1867, también conocida como Ley Orgánica de la Instrucción Pública, era necesario aprobar los estudios preparatorios, así como los instituidos por la Escuela Nacional de Jurisprudencia, que comprendían entre el primer y cuarto año: Derecho Natural, Derecho Romano, Derecho Patrio, Derecho Eclesiástico, Derecho Constitucional, Administrativo, Internacional y Marítimo –incluyendo formación teórico-práctica con un abogado o juez civil–, y para el quinto año Procedimientos Civiles y Principios de Legislación con seis meses de práctica en un juzgado criminal.

El abogado debe ser un servidor del derecho y un coadyuvante de la justicia, debe ser un profundo conocedor de la ciencia del derecho, pues asesora, aconseja, ayuda, defiende, combate y actúa en nombre de otro con responsabilidad, honorabilidad, lealtad, discreción, prudencia, franqueza, amor al derecho y pasión por la justicia. Este quehacer profesional en países como Italia, Alemania, Inglaterra o Estados Unidos privilegia la colegiación, pues la intervención del abogado en la solución de conflictos debe garantizar una labor que patentice su responsabilidad y legitime su formación que lo haga un profesional calificado. En nuestro país, la colegiación es todavía un asunto debatido que insta porque nuestra profesión retome su importante función: promover el estudio de la nobilísima ciencia, filosofía, técnica y arte del Derecho, incorporar a su seno a los más distinguidos juristas y dedicar sus propósitos especialmente a la juventud que honre ese conocimiento.

El perfil profesional del abogado contemporáneo debe cubrir dos flancos; cualidades personales y habilidades sociales como iniciativa, tenacidad, capacidad intelectual, seguridad en sí mismo, lealtad, ética, trabajo en equipo, y capacidad de comunicación. El fin mínimo de todo ordenamiento jurídico es la paz pues el derecho busca el equilibrio entre idealidad y realidad, defendiendo los valores supremos. De acuerdo con el INEGI, 2014, en México somos un total de 321,000 Abogados, entre mujeres (42%) y hombres (58%). Hoy más que nunca, nuestro país necesita abogados con vocación, para recobrar la tranquilidad social y la felicidad que solo se alcanzan con la paz.

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