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El Manubrio

La velocidad, la droga y un crimen

Héctor Zamarrón

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En Música en la noche y otros ensayos (1931), Aldous Huxley consideró a la velocidad como uno de los auténticos placeres modernos, el equivalente a una nueva droga capaz de sustituir a la cocaína o el alcohol. El autor inglés algo sabía del tema, puesto que dejó sus experiencias al respecto descritas en Las puertas de la percepción.

Años más tarde, los fabricantes de autos Bugatti, Porsche, Ferrari y Mercedes, rindiéndole un tributo involuntario, lograron que sus vehículos superaran los 100 kilómetros por hora en menos de tres segundos.

Aunque no hace falta comprar esas marcas para ello. Algo cercano se experimenta a bordo de un Mini Cooper o un Ford Focus St, que logran llegar a los 100 km/h en menos de seis segundos, es decir, en menos tiempo del que se tarda en leer este párrafo.

Perfectas para las autopistas o los circuitos de carreras, esas velocidades no son para las ciudades, porque también en menos de seis segundos se puede privar de la vida a una persona. No pueden usarse en las ciudades, es criminal hacerlo.

Tenemos, como sociedad, una tolerancia enfermiza hasta los excesos de velocidad. Incluso amigos cercanos se inconforman si les prohíben pisar el acelerador de noche. ¡Pero si ya no hay gente en la calle!, afirman.

Huxley no solo hablaba de la velocidad como una nueva droga, sino que también sabía de sus consecuencias y advertía que, como otros placeres en exceso, la velocidad puede convertirse en dolor o en muerte, agrego yo.

Prueba de ello es el homicidio de Daniela Pinal y su madre, Lucía Borquez el 30 de noviembre pasado. Una era odontóloga, de 31 años, la otra, corredora de bienes raíces, de 63 años.

Ambas esperaban su auto sobre la acera de avenida Coyoacán cuando un conductor a bordo de la camioneta Lincoln Mkz, placas de Morelos PZE 7585, apareció a toda velocidad y golpeó a otro vehículo, un Chevrolet Beat que se encontraba a unos metros de las dos mujeres. El Beat salió proyectado y mató en un instante del golpe a Daniela y a Lucía. Bruno, un ciclista que estaba en el lugar, quedó con las costillas rotas, una fisura en la pelvis y un pulmón perforado.

El responsable del choque fue Anatolio González Emigdio, aproximadamente de 53 años, quien al bajar de su auto "se tambaleaba de un lado a otro y no podía articular, estaba somnoliento, al parecer en estado de ebriedad”. Iba acompañado de Luis Fernando N, de 20 años.

Aunque se abrió la carpeta de investigación en su contra por el delito de homicidio culposo por tránsito vehicular CI-FBJ/BJ-2/UI-2 C/D/02031/11-2018 en la Fiscalía Desconcentrada en Investigación en Benito Juárez, el juez determinó la libertad precautoria.

González Emigdio también enfrenta una querella por lesiones por otra de las afectadas, la pasajera del Beat. Los hechos ocurrieron cerca de las 13:25 horas.

La familia de Daniela y Lucía teme que ocurra una injusticia en el caso, pues el expediente puede estar incompleto y que con el cambio de autoridades federal el pasado 1 de diciembre y el local ayer miércoles, ocurra alguna treta. Reclaman justicia, lo mismo que Bruno. Ninguno recibió oferta alguna de apoyo por parte de la aseguradora de González Emigdio, ni para los gastos del funeral ni para la atención médica.

Dos vidas se vieron interrumpida por lo que las autoridades consideran una distracción, un descuido. Al pisar el acelerador en las calles de una ciudad conocemos los riesgos, no hay inocencia, es un crimen.

La paradoja es que el presunto culpable dirige el Instituto Nacional de Desarrollo Jurídico donde se imparten cursos de perito en hechos de tránsito.

A estar pendientes del caso.

hector.zamarron@milenio.com
@hzamarron

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