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Domingo , 09.12.2018 / 18:35 Hoy

Afinidades Selectivas

Un pueblo lleno de ladrones

Héctor Zamarrón

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Si en alguien se puede confiar es en las malas personas, nunca cambian.
William Faulkner


Nos llenaron la casa de Duartes, Borges, Peñas, Videgarayes, Ochoas, Korenfelds, Virgilios, Padrés, Yarringtons, Moreiras y nos terminaron de romper lo poco de confianza que aún quedaba.

Se termina el sexenio de lo público como festín, del erario como banquete desde donde escurren bienes en cascadas para beneficio de empresas fantasma y compañías españolas, así como de políticos que creen merecer abundancia.

El problema que dejan no solo es enjuiciarlos y sancionarlos, sino la restauración de la confianza.

La confianza es básica en las relaciones personales, pero su valor en la vida social es insustituible. Forma parte del capital social que permite estrechar vínculos, crear redes, que hace nacer la solidaridad y deja modelos virtuosos a seguir.

En Estados Unidos, a partir de los años cincuenta los clubes de boliche comenzaron a declinar a la par que el individualismo crecía. Robert Putnam, inspirado en Tocqueville, estudió el fenómeno y sostuvo que esa caída era una muestra del declive democrático y la vida social.

Por eso no parece tan descabellado que el nuevo gobierno proponga como principio la restauración de la confianza y plantee que los contribuyentes paguen sus impuestos bajo protesta de decir verdad.

Por eso caló tan hondo la oferta de la honestidad y por polémica que sea, hasta de una constitución moral.

Porque si algo padecemos hoy en día es la ausencia de confianza en un gobierno que no combatió la corrupción y más bien se caracterizó por los conflictos de interés.

Todas las mediciones sobre cultura cívica en México se basan en qué tanto confiamos en las instituciones, en los partidos políticos, en las fuerzas armadas, en la Iglesia, en los medios de comunicación, en el gobierno y todas arrojan resultados negativos.

Sin cultura de la legalidad y sin educación cívica, en las calles se vive bajo las leyes de la selva, donde se impone el más fuerte, el más rápido, el más cínico, el que mejor lee las intrincadas formas en que opera la corrupción.

La desconfianza en las elecciones nos hizo construir un complejo sistema electoral que derivó en la quiebra moral de los partidos políticos, envilecidos con los ríos de dinero que garantizaron con leyes a modo.

También creamos una Secretaría de la Función Pública y elaborados y burocráticos sistemas de auditorías incapaces de frenar el abuso del erario, pero que sí multiplican los trámites y la simulación.

En esa ecuación hace falta la confianza por eso hay que restaurarla como valor cívico y aunque hacerlo en un país quebrado por la violencia y la desigualdad es tarea titánica, no es imposible.

Falta transparencia en la vida en la pública. Abrir puertas y ventanas y dejar entrar la confianza como nuevo y antiguo valor. Es una apuesta alta, el único riesgo es perder.

hector.zamarron@milenio.com

@hzamarron


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