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El sur-sureste y la explotación

Héctor Zamarrón

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Definir objetivos, transmitir visiones, alinear voluntades, promover una idea, desarrollar la narrativa, ofrecer una visión, etcétera, hay muchas formas de definir una prioridad de gobierno que engloba políticas públicas, que implique poner todos los esfuerzos del Estado en una sola dirección.

Lo han hecho con éxito otros gobiernos. El New deal de Roosevelt en Estados Unidos no fue otra cosa. En México pasamos de la marcha al mar al Programa Nacional de Solidaridad, quizá el de mayor alcance e impacto en alinear políticas públicas hasta la llegada de Andrés López Obrador al poder.

Su gobierno proyecta una visión así para la zona con mayor marginación, pobreza y desigualdad: el sur-sureste. Es su hora, dice el gobernante, y para ello propone la refinería en Dos Bocas, Tabasco, el Tren Maya, el plan transístmico, el Programa Nacional de Infraestructura Carretera, el millonario plan de reforestación, el programa de fertilizantes, el crédito a la palabra, los nuevos precios de garantía y la producción para el bienestar.

El Programa Nacional de Pavimentación ya se presentó en diciembre, el de Fertilizantes iniciará el 9 de febrero en Pungarabato, Guerrero, y el de Crédito a la Palabra el 22 de febrero en Macuspana, Tabasco. Habrá 175 mil millones para la industria petrolera y 65 mil millones para el campo. La pregunta, sin embargo, es ¿alcanza con eso?

Con esa millonaria derrama la meta es lograr, en un sexenio, un sur-sureste mejor comunicado, con mejores carreteras, con proyectos productivos, con empresas dando empleo, con menos migración, con más educación, con menores índices de pobreza, etcétera.

Desde la perspectiva economicista, los programas propuestos son asistencialistas y clientelares, y deberían enfocarse en el crecimiento económico para que se derramen a toda la sociedad los resultados.

Pero el crecimiento no es solo un problema económico. Chiapas y Oaxaca recibieron cerca de 80 mil millones de pesos en 2017 para proyectos de educación, salud e infraestructura y una cantidad similar en 2018, sin grandes resultados.

¿Por qué Yucatán, Chiapas, Campeche, Tabasco, Puebla, Tlaxcala, Oaxaca, Guerrero y algunas zonas de Michoacán y Veracruz no ha crecido igual que lo han hecho Querétaro, Aguascalientes, Baja California Sur y Quintana Roo?

El desarrollo del sur-sureste es un tema tan político y social como económico. Es imposible que la pura inversión económica logre acotar el abuso de las élites o modificar los equilibrios locales. Tampoco funciona la imposición de proyectos que pasan por la destrucción de los ecosistemas y la cultura.

Hay problemas de desigualdad, de género, de enfermedades crónico degenerativas que se originan en patrones alimenticios estructurales sobre los que hace falta incidir.

Si el plan del sur-sureste no toca las estructuras de poder locales, el rentismo y la explotación que existen en esos estados es difícil esperar un resultado diferente que el de sexenios pasados.

¿De qué sirve el crecimiento si la relación de poder entre agentes económicos permanece intacta? ¿De qué sirven esos millones si no modifican la desigualdad?


hector.zamarron@milenio.com 

@hzamarron


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